EL HERALDO DE SALTILLO
| Viernes
01 de Abril
de 2016
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EL PRINCIPITO: LA IMAGINACIÓN, LA VIDA Y EL BÁSQUET
ARECELIA AYUP SILVETI
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LA FUGA DEL SIGLO
(PASADO)
HUMBERTO LÓPEZ-TORRES
El pasado Jueves Santo tuve la opor-
tunidad de convivir con el equipo infantil de la
Escuela de Basquetbol José Ayup Tedy. Realizaron
un campamento en Viesca, Coahuila, con ac-
tividades deportivas y de esparcimiento como
algunas charlas, entre las cuales, participé. Elegí
el tema “El Principito: la imaginación, la vida y
el básquet.” Son niños entre nueve y doce años
que viven en Matamoros, Coahuila, donde está
dicha escuela.
Iba con cierto temor, porque nunca
había interactuado de esta manera con personas
de esa edad. Digamos que conozco el equipo a
distancia, los he visto jugar, y a través de sus
entrenadores y de sus representantes, pero
estar frente a ellos, fue en realidad una grata
y agradable sorpresa. Percibí unos niños con
grandes deseos de aprender, de ser mejores
personas y aprovechar las oportunidades para
forjarse un mejor porvenir.
Escogí este libro porque es un cuento
poético, que figura entre mis favoritas, que he
releído infinidad de veces. Su autor, Antoine
Saint-Exupery nos regaló una extraordinaria his-
toria que ha permanecido a través de los tiempos.
Como muchos sabemos, se trata de un pequeño
príncipe que habita en un diminuto asteroide, en
su viaje, conoce al planeta Tierra y se sorprende
cómo es la vida en ella.
Les compartí que “El Principito” nos
enseña sobre las cosas simples, pero valiosas,
y que cuando la edad se acumula, perdemos la
capacidad de asombro y abandonamos a nuestro
niño interior. El protagonista es un niño inquieto,
que ve la vida desde su corazón, con ojos de niño.
Está lleno de preguntas. Quiere saber todas las
respuestas y no descansa hasta saberlas.
Una mágica historia apta para todas las
edades, plagada de frases extraordinarias, como
ésta: “Es una locura odiar a todas las rosas sólo
porque una te pinchó. Renunciar a todos tus
sueños sólo porque uno de ellos no se cumplió.”
Finalmente, los invité a ser como el principito, a
ser siempre niños, a preguntar, a usar la imagi-
nación y no perder la capacidad de asombro, a
aplicar esto en la vida y en básquet.
biznagaas@hotmail.com
No. Todavía conservábamos nuestra
capacidad de asombro. De manera que ese
11 de julio de 2015, haciendo uso de esa
capacidad nos asombramos a más no poder. Lo
imposible había ocurrido y Joaquín (El Chapo)
Guzmán Loera se había vuelto a fugar a través
de un túnel de kilómetro y medio de largo, de
una prisión federal de alta seguridad, la del
Altiplano, considerada como inexpugnable.
En 18 de enero de 2001, Guzmán Loera
había escapado de la cárcel de Puente Grande,
Jalisco oculto en un carro donde era sacada la
ropa hacia la lavandería.
Pero ¿de qué tamaño sería nuestra
estupefacción aquél 18 de agosto de 1971, al
enterarnos de que un mafioso gringo había
escapado, a la vista de los guardias, del penal
de Santa Martha Acatitla, en el oriente de la
ciudad de México, ¡en helicóptero!?
Al principio nadie lo creía. Porque la
historia publicada en los diarios a partir de un
día después, más bien parecía el guión de una
mala película de Juan Orol. Pero era
la neta.
A las seis y media de una tarde lluviosa
un helicóptero Bell 47 con cuerpo de libélula y
frente de burbuja descendía en la cancha de
basquetbol del tercer sector de la prisión. Los
custodios, apostados en las torres dudan pues
el aparato es del mismo color azul metálico en
el que con mucha frecuencia aparecen los jefes
de la policía del (entonces) Distrito Federal.
Dos personas, Joel David Kaplan,
estadounidense y Carlos Contreras Castro,
venezolano, salen del dormitorio; corriendo
se aproximan al aparato del que es soltada
una escalerilla de cuerdas. Kaplan y Contreras
suben a través de ella y el aparato, lenta y
majestuosamente toma altura y desaparece
tras los muros de la prisión. La operación dura
apenas diez segundos.
Son las 6:35 de la tarde y se ha
consumado la que después sería llamada
La
fuga del siglo.
Joe l Dav id Kapl an per tenec í a a
una familia de empresarios azucareros con
inversiones e intereses políticos en Cuba en
tiempos de Fulgencio Batista. La familia fue
de las muchas que abandonaron la isla tras
el triunfo de la Revolución encabezada por
Fidel Castro. De él se dijo que fue un agente
encubierto de la CIA, traficante de armas,
contrabandista de drogas y que algo (aunque
secundario) tuvo qué ver en el asesinato de
John F. Kennedy en 1963.
Aparecía en los círculos financieros
como empresario en inversiones que operaba
en Nueva York. Pero en 1964 su fondo de
inversión fue investigado por derivar dinero
de la CIA hacia gobiernos derechistas de
Centroamérica. Kaplan huyó a México junto con
su socio, Louis Vidal Jr y juntos se hospedaron
en el hotel Continental Hilton de la ciudad de
México. Allí, durante una discusión al calor de
los wiskis Joel David mató de un balazo a Vidal
Jr. Fue procesado en México y condenado en el
mismo 1964 a 27 años de prisión.
Su compañero de fuga, el venezolano
Carlos Contreras Castro tenía antecedentes
como falsificador en su país. Fue oficial del
ejército en la República Dominicana y miembro
del cuerpo de guardaespaldas (matones,
extorsionadores y odiadores de comunistas
casi todos) del dictador Rafael Leónidas Trujillo.
Cuando éste fue asesinado el 30 de mayo de
1961 toda la cáfila de sus subordinados tuvo
que salir de la Dominicana.
Radicado en México y casado con una
española se dedicó a la compra venta de carros
norteamericanos importados de contrabando.
Siempre actuó protegido por jefes policíacos de
la ciudad de México quienes le fijaron una cuota
semanal de varios miles de pesos para dejarlo
actuar. Con el tiempo el negocio creció; dejó de
ser de carros
chocolates
y pasó a automóviles
robados.
Con el cambio de giro aumentó la
cuota a los polis, casi se duplicó. Y llegó un
día en que Contreras Castro no pudo pagarla.
Automáticamente la protección policial cesó y
el venezolano fue a dar a la cárcel.
En Santa Marta Acatitla su negocio
continuó. Iba desde dar protección a los
internos que podían pagarla, hasta el alquiler de
unas muñecas de plástico inflables, de tamaño
natural (una novedad en ese entonces).
Pero al mismo tiempo trabó una
estrecha amistad con Kaplan; convivían en una
misma celda, la comida les era llevada desde
el exterior, eran frecuentados por mujeres y
organizaban francachelas en las que corrían a
raudales el whisky y el ron.
Hubo varios intentos de fuga, desde
sacar a Kaplan drogado y aparentemente
muerto en la defensa de un camión, hasta
incendiar el penal de Santa Martha. Todos
fracasaron.
Las complicidades vinieron (como
la comida) de fuera. Judy, hermana de David
Kaplan buscó ayuda entre ex agentes de la
CIA, ex militares y desertores del régimen
cubano y repartió miles de dólares entre ellos
y las propias autoridades del penal. Contactó
a Víctor Stadter, descendiente de prusianos
y ex combatiente de la Segunda Guerra,
contrabandista de todo, desde monos hasta
mujeres y, desde luego lo que los gringos llaman
mercancías ilegales.
Stadter contactó a un amigo texano
descendiente de irlandeses, de apellido Orville
y apodado
Cotton,
que volaba una avioneta
fumigadora y quien a su vez relacionó a Judy
con Roger Hershner, un piloto de combate en
Vietnam, de 29 años de edad que sería quien
piloteó el helicóptero de la huida.
Stadter logró infiltrar a un agente de
bienes raíces y familiar suyo como criminólogo
a quien el propio director de la penitenciaría le
facilitó un recorrido por la cárcel y le permitió
tomar fotografías del campo de basquetbol
donde se efectuaría el descenso. Contreras
Castro se encargó --según narró él mismo-- de
desconectar la alarma de la torre de vigilancia.
El hel icóptero, guiado por Roger
Hershner despegó a las 5:53 de la tarde de
Pachuca, Hidalgo y arribó a Santa Martha
Acatitla a las 6:35. De allí, Contreras se las
ingenió para llegar a Guatemala, mientras que
Kaplan era conducido a Brownsville, Texas.
Carlos Contreras Castro finalmente se
asentó en Venezuela donde escribió un libro
sobre el hecho
La Fuga del Siglo
, en el cual
exagera mucho los hechos. Por su parte los
norteamericanos Eliot Asinof, Warren Hinckle
y William Turner relatan el hecho en otro libro:
Kaplan, fuga en 10 segundos
, traducido al
español en 1973.
De Joel David Kaplan, como en el caso
de Camelia la Texana
nunca más se supo nada.