TOKYO GODFATHERS

Para los amantes del anime, acaba de incorporarse a la plataforma de Netflix una pieza antigua, venerada y que muchos consideran de culto, “Tokyo Godfathers”, del genial Satoshi Kon. Se trata de un filme largometraje antiguo que ha alcanzado estatura gracias a su perfecto ensamblaje de acción, ternura y comentario acerca de la situación de tres almas sin hogar que, en Nochebuena, se encuentran a un recién nacido en la basura, situación que cambiará sus vidas para siempre. 

“Tokyo Godfathers” (2013) es un filme de Satoshi Kon, un reputado especialista japonés en el tema de los animes, reconocido autor de al menos tres obras maestras de este género –“Perfect Blue”, “Millenium Actress” y “Paprika”-, cada una de las cuales cimentó su calidad y su particular estilo visual.

Es posible que este filme no alcance esas alturas, pero destila ternura, calidez y revela una capacidad de observación minuciosa respecto del espíritu humano y los caminos que llevan a las personas hacia la redención. Fue la película que se impuso después de su brillante debut con “Perfect Blue”, en donde Satoshi Kon dejó por un instante la extrema violencia y el nerviosismo de su opera prima, para centrarse en los personajes, sus circunstancias y sus anécdotas maravillosas, llegando a constituirse en una de sus películas más atípicas.

En “Tokyo Godfathers” el cineasta nipón da una auténtica lección de cómo se entrelazan la realidad más dura con la fantasía delirante, tema y estética que seguiría más adelante perfeccionando con su brillante “Paprika”, respecto de una máquina capaz de compartir los sueños entre los usuarios.

Inspirada en el filme “Los tres padrinos” (1948), de John Ford, en donde tres asaltantes deben hacerse cargo a regañadientes de un recién nacido (que a su vez era una nueva versión de un viejo filme de Peter B. Kyne, de igual nombre, realizado en 1916), el director se unió con Keiko Nobumoto (el creador de ‘Wolf´s Rain’ y guionista principal de ‘Cowboy Bebop’) para realizar el guion de “Tokyo Godfathers”, filme que no solo se convierte en una gran aventura navideña que a duras penas sobreviven como vagabundos en una ultramoderna y fría Tokio, sino que además en una hora y media de duración da cuenta de la capacidad de su realizador para animar con imágenes notables un relato que sabe combinar de manera justa el humor, el drama y la reflexión respecto del sentido de la humanidad.

Los protagonistas de esta peculiar cinta son Gin, Hana y Miyuki, los tres miembros de una peculiar «familia». Gin es un borracho de unos cincuenta años que siempre cuenta que perdió todo lo que tuvo por una mala racha en una apuesta, Hana es un adorable y travestido homosexual, también cincuentón, sin hogar y viviendo en la miseria. A ellos se suma Miyuki, una chica joven que escapó de casa y no desea saber nada de sus padres.

Llega la víspera de Navidad y el trío busca algo de valor para poder cambiar por comida y trago cuando, de pronto, encuentran nada menos que a una adorable niña recién nacida en medio de la basura.

Gin y Miyuki insisten en que deben llevar de inmediato a esa bebé a la policía, dada la gravedad de la situación y porque de seguro los padres se han arrepentido de este tremendo hecho. Pero Hana se opone, porque asegura que se trata de un regalo de Dios, sobre todo porque ha enviado a través de la niña un mensaje y que, por lo mismo, deben quedársela y de inmediato la bautiza como Kiyoko («niña pura»).

Y la película se abre a profundas situaciones humanas, algunas dulces y otras dramáticas, todas las cuales arroja luces acerca de la humanidad de ese atípico trío, tan freak como inolvidable. Por ejemplo, Hana se ve reflejada de inmediato en esa bebé, debido a que ella sufrió dolor y abandono cuando niña.

Pronto, deciden dar con la madre del bebé, conocer sus razones y ayudarla de algún modo para que deshaga su tremenda decisión y para ello deben iniciar un periplo increíble, teniendo como única clave una llave que estaba en el cesto que contenía a la criatura y que corresponde a una casilla en donde encuentran una foto de los padres de Kiyoko y unas tarjetas de un club nocturno.

Y sin proponérselo, estos tres personajes se convierten en defensores de una causa, comenzando una odisea por una ciudad que se revela fría, lejana, endurecida en su modernidad. Así, estos atípicos héroes tratarán de resolver el enigma de cómo llegó ese bebé a ser abandonado en medio de la basura, arrastrando sus propios dramas y miserias, pero con un fin noble: devolver a esa niña a su madre, recomponer un cuadro familiar, acaso recuperar el calor para ella que muchas veces ellos mismos no tuvieron.

Mucho más simple en su estructura -acá no hay tanto énfasis en la dualidad y confusión entre verdad y ficción, tema característico del cine de Satoshi Kon-, el director igual escarba en un conflicto entre dos realidades: la vida miserable pero libre que lleva el trío y la adaptación a una sociedad.

Los protagonistas buscan con desesperación un poco de felicidad, algo a qué asirse y olvidar dolores y odiosas discriminaciones pasadas, pero no olvidadas. Y por ello la presencia de esa niña recién nacida viene a remecer su “tranquilidad” y los obligará a recorrer de nuevo caminos ya transitados alguna vez para revisar sus existencias, asumir sus culpas y dejar atrás sus vergüenzas. Son seres humanos, imperfectos pero adorables y eso constituye el valor esencial de la película.

Con todos los elementos característicos del cuento navideño esencial (recuérdese el cine de Frank Capra), “Tokyo Godfathers” se convierte en un filme donde predominan momentos de decepción, de dolor, de ternura, de calidez y de aventuras que el trío ni soñaba con vivir.

Y, como siempre sucede en su cine, el director Kon usa la resolución de los diferentes enigmas y hace que todo el relato avance con paso firme, haciendo que los espectadores no queden indiferentes a los actos de este trío maravilloso que, a medida que van dando con las pistas, empiezan a comprender sus propias vidas.

Lo exquisito de todo es que el drama tremendo que ellos viven está matizado con humor, que el director sabe administrar en cuotas perfectas y en donde sobresalen los aspectos técnicos como la fotografía (notable) y la música que sabe pautear a la perfección un guion sabroso y bien acabado que remata en un magnífico y delirante tramo final, donde se revela la genialidad del cineasta japonés para imprimir ritmo y emoción a sus historias, incluso a una tan loca y alejada de sus habituales temas como ésta.

Puede que la película tenga sus errores, que no sea perfecta en su estructura global. Es posible. Pero la hora y media de su metraje se disfruta, es emocionante, revela unas cuantas verdades respecto de la naturaleza humana y entretiene a rabiar y eso, en los tiempos oscuros que todavía vivimos, se agradece y se aplaude de pie. Un notable estreno para toda la familia de un director de anime esencial.