CÁPSULAS SARAPERAS

El panteón maldito

En esta ocasión te platico de un lugar, de un panteón que tuvimos en esta hermosa ciudad de Saltillo cuando aún no era ciudad, pero si dos poblados: Leona Vicario y la Villa de Villalongín. Me refiero al que fue conocido como el panteón maldito.

Antes de continuar estimada y estimado Saltillense, déjeme aclararle dos cosas: la primera es que después del triunfo de la lucha de la independencia, se decidio cambiarle de nombre a la Villa de Santiago del Saltillo por el de Ciudad Leona Vicario; y al Pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala por el de Villalongín. Estos nombres y su separación duro poco tiempo, sin embargo, durante ese breve periodo, el cólera morbus sacudió al mundo y por supuesto a estas poblaciones en el año de 1833.

Las autoridades, al darse cuenta de que había casos de esta enfermedad infecto-bacteriosa intestinal, decidieron tomar algunas precauciones, como la limpieza de calles, callejones, riachuelos, arroyos y demás. Por si fuera poco, se dio la instrucción de que los cuerpos sin vida fueran enterrados a una profundidad de media vara, algo así como medio metro, y cuyos sepulcros, para evitar contagios, no se podrían abrir hasta un año después.

En aquella época los panteones eran un asunto de la iglesia, por ello, el cura de la parroquia de San Esteban, quien se llamaba José Manuel Camacho, preparó un terreno para habilitarlo como panteón. ¿Su ubicación? Pues bien inició con un predio donde hoy se ubica la Primaria Anexa a la Normal y la Secundaria Federico Berrueto Ramón, sin embargo, las familias de Villalongín empezaron a sufrir los estragos de la pandemia y de manera rápida el panteón se llenó. Ya no había cupo, pues sólo se tenia espacio para 430 cuerpos, y fue en ese momento cuando el cura José Manuel decidió ampliar el camposanto hacia la calle de el Curato y de la Cruz, es decir entre las actuales calles de Victoria y Manuel Acuña.

Tres años después, en 1836, el sarampión hizo de las suyas, sin embargo, la autoridad civil, es decir, el Ayuntamiento ya de la ciudad de Saltillo, le facilitó al cura un terreno a las afueras de nuestra hermosa ciudad, casi frente al que era llamado el “Cerro de Tlaxcala”, que hoy conocemos como el “Cerro del Pueblo”, específicamente donde tenemos el Panteón San Esteban.

Esta es la historia que inició cuando Saltillo no era Saltillo sino dos poblados, que estrenaban los nombres de Leona Vicario y Villalogín, pero que al año siguiente, 1834, se unirían para llamarse Saltillo. Una historia que inició con la pandemia del cólera morbus en 1833 y que dio inicio tres años después a un nuevo panteón, que ya no es tan nuevo y que lleva por nombre “San Esteban”.

Por cierto, no encontré información sobre si los cuerpos ya enterrados fueron mudados al nuevo panteón, así que si un día visita nuestra la Alameda Zaragoza y escarba poco más de medio metro, no se asombre si encuentra un brazo, una pierna, una calavera o hasta un esqueleto completo, ya que tenga por seguro que se trata de un Saltillense que vivió en una ciudad que no se llamaba Saltillo, sino Villalongín.

 

 

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Es Saltillense*, papá de tres princesas mágicas, Rebeca, Malake y Mariajose. Egresado de nuestra máxima casa de estudios, la Universidad Autónoma de Coahuila, en donde es catedrático, es Master en Gestión de la Comunicación Política y Electoral por la Universidad Autónoma de Barcelona, el Claustro Doctoral Iberoamericano le otorgó el Doctorado Honoris Causa. Desde el 2012, a difundido la historia, acontecimientos, anécdotas, lugares y personajes de la hermosa ciudad de Saltillo, por medio de las Cápsulas Saraperas. *El autor afirma que Saltillense es el único gentilicio que debe de escribirse con mayúscula.