KATE

 Fallida, repitiendo un esquema ya visto y rutinaria en su planteamiento, esta película de acción logra situarse entre las más vistas en la plataforma de Netflix tal vez porque su protagonista, Mary Elizabeth Winstead, hace lo imposible para sacar adelante un personaje que parece máquina de matar en un filme tan inverosímil como fascinante en su estética de videoclip. Puede ser redundante, pero así y todo es un éxito tal vez porque encarna (secretamente) ese viejo y reprimido deseo de tomar venganza hasta el límite.

 Netflix sabe que el público, acaso cansado de tantas malas noticias y saturado de una pandemia que no nos abandona, ahora solo quiere escapar, divertirse, dejar de lado lo lógico y disfrutar con películas que -aun siendo inverosímiles y repetidas en sus esquemas- entretengan y permitan la evasión.

En ese contexto, se logra entender por qué un filme tan rutinario como “Kate” esté liderando la lista de películas más vistas de la plataforma Netflix, superando otras propuestas mucho más inteligentes y necesarias de visionar. De este modo, vuelve a apostar sus cartas en el cine de acción para atraer a la mayor cantidad posible de público a la plataforma y por eso apuesta por ‘Kate’, un thriller encabezado por Mary Elizabeth Winstead que, al estilo de “Nikita” o la Lisbeth Salander de “Los hombres que no amaban a las mujeres”, toma el tema de la venganza y lo estruja hasta llegar al límite emocional y físico, con toda la carga de mensajes subliminales que esto conlleva.

Kate es una asesina a sueldo que solo desea retirarse y tener una vida normal. Su mentor y compañero de acción (un desaprovechado Woody Harrelson), que la ha formado desde niña, le tiene prometido que después de su última misión quedará liberada de su “trabajo”.

Pero las cosas cambian de manera dramática cuando ella descubre que ha sido envenenada y que solo dispone de 24 horas para vengarse de quien lo hizo, el intocable jefe de la mafia japonesa.

A partir de esto, la muchacha inicia una venganza épica, que satura al espectador con lugares comunes y de escenas de violencia que coquetean con el mal gusto, sobre todo porque se exacerba lo grotesco, suavizado eso sí por la irrealidad de su tratamiento visual.

Se debe reconocer que, cuando una película resulta tan predecible y responde a una receta, el espectador solo disfruta porque sabe a lo que se enfrenta y va como reconociendo que esa fórmula se cumpla a cabalidad, sin sorpresas en el camino. El error frecuente de estos filmes hechos a la medida es que sus realizadores pocas veces se atreven a algo distinto, dirigen con flojera y rebajan el entretenimiento que se supone es el pilar que sostiene a estos filmes.

Y esto sucede en “Kate”. Tenía mucho material para sacar adelante si no una pieza maestra, al menos un festín de lugares comunes, entretenidos y bien administrados. Pero nada de ello ocurre y la película a cada instante hace agua por todos lados y la única excepción es la descomunal actuación física (eso es literal) de la protagonista que, de verdad, sostiene todo el relato.

Y es una lástima que todo ese esfuerzo de la actriz, junto con su exquisita visualidad de la ciudad nipona, se pierdan en un carnaval de peleas increíbles, de diálogos insulsos y de soluciones argumentales enervantes que se desperdician todavía más con un montaje alocado, en donde la cámara anda por cualquier lado o se solaza en mostrar todo al revés.

En todo ese mundo violento, masculino, lleno de intrigas y luchas por el poder, la sufrida protagonista es un bicho raro que antes de morir debe alcanzar el objetivo de atrapar al jefe mafioso que dio la orden de su envenenamiento. Y claro, como esto es una caricatura gruesa, ella domina, brinca, vuela, patea y es capaz de golpear a furiosos matones sola, sin ayuda y completamente dopada pues acaba de huir del hospital en el que, se suponía, pasaría sus últimas horas.

Como es de suponer, el resto de personajes solo están allí para justificar las acciones de la protagonista, desperdiciando en ese sentido el talento y el lado perverso que suele desarrollar el actor Woody Harrelson quien apenas alcanza a aparecer en cuatro escenas y punto. Son caricaturas, son meras comparsas que, lo sabemos desde el comienzo, aparecen y desaparecen según se mueva Kate en ese infierno de mafias y traiciones. Y curiosamente (y afortunadamente) el único personaje que se eleva sobre esa gruesa caricatura y adquiere humanidad en su actuar es, precisamente, el antagonista Jun Kunimura, capaz de mostrar su lado humano y sus contradicciones en la secuencia final.

Lo mejor que tiene el filme, insistimos, es su tratamiento visual, que el director Cedric Nicolas-Troyan aprovecha al máximo, siendo capaz de otorgar cierto estilo visual que si bien no es original, se agradece, ya que el filme adquiere un ritmo alocado de videojuego que se resalta gracias a las luces infinitas de la ciudad.

Es probable que un fanático de este tipo de thriller se fascine con las proezas físicas de la protagonista, sobre todo con sus fantásticas exhibiciones físicas, pero ello no basta para que el tono general adquiera fuerza y, por el contrario, el filme produce cansancio y se torna demasiado evidente en sus intenciones y giros argumentales.

Y lo más irritante es que el mejor tema, el gran tema en realidad, se pasa por alto: la relación entre Kate y su maestro, con toda una carga de intrincadas lecturas que va de lo paternal a lo sensual. Lástima, era un gran gancho que debió aprovecharse de manera más rotunda y decidida.

¿Qué queda?

Es una película fallida que puede entretener para quien desee pasar solo un rato agradable y punto. Tiene a una actriz protagónica que se gana su dinero con creces por un trabajo interpretativo demandante en un filme mediocre que no logra sacar partido a subtramas interesantes y decisivas y que tiene solo un envoltorio magnífico (Japón en realidad es un excelente lugar para trabajar con el tema de las luces y el aspecto urbanístico) pero apenas despega del montón. Así y todo, es una de las más vistas de Netflix. Eso refleja el estado de las cosas en un momento de saturación y pandemia.