BOY ERASED

Con una historia sobrecogedora, basada en estrictos hechos reales, este filme se alza como un potente alegato respecto del derecho de asumir su identidad sexual y de cómo los caminos de la aceptación y el fervor religioso se entrecruzan en extraños vericuetos del camino. Esta película de Netflix es ideal para abrir debates y provocar discusiones, pero por sobre todo es la constatación del poder del cine para ser el reflejo de lo que sucede en la sociedad.

Este filme, dirigido por Joel Edgerton, cuenta los dramáticos sucesos que vivió Garrad Conlay (que en esta película se transforma en Jared Eamons), que se vio obligado por sus padres a asistir a terapias de conversión sexual que tenían como objetivo “sanarlo” de su homosexualidad. Y aun cuando parece casi ilógico que esto ocurra en nuestros días, el dato no es menor: en casi 36 estados todavía persisten estas “curas” y solo en los Estados Unidos más de 700 mil adolescentes han estado obligados a someterse a este tipo de tratamiento en contra de su voluntad.

Con un guion que va y viene en el tiempo, el director se las arregla para hacernos entender de qué manera el entorno social en que vive el protagonista (Lucas Hedges) -un joven y saludable estudiante de 18 años- conspira contra el descubrimiento y aceptación de su propia sexualidad, obligándolo a aceptar una terapia que a todas luces es un chocante atentado contra la dignidad de las personas.

Al realizador le bastan solo un par de escenas para hacernos comprender el momento exacto en que el joven descubre su identidad sexual, hecho que viene a ser un verdadero cataclismo, considerando que pertenece a una familia cristiana que concibe la homosexualidad como un pecado y obra satánica. Este recurso de ir y venir en el tiempo le sirve al director para que los espectadores logren empatizar con el protagonista, entender sus dudas y el por qué no se rebela ante los deseos de sus padres para que acceda a esta terapia humillante.

Es importante acotar que el filme evita en todo instante cargar las tintas, haciendo que los padres aparezcan como los villanos de turno. Muy por el contrario, tanto el padre como la madre (interpretados con solvencia y mesura por Russell Crowe y Nicole Kidman) tratan de ayudar de verdad a su hijo, confían en las palabras y orientaciones de los pastores de su iglesia y por ello no dudan en hacer que su hijo ingrese al programa Amor en Acción, cuyo verdadero propósito es lavar el cerebro de los jóvenes que participan en él, haciéndolos entender su homosexualidad y lesbianismo como una situación ajena en todo momento a la voluntad de Dios.

Así, el progresivo dolor del protagonista -que descubre lo cínico de todo el funcionamiento de la terapia- no solo radica en la aceptación de su condición de gay en una familia cristiana practicante, sino también en sentir que está traicionando a un Dios que intuye como castigador.

Estos elementos enriquecen a la película, evitan en todo momento efectos grandilocuentes o escenas desmedidas y logra mantener un tono de calma aparente que, sabiendo todo el terrible drama que sucede en medio de esta terapia, pone la tensión en el instante en que el joven se desborda, confiesa su homosexualidad y lucha -torpe al comienzo, potente después-, para liberarse de ese tratamiento infame.

Hay personajes secundarios que aportan elementos de juicio válidos para el planteamiento moral de la película, sobre todo el de Cameron, un chico que no logra soportar la enorme presión y constantes humillaciones a los que se ve obligado a asumir y termina siendo la víctima para desencadenar el drama.

Resulta más que curioso que sea el propio director de la película quien interprete al personaje más delirante y peligroso de todo ese conjunto: el supuesto terapeuta que dirige el programa. Él es un personaje siniestro, cínico, manipulador y convencido de su terapia, que en su monstruosidad nos recuerda a la enfermera jefa Ratched de “Atrapado sin Salida” (Milos Forman, 1976), sobre todo porque siempre mantiene la calma y está dispuesto a todo con tal de probar que sus ideas son las correctas.

Mención aparte merece el protagonista de este filme, el joven Lucas Hedges, uno de los buenos talentos de la industria actual, quien sostiene el peso del filme y alcanza cuotas de intensa sinceridad en su papel, logrando expresar las diversas facetas de su estado emocional de manera más que notable.

Esta es la segunda película del realizador y actor Joel Edgerton (The Gift, 2015) y su estructura de drama familiar, que combina la homosexualidad, la terapia y la religión, asimila de manera perfecta la historia real que se toma del libro autobiográfico de Garrard Conlay, un joven obligado por sus padres a someterse a programas terapéuticos para reconvertir su tendencia homosexual.

Resulta impactante el dato: en Estados Unidos en la actualidad sigue siendo legal la aplicación de terapias de reconversión a menores de edad en 36 de los 50 estados de Norteamérica, en donde desde 1982 más de 700 mil jóvenes fueron sometidos a ella.

La terapia de reconversión consiste en un conjunto de ejercicios que van desde el aprendizaje de las correctas posturas corporales masculinas hasta la enumeración de aquellas conductas que son consideradas aberrantes para una familia: van desde la ludopatía, pasando por el alcoholismo o el consumo de pornografía hasta la práctica de la homosexualidad.

De acuerdo con lo expresado por el pastor Víctor Sykes que interpreta el propio realizador Edgerton, el ser humano no nace gay, sino que la homosexualidad es un comportamiento que se aprende y, por tanto, puede desaprenderse, poniendo como ejemplo que una persona que juega fútbol puede dejar de jugarlo, por tanto, deja de ser un jugador.

El dramático calvario del joven protagonista, hijo de un predicador baptista y de una duela de casa, permite al realizador sacar a la luz esta aberrante terapia, desmontar sus fundamentos y denunciar sus mecanismos. Todo ello en un filme tan preciso, contenido y serio como necesario de ver, en especial cuando en la actualidad cada vez más se hace necesario el diálogo y la deliberación en torno a las identidades y los diversos caminos de la identidad sexual.