LA CLASE MEDIA NO ES NECESARIAMENTE DEMOCRÁTICA

 

El presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) se fue en contra de la clase media del país. Ante la derrota electoral sufrida en la Cámara de Diputados y la Ciudad de México, el jefe del Ejecutivo lanzó sus vituperios contra decenas de millones de mexicanos: “individualistas”, “le da la espalda al prójimo”, “aspiracionista”, “sin escrúpulos morales”, “partidarios del que no tranza no avanza”. Evidentemente una parte importante de la clase media mexicana votó en contra de AMLO y su coalición electoral, haciendo posible que el Congreso de la Unión se convirtiese en un contrapeso político. Sin embargo, aunque la clase media ha sido esencial para el arribo y sostén de la democracia en México y el mundo, poner la esperanza democrática en ella resulta un tanto ingenuo.

Efectivamente, la naciente clase burguesa del S. XIX fue autora de la apertura política y social en Occidente, convirtiéndose en un poder equilibrador entre la clase trabajadora y aristocrática. Sin embargo, como comenta el historiador David Motadel en un reciente artículo (“The Myth of Middle Class Liberalism”, NYT, 22/01/20), que la clase burguesa haya impulsado reformas liberales resulta una anormalidad. Solo durante las últimas décadas favoreció la constricción de las libertades de la clase trabajadora, resultó esencial para promover el colonialismo y sus políticas de exclusión racial, representó la principal base social del fascismo y nacionalsocialismo, y toleró la mano dura contra los comunistas durante la Guerra Fría. Hoy en día, sus tendencias autoritarias se observan en el apoyo al régimen comunista en China, los movimientos populistas en Europa y a Donald J. Trump en Estados Unidos. Como explica el autor: “Las clases medias no son motores a priori de la liberalización política. Pueden convertirse fácilmente en promotores del autoritarismo represivo si temen perder influencia y riqueza.”

La historia de la clase media/burguesa mexicana apunta en ese sentido. Los criollos mexicanos fueron históricamente acomodaticios con el absolutismo de la Corona española, y solo al ver amenazada su posición social ante las reformas borbónicas es que optaron por la independencia de la Nueva España. Porfirio Díaz y su proyecto recibieron el respaldo de las clases burguesas mexicanas ante las pasadas y calamitosas guerras entre liberales y conservadores, y solo fue cuando se les cerró el acceso a puestos políticos que optaron por la revolución. El Partido Revolucionario Institucional (PRI) se mantuvo durante siete décadas en el poder ante el apoyo constante que recibió de esas mismas clases medias; el Partido Acción Nacional (PAN) amenazó con atraerlas, pero fueron rápidamente cooptadas con puestos políticos y crecimiento económico. Luis Echeverría seguiría el mismo libreto de cooptación décadas más tarde ante los descontentos sociales ocurridos durante los años previos. No fue sino hasta la década de los ochenta que la situación de la clase media se hizo insostenible y optaron por la apertura del sistema político mexicano.

Parece haber un patrón histórico, tanto en México como en el mundo: la clase media defenderá sus intereses “haiga sido como haiga sido”. Si le beneficia la apertura política, la apoyará. Si le favorece un régimen autoritario, lo avalará. Y es que las clases bajas no tendrán mucho qué perder y las altas lo tendrán todo, pero las medias trabajaron por formarse un patrimonio. Por ello es que en las pasadas elecciones votaron por contrapesos políticos a nivel federal y eligieron a un populista de derecha en Nuevo León. En este contexto, lo que no hay que perder de vista es lo siguiente: si la situación actual se deteriora aún más, la clase media mexicana se radicalizará aún más, y rápido.

 

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