PIOLA

Aun cuando se refiera a un contexto definido de Chile, la comuna capitalina de Qulicura y a los códigos de la cultura del hip-hop, esta película dirigida por Luis Alejandro Pérez, apela a utilizar esos elementos para mostrarnos una impactante y necesaria radiografía de cierto sector social chileno, con un entrecruce bastante interesante de historias que -por fortuna- quedan en un exquisito final abierto que nos permite adentrarnos en el corazón mismo de un Chile que está marcado por las inequidades y la pérdida de sentido de un puñado de jóvenes que van y vienen sin encontrarse.

Esta película tiene un encanto especial: muestra con la naturalidad propia del neorrealismo italiano un segmento de la sociedad chilena, que crece y se desarrolla en una comuna denominada Quilicura, en la capital del país. En ese contexto, los protagonistas (que son varios) fluctúan entre el rap, la falta de sintonía con sus familias, la tremenda necesidad de afectos y el doloroso camino a la adultez que, producto de las inequidades sociales, se muestra bastante inseguro y deplorable.

Si bien “Piola” muestra estas necesidades, no levanta juicios morales respecto de ellas y ese aire como de incompleto le da cierta característica especial al filme, dependiendo claro está de la sensibilidad de cada espectador para unir o suponer las piezas faltantes.

La palabra piola es usada en Chile para determinar aquello que pasa casi inadvertido, lo que está casi oculto respecto de los demás, a quienes van por la vida sin trascender demasiado. Y eso sucede precisamente con los protagonistas de este filme que sigue la aparentemente inconexa historia de Martín y Charly, así como las de Sol y su perrita Canela, a través de las calles de Quilicura, en Santiago de Chile.

La película está construida en una narración dominada por capítulos, cada uno de los cuales lleva un subtítulo, que muestra fragmentos específicos de las vidas de estos chicos que no se llevan bien con el sistema escolar, no logran entender ni ser entendidos en sus familias y que se evaden mediante la música o el alcohol. Como sucedía en otras experiencias similares (“Amores perros”, “Babel”, por ejemplo) las historias que parten sin tener conexión alguna se encontrarán en un único relato hacia los quince minutos finales, alcanzando uno de los momentos más intensos e importantes de esta película.

Martín, al que todos llaman “Huesos”, es un joven de enseñanza media que sueña con dedicarse al rap, mientras que Charly, su compañero y encargado de las bases de beat box trata de conciliar su trabajo y el aporte económico para su hijo, al que casi no ve. Sol es una liceana mucho más joven que vive con su madre, adora a su perra bóxer, Canela y mantiene relaciones con un chico mayor, que trabaja haciendo tatuajes.

Con habilidad, sin perder el control de su narración plagada de rap chileno, el director logra que cada historia avance cada una por su carril, haciendo un cruce bastante inteligente en el tramo final, dotando a su historia de un interesante retrato de una realidad que, por estar demasiado expuesta, casi se ignora, como se dice en Chile, “pasa piola”.

Es cierto que algunas subtramas de la película no alcanzan a ser completamente desarrolladas y que ciertos personajes, que se intuían interesantes, desaparecen, pero ello no le resta valor al entramado general que está por sobre la media de mucho de lo que recibimos hoy del cine nacional.

El único obstáculo que puede tener esta inteligente apuesta fílmica es que gran parte de sus diálogos pueden sonar como extraños, o no ser totalmente comprendidos, sobre todo si pensamos que se emplean códigos lingüísticos juveniles, de un sector específico y de una cultura que permea ese contexto. Superado esto, se agradece la naturalidad y la franqueza para tratar temas que son importantes y que están bien expuestos por los jóvenes protagonistas.

Usando con inteligencia la puesta en escena ambientada en Quilicura, el espectador atento puede disfrutar además descubriendo elementos que son propios de nuestra realidad de ese sector norponiente de la capital de Chile, desde los paraderos de buses del Transantiago, las subidas a los cerros después de una fiesta (“carrete” se denominan) o las estaciones bencineras del sector, lo que brinda un mundo especial y reconocible para el desarrollo de estas historias que confluyen en las líneas del tren de un sector eriazo de Quilicura.

De alguna manera, “Piola” entrega una interesante radiografía respecto de la manera en que se desenvuelve la juventud de hoy, que vive cercana a los hechos abiertamente delictuales pero que siguen perteneciendo a sistemas reconocidos como la familia, el liceo, el trabajo, los grupos. Es, entonces, una imagen bastante acertada de un sector etario-social específico.

Reconocemos que los elementos identitarios desplegados en “Piola” pueden ser un escollo si se visiona este filme en otras latitudes, tal vez por la abundancia de referencias a códigos específicos de la idiosincrasia chilena -la música, las referencias a personajes o los garabatos empleados-, pero incluso en ese aspecto es valioso que el director haya preferido mostrar esta realidad sin adaptarla a las necesidades externas con vías de exportación de su película.

Y por eso la película crece, porque tiene una honestidad brutal en algunas de sus secuencias, alcanza momentos casi surrealistas cuando muestra una realidad que no se entiende fuera de un contexto social y de ciertas condicionantes, donde la secuencia que transcurre en las líneas del tren y que concluye con la luz del poste que se apaga es uno de los instantes más hermosos por su fuerza expresiva, su honestidad al mostrar la desorientación de estos jóvenes y de cuán extraviados se encuentran en un sistema que los absorbe, aprieta y estrangula.

El filme entrega preguntas de gran valor, enormes, necesarias. Y el director emplea recursos muy inteligentes desde el punto de vista de la gramática cinematográfica para referirnos esas preguntas, esos cuestionamientos, como todo ese enervante viaje nocturno del grupo de amigos, haciéndole el quite a la policía o como aquella hermosa y breve secuencia entre el chico que atiende la bencinera y Sol, pocos minutos antes de ser testigos de un brutal asalto que, a todas luces, se nos antoja como un elemento casi surreal en medio de la noche quieta.

Quedan muchos temas flotando en el ambiente, desde el doloroso camino hacia la adultez, la pérdida de los nexos familiares, las extrañas relaciones que se producen en los grupos de referencia y el modo en que los adultos no han logrado superar ciertas trancas y temores. Pero es esa ambigua sensación de la no completitud que tiene “Piola” lo que la eleva todavía más.

Porque acá no cabe la posibilidad de tener todas las respuestas (¿acaso son necesarias?) y lo que nos queda son elementos con los que deberemos cerrar nosotros el filme: un gato rescatado bautizado como Tren, un auto robado a la madre, tres chicos mirando a la cámara sin saber qué será de ellos y la soledad de un espacio que termina por engullirlo todo. Ah, y la luz del poste que se termina por apagar.

FICHA TÉCNICA: Título original: Piola. Dirección: Luis Alejandro Pérez. Productora: Otro Foco. Guion: Luis Alejandro Pérez. Fotografía: Simón Kaulen. Música: Pablo Mondragón. Reparto: Max Salgado, René Miranda, Ignacia Uribe, Javier Castillo, Steevens Benjamin, Andrés Rebolledo, Alejandro Trejo, Paula Zúñiga. País: Chile. Año: 2019. Duración: 101 min.

 

Autor

Víctor Bórquez Núñez
Periodista, Escritor
Doctor en Proyectos, línea de investigación en Comunicación