TIGRE BLANCO

 

Este filme constituye una feroz sátira y una mirada crítica de una sociedad de contrastes e inequidades, además de una película que está estructurada con un ritmo exagerado, con momentos notables y un metraje que, a pesar de sus 125 minutos, fluye con un ritmo incansable. El realizador estadounidense de origen iraní Ramin Bahrani no solo brinda una pieza llena de humor negro, suspenso policial y mordacidad, sino que, además, entrega una visión nada complaciente de un país gigantesco, con brutales contradicciones sociales, políticas y culturales.

El creador Ramin Bahrani es un director digno de ser estudiado por los cinéfilos, no solo porque nos entrega una mirada completamente diferente al cine de Occidente, sino porque en su trayectoria, que incluye películas valiosas como Man Push Cart (2005), Chop Shop (2007), Goodbye Solo (2008) y 99 Homes (2015), y otras realizadas por encargos como At Any Price (2013) o el telefilm Fahrenheit 451 (2018), ha demostrado poseer una cualidad no menor: una capacidad de análisis del entorno, de los paisajes y de las motivaciones de los personajes.

La permanencia en la plataforma de Netflix de su filme “Tigre Blanco”, basado en la novela homónima de Aravind Adiga, ganadora del prestigioso premio Booker, un relato sobre un hombre pobre que se abre camino en el salvaje capitalismo de Nueva Dehli, que ha sido rodada en los espléndidos escenarios de India, demuestra su pulso, sus cualidades y limitaciones: se trata de una despiadada comedia muy negra que da cuenta del auge de un campesino de un poblado perdido en el mapa indio, perteneciente a una de las castas más bajas de la sociedad, que llega a codearse con los poderosos miembros de la élite, convertido en el chofer del hijo de un magnate con extraños vínculos con la política.

Balram Halwai (Adarsh Gourav) es pobre y está condenado a vivir hasta que se muera en un miserable pueblo, apenas subsistiendo, bajo el mandato de su abuela, una matriarca que solo aspira tener dinero y sobresalir en ese poblado.  Por una casualidad, logra trasladarse a la ciudad de Bangalore para convertirse en el chofer personal de Ashok (Rajkummar Rao), un poderoso (y corrupto) empresario formado en los Estados Unidos, y de su esposa Pinky (Priyanka Chopra-Jonas). Halwai establece con su patrón una relación de sumisión absoluta: lo admira, desea ser apreciado por ese hombre, lo cuida y trata de acercarse hasta él, presintiendo que su cercanía lo puede ayudar alguna vez a dejar su pobre existencia.

El filme está narrado desde el presente hacia el pasado, mostrando las etapas más importantes en el ascenso de Halwai hasta que llega a convertirse en una exitoso emprendedor. Todo se cuenta a modo de una larga carta electrónica que el protagonista envía al presidente chino que está por visitar India. El protagonista intuye que las cosas van a cambiar y que ha llegado el instante de que él aspire a mejorar su precaria situación. Como buen antihéroe, hará todo para lograr esta meta, sin importarle los medios, cansado y decepcionado del trato abusivo que, por décadas, ha recibido de sus patrones, a pesar de su conducta siempre atenta y servil.

De esta manera, “Tigre Blanco” se constituye en un feroz retrato de un pobre individuo que, aprovechando las condiciones y dejando de lado su moral, asciende en la sociedad india teniendo siempre presente la codicia, la ambición y la falta de escrúpulos, para alcanzar ese lugar que le ha sido negado desde sus primeras generaciones, incluyendo a su sacrificado padre al que vio morir de tuberculosis sin asistencia médica alguna.

A través de su relato y sus acciones cotidianas, los espectadores asisten a la transformación de un tipo bueno y sencillo en un hombre que no trepida en asesinar para alcanzar sus metas, un individuo que ha sufrido en carne propia humillaciones y el desprecio por pertenecer a la casta más pobre de India, debiendo soportar la prepotencia de sus patrones, ejemplos claros de un sistema social corrupto, injusto y que es caldo de cultivo de resentimiento, odio y venganza.

Considerando estos elementos y los escenarios de India, entre poblados miserables y ciudades poderosas e hiperdesarrolladas, y empleando la voz en off para explicitar algunas situaciones, el director emplea un estilo que estiliza, exagera y deforma los acontecimientos.

Es verdad que el realizador Bahrani cae en el subrayado, aun cuando en su conjunto es inevitable el empleo de un estilo que privilegie los actos desatados, la brutalidad del medio y el tono mordaz y provocativo porque a él le interesa confrontar la tremenda desigualdad social y cultural de India.

Lo destacable (y aterrador) es constatar cómo el sistema de castas y las normas milenarias de la sociedad india han hecho que Balram solo entienda que su lugar en el mundo es el de ser un sirviente leal, eficaz que incluso soporte humillaciones para complacer a sus patrones.

A partir de un hecho clave -un accidente nocturno- hace que de manera brutal empiece a replantearse su situación y su lugar en el mundo, lo que equivale a decir la relación con sus patrones abusivos y a aprovechar la experiencia que ha obtenido de su extenso vínculo con los códigos que estos emplean para manejar sus negocios y sus vidas.

De este modo, en el instante más fascinante de este extenso filme al que le sobran algunos minutos, el protagonista despierta, ve la realidad atroz que lo rodea e inicia un viaje sin retorno hacia la oscuridad, con todas sus estaciones esperadas: la venganza, el odio, la violencia y la hipocresía social.

Con audacia, el filme parte haciendo una pregunta directa al espectador: ¿cómo demonios han llegado hasta aquí el protagonista? De ahí en adelante, toda la película estará narrada por el personaje con sus naturales e impredecibles desvíos en la historia. Y el director hace que el espectador conecte con el dolor de su protagonista, porque este pobre campesino está marcado como un clásico héroe con rasgos de perdedor con el que conecta la audiencia, cuyo rumbo dará un giro sorprendente a partir de un accidente en medio de la noche.

Muchos han tratado de ver conexiones con la multipremiada “Quisiera ser millonario”, porque los dos filmes comparten ambientación (la cara más pobre y amarga de la India que acostumbraba a ignorar hasta su propio cine) y temas (el éxito, las desigualdades, la ascensión social y económica), pero las diferencias son evidentes y saludables, partiendo por el concepto de final feliz de la primera en oposición del final mordaz y satírico de “Tigre Blanco” que, además, juega sus cartas a tener un antihéroe como protagonista, un ser con debilidades, cualidades y no poca maldad y violencia que se desata en el tramo final en oposición al joven idealista que alcanza sus sueños luego de tanto infortunio.

A base de humor negro, de guiños al thriller más violento en la segunda mitad de la película, todo este filme es la invitación para un fascinante viaje a la gloria y la perdición de un hombre pobre que, de pronto, ha alcanzado una cuota de comprensión de su existencia en una sociedad donde él vale menos que cero.

FICHA TÉCNICA:

Título: Tigre Blanco. Título original: The White Tiger. Nacionalidad: India-Estados Unidos/2021. Guion y dirección: Ramin Bahrani. Elenco: Adarsh Gourav, Rajkummar Rao, Priyanka Chopra Jonas, Vedant Sinha y Kamlesh Gill. Fotografía: Paolo Carnera. Edición: Tim Streeto. Música: Danny Bensi y Saunder Jurriaans. Duración: 125 minutos. Disponible en Netflix.

 

 

Autor

Víctor Bórquez Núñez
Periodista, Escritor
Doctor en Proyectos, línea de investigación en Comunicación