EL MESÓN DE SAN ANTONIO

El libro y su uso

Mi abuela leía haciendo conjuros. Sacaba jaculatorias para todos los males y todos los deseos. Se convertía en una sacerdotisa capaz de hacer vientos o calmar los mares más bravos. Caminaba en el agua y hacía estremecer a los santos y a los ángeles. Sin duda le gustaba poner orden y aseo en el cielo. Le hacía caricias a la Virgen y platicaba con santos como quien charla con las amigas en la esquina de calle.

Como ustedes comprenderán su mundo era la iglesia, o las cosas de la iglesia, y llevaba para todos lados su librito gordo forrado en piel color negro, con estampas y hojas de rezo.

Mi abuela marcaba el transcurso de la vida con oraciones extraídas de ese libro, y para mí a esa edad, el tiempo era de inquietud y juego. El tiempo era lo que tardaba en rezar tres padres nuestros y tres aves marías, muy tardado, o todos los misterios que eran para mí una eternidad. Transcurría el tiempo en esa cápsula que forman las plegarias, así llevaba y traía ese libro como quien carga la verdad en su pecho.

Con su librito en mano sólo como accesorio, porque ya se lo sabía completito de memoria, mi abuela se auxiliaba en él como devocionario del que extraía fórmulas que se transformaban en aves negras, zopilotes en espera o cantos alegres y festivos, así como en pesadas letanías que agobiaban a los muertos y los vivos. Mi abuelo, tan lejos de la iglesia como remedio y del libro como fuente de recogimiento, decía en su desavenencia “es cosa de mujeres”.

El tono, el sentido del humor, la poesía, el ritmo, las promesas, todo era susceptible de estar ahí, más bien, estaban ahí, como una exaltación que explotaba la sujeción de la cordura.

Mi padre, en cambio, veía en los libros una válvula de escape, una salida de la limitación y la ignorancia.

Leer era situarse de forma distinta ante la vida. La lectura lo hacía protagonista de las historias más fascinantes y mejor narradas; les escurría a esas narraciones una melaza para los momentos amargos y difíciles, los cuales eran muy frecuentes.

No es fácil asegurar el rumbo de la vida cuando se viaja con un pie en la fantasía y el otro en la realidad. Pero mi padre descubrió el timón en la música clásica y en los libros. Sabía que a través de la educación se debería tener un mejor sitio, una mejor manera de vivir, eso siempre lo pretendió.

Tenía en casa tres regiones bien definidas donde transcurría: el taller, su biblioteca y el resto de la casa.

En todos esos espacios se comportaba con circunspección, picardía y con una sátira que hacían bailar un pasodoble al mismísimo Joaquín Rodríguez Ortega, mejor conocido como Cagancho, matador de toros de origen español gitano, cuyo estilo de toreo de grandes genialidades y numerosas espantadas hizo de él un personaje de ley.

Las imágenes de los libros en manos de los otros, es un reto de interpretación de la vida misma, que a través de las palabras vuelven descifrable al mundo.

Eso fue lo entendieron mi abuela y mi padre, el amor a los libros y su lectura. Fue su atmósfera, su contenido y su continente, unas páginas mágicas que llevaban a volar y ver el mundo, los que les explicaban su vida llena de nuevas preguntas. Cada mañana o cada noche estaban listos a viajar, inclusive sabían que algunos viajes no les permitirían regresar con las mismas características con las que habían partido. Eso es lo que regala la lectura, por eso hay que ser valientes hasta en los más duros desafíos. En el caso de ellos los volvió más humildes y más esperanzados.

Ojalá que siempre veamos en los libros la mejor luz que nos haga un camino iluminado.