CANCIÓN SIN NOMBRE

En su estética de blanco y negro sin concesiones y en su abordaje respecto de la situación indígena en Perú de 1988, esta ópera prima de Melina León, que debutó en la Quincena de los Realizadores de Cannes, recuerda a la portentosa “Roma” sobre todo en sus elementos visuales y temáticos, aun cuando tenga su propia estatura, aciertos y limitaciones, al presentar la historia íntima de una mujer indígena que busca a su hijo, retratando de paso la época en la que se ambienta y constituyéndose en una interesante propuesta fílmica que aborda un doloroso episodio de ese país durante la debacle de los años en que Perú estaba con la violencia a tope, una economía fuera de control y con los constantes ataques del violento grupo marxista Sendero Luminoso.

La película comienza con titulares e imágenes impactantes de la situación en que se encontraba Perú, durante 1988, uno de los años más violentos de ese país que mostraba índices escalofriantes en la economía y una creciente ola de corrupción, un estado de toque de queda permanente y el miedo generalizado entre los más humildes.

Este filme constituye parte de un conjunto de películas latinoamericanas cuya temática central es la revisión de las dictaduras recientes, donde el denominador común parece estar en la desaparición de ciudadanos en todo el continente y la manera en que la sociedad, desde diferentes escenarios, trata de abordar la lucha contra los abusos de poder de las autoridades coludidos con la casta gobernante. “Canción sin nombre” emplea la elipsis como uno de los recursos estéticos de mayor interés, aun cuando los espectadores de otras nacionalidades que no están familiarizados con lo sucedido en esa nación en ese período tengan necesidad de ciertos datos más precisos para visualizar la profundidad del discurso enunciado que, a ratos de modo impreciso, debilitando el poder del tema que se expone.

Una joven indígena de los Andes que se encuentra embarazada llamada Georgina Condori (excelente actuación de Pamela Mendoza), se muda a Lima con su marido, Leo (Lucio Rojas). Debido a su precaria situación económica, ambos llegan a una clínica que les brinda asistencia médica gratuita en el parto pero que oculta una terrible verdad: al día siguiente del parto el recién nacido es secuestrado, la clínica ya no existe y nadie sabe nada o no está dispuesto a decir nada por miedo. Así, de manera trágica, la mujer y su marido deben enfrentar la desidia policial, indolentes a los intentos de Georgina por recuperar a su hijo desaparecido, sumando a este hecho el que las autoridades no demuestran el más mínimo interés y todo parece parte de un sucio juego cómplice y criminal.

En su doloroso itinerario, tratando de que alguien los escuche, la pareja se contacta con Pedro Campos (Tony Párraga), un periodista joven que siente especial interés por la mujer y su tragedia, debido a que él siempre ha debido enfrentar el estigma de ser perseguido y tener que vivir su sexualidad en silencio, sabiendo lo que significa ser homosexual en el violento, machista y peligroso Perú de los años ochenta.

Dedicado a Ismael León, el padre de la realizadora que fundó La República en 1981, uno de los más importantes periódicos en Perú y que tiene el mérito de haber publicado el primer reportaje acerca del siniestro tráfico de niños en el país, iniciando una potente historia que reveló la venta de niños a parejas de Estados Unidos y Europa. Este hecho emparenta a la película con una tradición del cine que revela cómo el periodismo puede ayudar a combatir las redes del poder y la corrupción en un determinado instante, donde destacan películas como “Todos los hombres del presidente”, “El año que vivimos en peligro” o “Spotlight”.

A nivel estético, la directora y el cinematógrafo Inti Briones decidieron grabar la película en un austero blanco y negro y usando el casi desaparecido formato 4:3, que permiten recordar de manera constante el estilo audiovisual de los años 80 y reflejar el estado de la televisión y los periódicos de esos años aciagos.

Es imposible no recordar las aristas de cine negro kafkiano que tiene la película, sobre todo en la escena en que la mujer golpea sin cesar la puerta de la clínica inexistente o el instante en que ella, a punto de parir, sube una escalera que se antoja como un laberinto sin fin. Lo kafkiano se acentúa con la investigación del periodista que lucha contra un poder oculto en las sombras, con los sucesos macabros que terminan en matanzas y con esos caminos laberínticos que no conducen a ninguna parte.

Como la película se trata de un relato visto desde la óptica de la mujer, por tanto, subjetivo e impreciso, dominado por sus emociones y necesidades, no todo lo que sucede tiene siempre un sentido lógico (¿qué sucede realmente en la fiesta indígena que deviene en tragedia?) y algunos personajes y situaciones están poco trabajados como para tener un real impacto en el guion (la efímera relación entre el periodista y el actor de teatro).

Como debut se trata de una película deslumbrante, bien planteada y, a pesar de la sequedad de su narrativa, termina cautivando por su doloroso material compartido por tantos pueblos del continente americano.

FICHA TÉCNICA

Título: Canción sin nombre.  País: Perú, España, Suiza. Año: 2019. Dirección: Melina León. Guion: Melina León, Michael J. White. Reparto: Pamela Mendoza, Tommy Párraga, Lucio Rojas, Maykol Hernández, Ruth Armas. Seleccionada en la Quincena de los Realizadores en el Festival de Cine de Cannes 2019.

 

Autor

Víctor Bórquez Núñez
Periodista, Escritor
Doctor en Proyectos, línea de investigación en Comunicación