EL MESÓN DE SAN ANTONIO

Confianza vs esperanza

Cosa rara es la esperanza, es bella y espantosa a la vez, se siente bien esperarla pero es mucho mejor no necesitarla. ¿Qué pasa si nunca llega? ¿Y si nos olvidó para siempre? ¿Cuánto tiempo se puede vivir a la expectativa de su regreso?

Suele la juventud romantizarla, soñar un reencuentro con la persona amada, planear un futuro sobre ilusiones sin sustento, pensar que mañana todo se arreglará como por arte de magia, eso es Esperanza, y aunque es lo último que muere, hoy ya está agonizando.

Todos recordamos el eslogan de campaña: “Morena: la esperanza de México”, así lo
vendieron y muchos –millones de mexicanos- así lo compraron. Y es que, debo admitir
que sonaba muy tentador: ¿qué clase de persona no se conmueve por tan ensoñadora
promesa? La creencia de que todo cambiaría para bien, de que el precio de la gasolina
bajaría, que el dólar no subiría, que los salarios aumentarían, que habría seguridad en las
calles, cero tolerancia a la corrupción, más empleo, mejores prestaciones, mayor inversión
a la educación… la esperanza murió.

El partido del presidente Andrés Manuel López Obrador rompió su promesa de campaña y evidenció la ingenuidad de los mexicanos, que como hace 500 años se dejaron engañar con espejos y trucos baratos. La llegada de Esperanza fue ilusoria, una falsedad, un
engaño total, y como niños que descubren que han sido timados, contentarlos será muy
complicado.

El domingo pasado se llevaron a cabo las elecciones para renovar el Congreso de Coahuila e Hidalgo y como era de esperarse, la gente no sólo emitió su voto en contra de Morena, sino que lo hizo a favor del PRI, logrando que los archienemigos de AMLO consiguieran la mayoría en ambos estados. ¿Fue un voto de castigo o una clara evidencia de confianza?

Es cierto que el Partido Revolucionario Institucional ha tenido altibajos en la preferencia del electorado, así como claroscuros a lo largo de su historia, pero también es cierto que es el partido que más y mejor conoce a los mexicanos. Nadie puede negar que el PRI ha crecido a la par de México y que juntos han creado grandes instituciones para la vida
política y social del país. La estructura de partido es sólida, brinda certidumbre, es
confiable, argumentos definitivos para un electorado que se siente traicionado.

Los ciudadanos votaron por la confianza, ya no por la esperanza. Eligieron a quienes,
consideran, saben hacer política y gestionar apoyos, no a quienes sueñan con un México
mejor pero sin un plan de acción definido. Y si yo fuera el presidente, estaría pensando
seriamente en qué voy a hacer para que estos resultados no se repitan en las elecciones
federales del 2024.

Pero AMLO ha demostrado ser soberbio y no querer seguir consejos, basta ver que el
senado ya aprobó la eliminación de 109 fideicomisos equivalentes a 68 mil millones de
pesos, entre los que destacan los fondos para personas defensoras de derechos humanos
y periodistas, de ciencia y tecnología, cultura física y deporte, cinematografía, de cambio
climático y víctimas. Y además, exigió una auditoría a dichos fideicomisos ya extintos -¿?-
Mientras, uno como ciudadano de a pie, se pregunta qué pasará cuando pase todo esto:
¿algún día saldremos de la cuarentena?, ¿encontrarán pronto la vacuna?, ¿cuál virus
sustituirá al Covid-19?, ¿volveremos a vivir de manera “normal” y no como la “nueva
normalidad”?

Y no, estimado lector, no me hago estas preguntas invocando a la Esperanza, porque sé bien que ella ya se fue, desde hace mucho con otro.