EL MESÓN DE SAN ANTONIO

El tejido roto

Las noticias, más que devastadoras, son inconcebibles. Actos aberrantes que sobrepasan cualquier horrible pesadilla. Hechos dantescos que aseguran la permanencia en el infierno de quienes los cometieron.

El tejido social está roto, los corazones desolados, la esperanza muerta.

Sí estimado lector, amanecí pesimista, triste, con una sensación de impotencia y coraje y miedo y desamparo.

Mujeres en las calles exigiendo justicia, con lágrimas en los ojos, con sus hijos en brazos, con los puños en alto, con el nombre de sus amigas muertas en los labios.

Las están matando y nos están condenando a vivir en la más oscura de las realidades, en un futuro incierto en donde nos faltan hijas, hermanas, madres, amigas, esposas, mujeres que vieron frustrados sus sueños sólo porque alguien no entendió que NO ES NO.

No son flores, son mujeres. Son bellas, pero fuertes. No están para cuidarse sino para respetarse. No hay vuelta, no hay otro argumento: somos seres humanos y deberíamos comportarnos como tal.

Pero cada vez nos alejamos de eso. Le hacemos caso a la víscera, a los instintos, a la

reacción. Si algo nos irrita, nos enfadamos, hacemos malas caras, decimos groserías, alzamos la voz, golpeamos cosas, y el grado de reacción crece dependiendo de la situación y la persona.

Hace unos años me asombró la noticia de que un pleito entre automovilistas terminó en asesinato. Ocurrió aquí en Saltillo, no en la Ciudad de México en donde el tráfico puede ser un detonante de ira, sino en nuestra tranquila ciudad que ni puentes tenía en ese entonces.

Al parecer un chofer del transporte urbano le ganó el paso a un conductor quien, enojado, comenzó a seguirlo gritándole improperios, hasta que logró adelantarlo y cerrarle el paso, haciendo que el chofer se detuviera y bajara de la unidad para responder al pleito. Los pasajeros, molestos y asustados, vieron cómo de las palabras pasaron a los empujones y luego a los golpes, uno de los cuales resultó mortal para el conductor del auto.

¿Cuándo nos convertimos en víctimas de nuestras emociones? Justo cuando decidimos ignorarlas y no prestarles atención.

Estamos enfermos de nosotros mismos, cada día somos menos capaces de lidiar con la frustración, con la tristeza, la ira e incluso, con la propia alegría.

La mayoría de las fiestas -incluso las infantiles- termina con uno o varios invitados borrachos de tanto alcohol. La felicidad de ver reunida a la familia y los amigos los hace beber hasta perder el conocimiento.

No sabemos manejar nuestras emociones, y las generaciones más jóvenes son más

proclives a las reacciones violentas.

El viernes 2 de octubre habrá una marcha ciudadana que reunirá a varios grupos y asociaciones que luchan por justicia, seguridad y equidad. Por un lado, ese día se conmemora el 52 aniversario de la matanza de Tlatelolco que, aunque ha perdido fuerza

entre los jóvenes, algo me dice que este año reunirá a más de los que imaginamos.

Asistirán, por supuesto, grupos feministas que exigen el alto a la violencia contra las mujeres y el derecho al aborto; y también estarán familiares de víctimas de desaparición forzada.

Y es que, las cifras no han dejado de aumentar desde que López Obrador asumió la

presidencia. Cada día hay más feminicidios, cada día hay más represión contra los medios, cada día hay más víscera en las mañaneras. Porque para él las cifras mienten, las manifestaciones son golpeteos políticos, porque el pueblo está feliz, feliz, feliz, aunque el

pueblo bueno y sabio llene las calles al grito de “basta”.

Espero, estimado lector, que podamos remendar nuestro tejido social, que desde casa nos pongamos a tejer y a reparar las fugas que tenemos, para que pronto dejemos de estar con el agua hasta el cuello.