EL MESÓN DE SAN ANTONIO

México dividido

La culpa es de los tlaxcaltecas, tituló Elena Garro a uno de sus cuentos que, aunque poco tiene que ver con lo que nos remite el nombre, sintetiza muy bien el sentir de los mexicanos desde el tiempo de la conquista.

Ahí está que casi 500 años después -el próximo 2021 cumplimos cinco siglos de haber sido conquistados por los españoles- seguimos preguntándonos qué hubiera pasado si los tlaxcaltecas hubieran preferido unir fuerzas con sus compatriotas los mexicas para, juntos, sacar al invasor de nuestras tierras. Porque desde entonces tenemos un rencor atorado en el cogote (o en el corazón, para que no se escuche tan feo), al no poder entender cómo es que las rencillas entre vecinos sopesaron más que la lealtad entre los mismos.

Resulta estéril llorar sobre la leche derramada pero es una herida que no hemos podido cerrar, y así como se llora en las cantinas por un amor que pagó mal, así volvemos a recordar a la Malinche y a los tlaxcaltecas en cada trago de mezcal.

Es cierto que los mexicas no eran una perita en dulce y se habían ganado muchos enemigos, eran belicosos, rencorosos y trataban con desprecio a sus vecinos. Con las llamadas “Guerras Florales” aprovechaban para invadir tierras y llevarse prisioneros para sus sacrificios a Huitzilopochtli. ¿Quién los iba a tener en alta estima?

Las consecuencias fueron devastadoras: matanzas, hambrunas, saqueos, imposición de la religión católica, destrucción de templos, vejaciones y un sistema de castas que nos quitó incluso la categoría de “humanos”. Aguantamos 300 años hasta que el movimiento insurgente –encabezado por Hidalgo, Allende, Morelos- se levantó en armas para derrocar a la corona española, pero no todos estaban de acuerdo: los realistas defendían la monarquía y a las autoridades nombradas por el reino de España. Y de nuevo peleamos entre nosotros.

Nos independizamos pero no hicimos las paces. Surgió entonces una profunda división ideológica protagonizada por Liberales y Conservadores, y el caos volvió a reinar: mientras unos defendían las Leyes de Reforma, los otros trajeron a un austriaco al que nombraron emperador del Segundo Imperio Mexicano –quien dicho sea de paso, era más liberal que muchos liberales-.

El final de esa batalla ya la conocemos: Juárez mandó fusilar a Maximiliano en el Cerro de las Campanas para reafirmar su poderío (y me recuerda un poco cuando el bueno se convierte en malo).

Hoy, a 150 años de la última gran división, los mexicanos volvemos a enfrentarnos desde dos bandos (al menos así nos lo quieren hacer creer desde el gobierno de Andrés Manuel López Obrador): Chairos vs Fifís, una lucha que apela a las clases sociales, al sentimentalismo, al resentimiento, a la ignorancia, a la intolerancia, a la discordia. Como si no hubiéramos aprendido nada en 500 años, como si no fuéramos los mexicanos que se tienden la mano en las desgracias, en los sismos, en las balaceras; como si no hubiéramos levantado al país con trabajo y esfuerzo después de la crisis, de la violencia, de la incertidumbre.

Y resulta imposible evadir las preguntas, estimado lector, ¿a quién le conviene nuestra división?, ¿quién sale ganando con los pleitos internos?, ¿quién nos quiere ver pelear?

Aún no lo sé, pero espero, que por primera vez en nuestra historia, apelemos a la unión, a la solidaridad y la empatía.

Ojalá en este capítulo los líderes no decidan el futuro sangriento de una batalla, sino que seamos nosotros, el pueblo informado, los que determinemos la agenda a seguir.

Basta de motes y categorías y divisiones y rencores, es hora de consolidarnos como nación y luchar, desde la razón, por un futuro más prometedor.