IRENA SENDLER

Esta semana, y la próxima si no ocurre algún cataclismo político o geológico o “canta” de verdad Lozoya que a sus muchos calificativos debe ahora agregar el de llorón, escribiré sobre dos admirables mujeres: la enfermera católica Irena Sendler y la matemática y actriz judía Hedy Lamarr, quienes en sus respectivos ámbitos hicieron mucho por la humanidad durante la Segunda Guerra Mundial.

A los 29 años de edad, Irena trabajaba en el Departamento de Bienestar del municipio de Varsovia; los alemanes habían ocupado la ciudad y hacinado 400 mil personas en un gueto, palabra que viene de la italiana ghetto y significa​ área pequeña donde vive voluntariamente o por fuerza, un grupo étnico, cultural o religioso.

Irena veía que eran pésimas las condiciones higiénicas y faltaban alimentos; situación que provocó epidemias y mortandad, sobre todo en niños y viejos.

Y para cuando a fines de 1942, se constituyó el Consejo de Ayuda a Judíos (Zegota) 280 mil de sus habitantes habían sido ya deportados al campo de concentración de Treblinka, comprendió que era urgente auxiliar a los que quedaban y se dedicó a buscar lugares dónde esconderlos, pagando por su manutención y cuidado médico.

En septiembre de 1943, cuatro meses después de la destrucción completa del gueto, fue nombrada directora del departamento de Cuidado de Niños Judíos de Zegota.

Y con el alias de Jolanta, aprovechó sus contactos con orfanatos atendidos por monjas para enviarles pequeños, a los que sacaba envueltos en costales y con el auxilio de un perro de aspecto fiero y muy ladrador que como daba miedo a los alemanes, evitaban acercarse a su vehículo; salvó así a alrededor de dos mil 500 niñas y niños.

En octubre del mismo año, fue descubierta, arrestada y torturada y a pesar de que le quebraron los huesos de pies y piernas, no consiguieron que delatara.

Fue condenada a muerte y enviada a la prisión de Pawiak, pero activistas de Zegota sobornaron a algunos guardias y mientras esperaba su ejecución, un soldado alemán la jaló para un “interrogatorio adicional” y al pasar cerca de una puerta, le gritó en polaco: “Corra”.

Aunque pensó que podría ser baleada, le hizo caso y corrió; se escondió en la nieve, hasta tener la certeza de que no era seguida y días después se enteró que su nombre estaba incluido en la lista de defunciones que los alemanes publicaban.

Había tenido el cuidado de apuntar y guardar los datos de los niños salvados y de las instituciones o familias que los cuidaban y colocó el registro en un frasco de vidrio, que enterró bajo un árbol del jardín.

Y al terminar la guerra, se dedicó a localizar a los padres y reunirlos con sus hijos; pero la mayoría había muerto, por lo que alquiló casas donde pudieran vivir con padres adoptivos.

Al correrse la voz de la ayuda que había dado, el Yad Vashem como se llama el “monumento vivo” establecido en 1953 en Jerusalén como centro mundial de documentación y conmemoración del Holocausto, la reconoció como Justa de las Naciones; y el 19 de octubre de 1965, fue plantado ahí un árbol en su honor.

En 2006, fue propuesta para recibir el Premio Nobel de la Paz, pero no fue seleccionada; y cuando en 1979, visitó al Papa Juan Pablo II le regaló una estampita con la inscripción “Jesús, en Vos confío” que contó, había encontrado entre la paja dónde dormía en el campo de concentración.

Fue entrevistada muchas veces sobre la razón para exponer su vida al salvar la de otros y siempre respondía, “fui educada en la creencia que una persona necesitada, debe ser ayudada sin importar su condición, religión, raza o nacionalidad”; y que sus actos fueron, la justificación de su existencia en la tierra.

Murió el 12 de mayo del año 2008, a los 98 años de edad.

La información anterior me la envió mi amiga chilena Victoria Ratinoff, para conmemorar la memoria de los seis millones de judíos, veinte millones de rusos, diez millones de cristianos, mil 900 sacerdotes católicos, 500 mil gitanos, y cientos de miles de socialistas, comunistas demócratas, y miembros de la Resistencia, “asesinados, masacrados y violados, mientras otros pueblos del mundo miraban para otro lado.”

Y para advertir, en estos momentos de recrudecimiento del racismo, discriminación y muertes de miles de civiles en conflictos y guerras en todo el mundo, que horrores semejantes no deben olvidarse; porque solo así, podrá evitarse que vuelvan a ocurrir.