EL MESÓN DE SAN ANTONIO

Para Elsa Martha Rodríguez Gallardo

Para estas fechas, época de lluvias en pleno verano, existen una cantidad de recurrentes acontecimientos que se vuelven toda una suerte de recordatorio.

La Feria del Pueblo en honor a Santiago Apóstol siempre se conservaba en acción a regañadientes, sobre todo los juegos mecánicos. Para este entonces la exposición de ganado de la región ya había emprendido la graciosa y silenciosa huida, dejando las pacas de alfalfa en el sitio como garantía de su presencia. La feria era algo singular, pequeña para ser de la Capital, y los artistas locales llegaban a un stand (pomposa palabra) a hacer las delicias de los transeúntes. Aquí se vendía la cerveza a costo más barato y se escuchaban grupos musicales ya con guitarras eléctricas. En esos días, juntarse con los amigos era más que diversión: en esa feria nos poníamos de acuerdo para ir a ver el río que estaba a las orillas del pueblo, encuerados infantes nos metíamos al agua cuando se podía, algunos con más prurito lo hacíamos en calzoncillos de diario y ahí tendrían que ver los malabares para detener unos calzones llenos de agua escurriendo con lodo, tierra y lama que en ocasiones la untábamos en broma, así que los zahones colgaban sobre lánguidas piernas que retozaban también, tirándose al sol.  Luego venía una larga sesión de tirar piedras en los charcos para hacer patitos, el arte de deslizar las piedras sobre la superficie del agua: quien lograba hacer tres o más patitos era un fregón digno de reconocimiento de la palomilla.

Cuando uno cumple años debería pensar en esos recuerdos que siempre tienen una sonrisa. Mi mamá decía que me gustaba andar “de pata de perro”, o sea, siempre en la calle, y me encanta rememorar las aventuras que vivía aquellas tardes de verano.

Yo no sé si usted, estimado lector, sigue cumpliendo años con el júbilo sin igual de sentirse afortunado.

Al paso de los tiempos, el estilo de celebrar los cumpleaños ha cambiado. Me parece que ahora la industria facilita la celebración: sales y en una tienda puedes encontrar pasteles, globos con helio, cerveza, carne asada y hasta promociones especiales. En mis tiempos infantiles, a la tía Emerenciana se le rogaba hacer el pastel, pues mi madre confiaba en sus dotes de buena repostera, había refresco, gelatina y emparedados para los amigos de la cuadra y para los primos y hermanos que soplaban fuerte a la vez del cumpleañero.

¿Usted recuerda su cumpleaños número 8 o 9? Yo recuerdo que andaba en tercer año de primaria, leía con apuro, lo hacía en el libro de Historia como un reto para aprender, pero también jugaba y disfrutaba la vida con ansia de primerizo.

Felicidad- agradecimiento- esperanza- ponderación de virtudes, eran un cuadrante que siempre estaba en suerte en el cumpleaños, además, del contexto, de los años malos y buenos, de la casualidad que hechos círculos lo hacían a uno más grande y ahora, irremediablemente, más viejo.

«Las varias costumbres que la gente observa hoy día al celebrar sus cumpleaños se remontan a mucho tiempo atrás en la historia. Nacen dentro del dominio de la magia y la religión. En la antigüedad, las costumbres de felicitar, dar regalos y hacer una fiesta —con las velas encendidas que la completan— tenían el propósito de proteger de los demonios al que celebraba su cumpleaños, y de garantizar su seguridad durante el año entrante (…) Hasta el cuarto siglo, el cristianismo rechazó la celebración de cumpleaños como una costumbre pagana».

Lo más terrible, me parece, siempre será morirse el día de su cumpleaños. Me imagino las dificultades que se tendría frente a los deudos, seguramente habría chistes livianos al respecto, con un toque de ironía y tristeza.

¿Qué tan ñoño resulta celebrar un cumpleaños? No lo sé, pero entiendo que está en lo mejor de uno regocijarse interiormente con la celebración, que en estas fechas es un aliciente frente al coronavirus que invade como pandemia, al acecho de uno y encerrándolo para evitar su contagio.

Manuel M. Ponce tiene una canción verdaderamente hermosa por todos conocida: Las mañanitas. José Saramago, Premio Nobel, se maravilló de ella, lo dijo alguna vez, y aquí la escribo como si fuera la primera vez que le pongo toda mi atención:

Estas son las mañanitas

Que cantaba el rey David

Hoy por ser día de tu santo

Te las cantamos a ti…

Una estrofa que me gusta y no se canta es:

Si yo pudiera bajarte

Las estrellas y un lucero

Para poder demostrarte

Lo mucho que yo te quiero

Usted, estimado lector, no se apure cante voz en cuello, el remate:

Con jazmines y flores

Este día quiero acordar

Hoy por ser día de tu santo

Te venimos a cantar

Autor

Alfonso Vazquez Sotelo