EL MESÓN DE SAN ANTONIO

Llueve sobre pandemia 

Las intensas tormentas de estos días ocasionadas por el huracán Hanna, lograron lo que no pudieron lograr meses de ruedas de prensa ni bombardeos diarios en todos los medios de comunicación: hacer que nos quedáramos en casa.

Y aunque es probable que las lluvias que azotaron a Coahuila y Nuevo León lograran disminuir la afluencia de personas en las calles y, por ende, impedir que el número de contagios siguiera aumentando–que lejos de ir a la baja, nos mantiene con el semáforo en rojo-, también es cierto que vinieron a demostrarnos, una vez más, lo frágiles que somos.

Las imágenes son desgarradoras: vehículos con tripulantes siendo arrastrados por la corriente, gajos del cerro cayendo sobre los automóviles, casas totalmente inundadas,
árboles derribados… la naturaleza está pidiendo a gritos nuestra atención y nosotros
seguimos haciendo oídos sordos. Pero, ¿qué es lo que nos está tratando de decir?

Con el ánimo por los suelos y la esperanza apagada, los sobrevivientes del 2020 nos
lamentamos ya no por lo duro sino por lo tupido: el mundo se nos está cayendo a pedazos
y nosotros seguimos sin comprender qué es lo verdaderamente importante de la vida,
cuál es ese motivo que nos hace luchar para seguir viviéndola.

Cada calamidad nos demuestra lo perdido que estamos.

Hoy añoramos lo que hasta hace unos meses ignorábamos al darlo por sentado: la libertad de salir, ir al cine, acudir a reuniones; nos fastidiaba tener que cumplir con un compromiso social, ir a la boda de un pariente lejano, estrechar la mano de los compañeros del trabajo, y ahora lo vemos tan lejano, casi imposible, como entrar a una tienda sin traer cubrebocas.

La llamada “nueva realidad” nos hace cuestionarnos si de verdad viviremos así de ahora en adelante, si el gel y las mascarillas llegaron para quedarse, y cómo era posible que  nos quejáramos de nimiedades como lavarnos las manos sólo antes de comer y después de ir al baño.

Y ahora, los estragos de un huracán.

Todavía no nos terminamos de quejar que en pleno verano las albercas estén cerradas cuando nos cae esta tromba, estos aguaceros que nos siguen recordando que las calles de Saltillo no están diseñadas para las lluvias que, año con año, irremediablemente, nos toman desprevenidos.

“Hoy no podemos salir”, le digo a mi nieto que ya está fastidiado del encierro. “¿Por qué?, ¿por el coronavirus o por otra cosa?”, me pregunta con sincera curiosidad, “por las lluvias, hay muchas calles cerradas”, le digo algo apenado por este mundo tan ingrato que le vino a tocar. “Ah, bueno, como quiera no me dejan entrar a ningún lado”, dice resignado.

El ánimo amaina, el optimismo merma.

Las calles inundadas nos ubican en la realidad: no podemos salir, no debemos salir, y hay que ser agradecidos por tener un techo, comida, ropa seca, un ser querido: lo más
elemental vuelve a ser trascendental. ¿Será esa la lección que debemos aprender? ¿Volver
a lo básico, desapegarnos de lo material, nutrir el espíritu, revalorar lo verdaderamente
importante?

Vi desde la ventana de mi casa los ríos que arrastraban basura y meneaban los carros
estacionados, vi correr a mujeres que claramente no pudieron quedarse en casa y
tuvieron que salir a trabajar, vi a hombres tratando de hacer arrancar sus autos, vi niños
llorando, perros empapados, cubrebocas flotando sobre el agua sucia, y claramente vi a la naturaleza tomándonos del brazo y dándonos una sacudida: encuentra el sentido, busca
un motivo, vive la vida sabiendo queda respiro es irrepetible.

Antes de entrar al octavo mes del año –de un año lleno de retos y desafíos- reflexionemos acerca de los acontecimientos que nos rodean, quizá sea conveniente dejar de verlos como desgracias y empezar a verlos como lecciones necesarias.