UN SIMPLE CAMBIO DE ENFOQUE

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Lo importante no es con qué nacemos, sino qué hacemos con ello

Alfred Aldred 

Qué pasaría si deja de esperar que los demás recompensen sus esfuerzos, compensen sus daños, satisfagan sus necesidades y sean como usted espera, por un lado, y por otro deja de sentirse obligado a hacer lo mismo por ellos.

¿Cómo serían las relaciones humanas sin este patrón? Para mí, hasta ahora, inimaginables, pues en cada motivo que tenemos en la vida para hacer algo está la necesidad de darle gusto a alguien, rara vez a nosotros mismos. Incluso los egocéntricos marcados, narcisistas o rígidos, pues, educados en el exceso, ya de cuidados, mimos, permisividad o, en el lado opuesto, disciplina, exigencia, constreñimiento, interpretaron en su infancia que se esperaba de ellos sentirse el centro del universo.

Evidentemente, esta forma de relacionarnos con los otros desde las expectativas de llenar nuestras carencias, satisfacer necesidades y cumplir ideales hace que establezcamos relaciones tóxicas y codependientes, sin importar si se trata de nuestra pareja, hijos, padres, hermanos, amigos.

Quedamos atados unos a otros en espera de obtener mutuamente lo que solo podemos darnos cada uno de nosotros: amor, seguridad, estima, validación, impulso, sentido de vida. Evidentemente necesitamos a los demás, como apoyo, compañía, soporte y ejemplo. Pero cuando los vemos como los responsables de nuestro bienestar, nos convertimos en sus víctimas o en sus victimarios, culpándolos de todo lo que nos sucede.

Y qué tal si fuéramos educados para realmente independizarnos después de la niñez, para pensar que las recompensas a nuestros esfuerzos ya no provendrán de nuestros padres o mentores, sino de nosotros mismos, que comenzamos a ser responsables de todo aquello que sintamos, pensemos o hagamos a partir de la adolescencia.

¿Y si nos enseñaran desde niños a disfrutar del proceso de aprendizaje en lugar de solo enfocar el objetivo para obtener la recompensa? ¿Si nos estimularan para ver en el proceso mismo la recompensa? Todos aprenderíamos con gusto y, obvio, lo haríamos bien.

¿Y Si el objetivo fuera el descubrimiento mismo, la emoción de entender e incluso comprender? Probaríamos métodos hasta ver cuál es el adecuado para cada uno, sin tener que exponernos a los taches y las palomitas de la aceptación y el rechazo de quienes ejercen influencia sobre nosotros y a quienes, en ese momento, hay que darles satisfacción.

¿Y si dejáramos de pensar que tenemos que ser buenos para todo y todos, y nos permitiéramos ser especialmente buenos en aquello que amamos hacer? ¿Y si comprendiéramos que tenemos habilidades y talentos personalísimos, y que su desarrollo es justamente la fuente de disfrute en el aprendizaje? Seguramente dejaríamos de exigir o incluso esperar que nuestros hijos se conviertan en lo que creemos que deberían ser.

¿Qué pasaría además cuando dejáramos de confundir la educación con la instrucción y con el aprendizaje como forma de vida? Pues que le enseñaríamos a nuestros hijos no solo el comportamiento social que requieren para convivir armónicamente con sus semejantes, sino a manejar sus emociones, sus pensamientos, sus actitudes, y de paso aprenderíamos nosotros. Les inculcaríamos que la vida es un aprendizaje continuo y que la curiosidad por saber nuevas cosas le da sentido a la existencia. Entonces tendríamos seres humanos que van a la escuela no para cumplir un requisito, sino para disfrutar el proceso del saber.

Si fuéramos educados con estos enfoques, sabríamos, y en consecuencia viviríamos, haciéndonos responsables de lo que sentimos, lo que pensamos y lo que hacemos, sin atribuirle a los otros más que ser el punto de referencia de nuestras reacciones.

Viviríamos buscando crear y solucionar, en lugar de echar culpas y contagiar amarguras, resentimientos y odios. No nos sentiríamos obligados a nada que no fuera la indispensable cortesía y cordialidad, pero sabríamos amar a otros tal cual son, como nos amaríamos a nosotros mismos. Cooperaríamos en vez de competir y ayudaríamos en vez de obstruir.

Todo con un simple cambio de enfoque.

delasfuentesopina@gmail.com