Personal de la salud deberá recibir atención psicológica para evitar secuelas emocionales

(Xinhua/Lucio Tavora) (lt) (eb) (vf)

La incertidumbre, el estrés y la sobrecarga asistencial pueden alterar la salud mental de estos profesionales.

De acuerdo al último reporte de la Secretaría de Salud de México alrededor de 8.544 trabajadores de personal de la salud, se han contagiado con la COVID-19 en el desarrollo de su labor. Pero, además, cada vez más expertos advierten sobre las repercusiones emocionales y psicológicas derivadas de estar «en la primera línea de batalla» durante la crisis sanitaria.

A falta de un análisis o una evaluación oficial respecto al impacto emocional de esta situación en los sanitarios, se ha adoptado como referencia un estudio realizado en China con más de mil profesionales de la salud que participaron en el manejo de la pandemia en este país. Los resultados reflejan que más del 50 % presenta síntomas de depresión; el 45 % afirma sufrir ansiedad y un 35 % tiene problemas de insomnio como respuesta al estrés ante el riesgo de contagio y el miedo a enfermar, a contagiar a su entorno familiar y a tener que abandonar su labor en caso de caer enfermos.

Incertidumbre, cansancio y estrés mantenido

«Al igual que el resto de la población, los profesionales de la salud han tenido que enfrentarse a la falta de experiencia previa ante la crisis de la COVID-19, que no se parece a otras situaciones que hayamos vivido. Eso genera miedo e incertidumbre, y puede dar lugar a una sensación de pérdida de control», explica Alba Pérez, profesora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC.

Junto con la incertidumbre, Alba Pérez destaca el cansancio y el estrés mantenido como dos factores que pueden afectar a la salud física y psicológica de estos profesionales. «Llevan muchas semanas en activo y algunos de ellos con largos turnos de trabajo. Cuando se afronta una situación estresante, el cuerpo se sobreactiva y se pone en alerta. Esto permite que se responda adecuadamente a las exigencias del entorno, pero consume muchos recursos del organismo. Si esta activación se prolonga en el tiempo —como está ocurriendo tanto en el caso de los trabajadores de la salud como en el de muchos profesionales de otros sectores, como el social, que están en una situación muy similar—, habrá un coste cada vez más elevado de recursos personales y una mayor afectación», dice Pérez.

Otro factor clave es la falta de recursos. «Se habla mucho de los medios materiales (equipos de protección individual), cuya carencia aumenta incuestionablemente la frustración, genera una mayor preocupación y promueve el miedo al contagio, pero la falta de medios técnicos puede ser incluso más importante», señala Alba Pérez. Esta opinión es compartida por Mireia Cabero, profesora colaboradora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC, que afirma que «el sufrimiento psicológico y emocional se produce cuando los recursos personales no están siendo suficientes para hacer frente a la situación. Esta pandemia supone una adversidad social y sanitaria, para la que los profesionales no solo no tienen recursos técnicos, médicos y farmacológicos, sino que también carecen de recursos emocionales para afrontarla».

Ayuda e intervención psicológica: cuanto antes, mejor

Ambas expertas coinciden en destacar la necesidad de que el personal asistencial reciba ayuda psicológica en el momento actual, mientras están haciendo frente a la gestión de la pandemia, ofreciéndoles estrategias adaptadas a esta situación.

«La falta de recursos psicológicos genera dificultad de afrontamiento, sufrimiento, estrés y emociones como la impotencia, la desesperanza, la ansiedad y la angustia, que impactan en el cuerpo y en la mente y que pueden convertirse en trastornos traumáticos. Contar con el acompañamiento de un equipo especializado facilitará que los recursos que los profesionales integran para afrontar la situación sean más adaptativos y positivos», explica Mireia Cabero. Además, Cabero describe qué tipo de perfiles personales pueden ser más vulnerables a los efectos negativos de esta situación: «las personas menos resilientes, aquellas con menor autonomía emocional o menor madurez, así como los profesionales con menor recorrido profesional o que estén atravesando un momento vital delicado».

Para Alba Pérez, la atención psicológica de los afectados consiste en el apoyo o la intervención que se está dando a estos profesionales. «Se hace desde un prisma preventivo. De lo que se trata es de aumentar sus factores de protección y hacerlos más resistentes ante el estrés y las dificultades que están afrontando, ofreciéndoles más recursos para combatir la incertidumbre, el agotamiento físico y mental y la sensación de pérdida de control. Para ello, se trabaja con pautas de autocuidado e higiene mental, gestión de la implicación emocional y empatía hacia los casos que deben afrontar», explica.

Para Mireia Cabero, si no se gestionan estos aspectos cuando el personal asistencial está completamente inmerso en el abordaje de la situación, lo más probable es que a largo plazo aumenten los casos de estrés postraumático, de depresiones reactivas o de síndrome de desgaste profesional (burn-out). «No se trata de reacciones psicológicas graves, pero sí de reacciones que incomodan y preocupan mucho a las personas que las viven; es por ello que toda asistencia que pueda realizarse ahora va a prevenir que aparezcan o, al menos, va a minimizar su intensidad», afirma.

Aplicaciones: una opción de soporte y «monitorización anímica»

Cabero explica que los tratamientos que se lleven a cabo con estos profesionales deben ser personalizados y diseñados a la medida del momento vital que están atravesando. «Tras el primer “diagnóstico”, se empieza a trabajar en los recursos (mentales, emocionales, físicos, de actitud y espirituales) que los trabajadores de la salud deben integrar, con la finalidad de acompañarlos en su aprendizaje y ayudarles a transferirlos con rapidez en su día a día, de forma que puedan gestionar mejor su dolor y responder adaptativa y positivamente a las circunstancias», afirma.

Asimismo, y como soporte, están desarrollándose aplicaciones específicas para monitorizar el estado emocional de los ciudadanos en general y de los profesionales de la salud en particular en relación con la COVID-19. Manuel Armayones, investigador y director de desarrollo del eHealth Center de la UOC, explica que estas herramientas son útiles en un doble sentido: «primero, para ayudar individualmente a las personas (como puerta de entrada para conocer su estado emocional) y también, desde el punto de vista de la salud pública, para monitorizar y conocer el efecto que una situación como esta puede tener sobre la salud mental de la población y, también, para constatar el impacto de las distintas campañas puestas en marcha desde la Administración. Ello, a su vez, permite realizar un trabajo a posteriori para así diseñar intervenciones comunitarias de cara a posibles oleadas o situaciones similares que puedan producirse en el futuro», señala. (UNIVERSITAT OBERTA DE CATALUNYA)