EL MESÓN DE SAN ANTONIO

 

 

Cosas de cuarentena 

Despertar, ver el sol entrar por la ventana, escuchar a los pájaros que hace tiempo no revoloteaban tanto, sentir la brisa de primavera colarse por los resquicios de la habitación… afuera hace un día maravilloso pero hoy, como ayer, como mañana, como todo el mes de abril, no lo podremos disfrutar.

Levantarse de la cama es importante, aunque sea sólo para visitar la sala o el comedor, porque de lo contrario, uno tiende a cansarse más y deprimirse con facilidad. Darse un baño y ponerse ropa como si fuera a salir de casa también ayuda a mitigar la ansiedad que genera el encierro, por lo menos, eso es lo que nos recomiendan los expertos en salud mental, que últimamente tienen mayor protagonismo que en todo el siglo XX.

“Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas”, dijo alguna vez el poeta chileno Pablo Neruda, y ahora lo entiendo.

Estas semanas he aprendido a conocerme mejor, me he reencontrado, he revalorado lo que me gusta, lo que me interesa, lo que consumo, lo que extraño; últimamente he lidiado conmigo y con mis estados de ánimo, con mis histerias y mis manías, con mis altibajos emocionales que, ingenuamente, pensé haber dejado en la juventud. Y he de confesarle, estimado lector, que no resultó tan mal como esperaba: sí puedo convivir conmigo y, la mayoría de las veces, me caigo bien.

Mis horarios han cambiado, parece ser que me gusta levantarme tarde para poder disfrutar la noche y, lo que es mejor, descubrí que los viajes realizados, los libros leídos, los museos visitados, fueron una gran inversión: ha sido un deleite recordarlos y volverlos a vivir.

Mentiría si le dijera que el encierro no ha causado estragos. A veces no me quito la pijama en todo el día, y duermo sin sueño y despierto sin ganas de leer ni de ver películas ni de hablar ni de pensar. Hastío.

Veo con culpa y asombro las fabulosas maneras de pasar la cuarentena de mis contactos en redes sociales: están aprendiendo un nuevo idioma, se han leído ya varios libros, hacen tutoriales de cocina, han limpiado y reorganizado su hogar, son felices con juegos de mesa y copas de vino, y uno aquí, tan simple, tan ordinario, recordando la frase “sólo las personas aburridas se aburren”.

¿Estoy mal? ¿Soy tan poco interesante? No, no lo soy.

Es absurdo compararnos con los demás, y más aún, resulta dañino aspirar a la felicidad que muestran nuestros amigos en sus fotos porque tendemos a idealizar y exacerbar la felicidad ajena: nunca seremos más felices que el otro porque lo comparamos con lo utópico. Esa felicidad que pensamos que viven, no existe.

Así que, si la depresión lo acecha, estimado lector, por no estar a la altura de las expectativas que nos ha planteado la cuarentena, no se sienta mal: lo mejor que podemos hacer es abrazarnos a nosotros mismos, cuidarnos y tratar de mantener la estabilidad emocional.

Yo, por ejemplo, hace mucho que no reflexionaba con el sujeto que veo en el espejo, años habían pasado desde la última vez que hablé con él, que le pregunté qué planes tenía para pasar la tarde, que nos tomamos una cerveza con la mutua compañía, que escuché la música que él había elegido. Hablamos del ayer, de las malas decisiones, de anécdotas divertidas; rememoramos el pasado pero, sobre todo, nos enfocamos en el mañana.

“¿Qué harás cuando todo esto termine?”, le pregunté.

“Vendré a visitarte más seguido”, me respondió.