“EL HOYO”: LA VORACIDAD, LA ESTRATIFACIÓN SOCIAL Y EL ESPERPENTO NUESTRO DE CADA DÍA

Cine en tiempos de pandemia

Ahora que es menester estar retirado en el hogar, evitando el contagio del coronavirus, en un panorama de cines cerrados y ciudades casi desiertas, la plataforma Netflix se ha convertido en un excelente reservorio de películas, algunas de las cuales -como ésta, que se acaba de estrenar- están entre esas apuestas indispensables.

 

Esta película española de ciencia ficción y thriller fantástico fue estrenada en el Festival Internacional de Cine de Toronto, en septiembre de 2019. Dirigida por Galder Gaztelu-Urrutia, está protagonizada por Iván Massagué, Antonia San Juan, Zorion Eguileor, Emilio Buale y Alexandra Masangkay.​

Lo primero que llama la atención es que se trata de cine fantástico, por lo que se rige por las leyes de ese género, donde predomina la subjetividad de las acciones humanas, esta vez en un escenario absolutamente delirante, alejado por completo de la denominada cotidianeidad, lo que permite que el realizador juegue hasta los límites de lo tolerable con ideas acerca de la voracidad humana, la perversión de las conductas y el encierro.

Como buen relato fantástico, acá lo que sucede en el guion es una extrapolación de lo que ocurre en el mundo actual, con su curva creciente de desigualdad social y menosprecio por el ser humano, en sociedades donde los modelos económicos y políticos han mermado la capacidad para reaccionar de manera acorde y oportuna.

Ya hubo un magnífico ejemplo de esto en “1984”, en lo literario y en la adaptación cinematográfica que ponía el dedo en el tema básico de la novela, la sociedad fascista histórica, pero lo elevaba ad infinitum gracias al mundo futurista allí planteado.

En la actualidad el cine del premiado Bong Joon-ho ha dado pruebas acerca de cómo a través de historias fantásticas se pueden denunciar las miserias de un marxismo en crisis, como fue “Snowpiercer” (2014) o su oscarizada “Parásitos” (2019). En ambas, el realizador surcoreano expone las miserias de la lucha de clases de una forma unidireccional, reduciendo su discurso a lo más básico y efectista: todos los ricos son muy malos y los pobres siempre víctimas. Dato peligroso si se desea conformar un cuerpo de reflexión serio acerca del devenir social.

Así, esta modesta película española, ‘El hoyo’, fue saludada con beneplácito en Toronto y obtuvo críticas internacionales muy positivas, logrando el premio del público de la sección Midnight Madness. Luego, en el Festival de Sitges 2019, obtuvo, entre otros premios, el de mejor película, coincidiendo con el mismo galardón de la crítica.

Partamos dilucidando de qué trata “El hoyo”.

Acá se parte de la base que la sociedad (que nunca vemos, porque el filme transcurre en un único escenario) ha colapsado y está en lo que se reconoce como futuro distópico. El escenario es una prisión de cientos de pisos enclavados en la tierra, de diseño geométrico, con dos habitantes por piso, donde existe un gran hoyo por donde circula, de arriba hacia abajo, una mesa que en el piso uno está llena de exquisita comida y que llega vacía a los pisos inferiores.

Los internos, algunos de los cuales han entrado allí por voluntad propia a cambio del logro de un determinado objetivo, esperan que un festín de comida diario descienda por un agujero central hasta su nivel. Pero como los van cambiando de pisos, algunas veces comen y otras veces no, lo que evidentemente provocará una reacción de hastío, miedo y rebelión que va agudizándose.

Muchos han apuntado al parecido que este filme hispano tiene con la también española “Cube” (1997), del director Vincenzo Natalí. Tiene parecidos formales, desde el escenario único, lo distópico de su contexto y lo desconocido de la construcción y objetivo del cubo en que se encuentran encerradas varias personas. La gran diferencia es que en el caso de “Cube” solo se trataba de descubrir qué era el cubo y apostar a quién y cómo saldría de allí, mientras que “El hoyo” tiene evidentes referencias al tema social, a la lucha de clases, a la desigualdad existente y a la voracidad que caracteriza las conductas de los seres humanos sometidos a extremos como éste.

Pese a críticas que se han centrado en lo evidente de su discurso político social, algo incluso demasiado elemental, los halagos van para la forma mordaz que el filme desarrolla. Porque sí, “El hoyo” es una película tremendamente mordaz, pero al mismo tiempo muy consciente de que su planteamiento sencillo provoca una reflexión consciente, y nunca da más cuerda “política” de la que el propio espectador puede ir adivinando por sí mismo, reconociendo lo que está pasando por haberlo vivido.

Se ha dicho que es cine de la crisis, es cine muy español, porque se refiere a temas muy españoles y actuales. Puede ser. Pero lo que la película muestra hace que el abanico se extienda y llegue a otras latitudes con la misma ferocidad. Ese es el motivo por el que cada espectador juega a imaginar qué haría en el piso que le hubiese correspondido en esa prisión, sabiendo de antemano lo que harán los del piso de más arriba.

Fascinante, extraña, bizarra acaso. “El hoyo” es una excelente propuesta para degustar de un cine diferente en estos tiempos en que vivimos casi aislados y encerrados por un virus que avanza, abarca y devora.