“PARÁSITOS” Y EL CONSTANTE BAJAR DESDE EL CIELO (AL INFIERNO)

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 Bendecida con cuatro premios Óscar, incluyendo la de Mejor Película, este filme requiere de una segunda lectura para aquilatar que no se trata de un mero entusiasmo de la crítica (y de los espectadores), sino de una obra compleja, inquietante y molesta que mantiene una constante clave: desde el inicio hasta el final, la cámara siempre desciende, siempre está bajando desde el cielo hasta el infierno donde se cruzan dos familias que son paradigmas de un estado social brutal, opresar y cancerígeno. Acá nuestro segundo comentario para esta obra maestra de Bong Joon-ho.

 

En palabras simples: “Parásitos” cuenta la historia de una familia de estafadores, los Kim, que se cruzan con otra familia, los Park, que vienen a ser su opuesto, porque estos últimos disfrutan del bienestar material que los primeros nunca han conocido y al que aspiran de manera enfermiza.

Aunque el director trate de disimularlo, el corazón de esta película es una brutal crítica a la división de clases, característica de cualquier país del planeta, pero en especial en aquellas naciones donde el capitalismo extremo segrega de una manera grosera y miserable. Uno de esos lugares es Corea del Sur, en donde habitan los protagonistas de esta muy amarga y fascinante puesta en imágenes de un sueño hecho trizas.

Hay un símbolo temprano en el filme: la familia Kim, que habita en un mugroso subterráneo, debe soportar no solo que todos orinen en las ventanas de su casa encierro, sino que también han de tolerar una fumigación que los deja asfixiados en ese minúsculo espacio en donde ellos mismos parecen una plaga, semejan insectos, tratando de alcanzar señales gratuitas de Wi Fi para poder acceder al mundo “de arriba”, donde todos parecen diferentes a ellos.

Con sutileza, el director Bong Joon-ho hace que su película se inicie con una cámara que baja desde lo alto (el cielo) hasta mostrarnos lo bajo (el infierno), movimiento que se mantiene y exacerba en el tramo final. Siempre se da esa constante, con una cámara que baja y se aproxima al suelo, que va más abajo, se cuela por subterráneos, pasadizos y laberintos, en donde algo habrá de suceder.

El título de la película ya es ambiguo. Sabemos que existen parásitos en nuestra sociedad, pero la pregunta apunta a determinar quiénes son. ¿Los Kim? ¿Los Park?

Porque los Kim se introducen con engaño en el hogar de los Park, se aprovechan de sus bienes materiales, profitan de su estatus y privilegios, partiendo por la comodidad de una casa que semeja un laberinto de mármol, ventanales y escaleras, alguna vez diseñada por un famoso arquitecto que incluye jardines interiores. Ellos son parasitarios, beben de la sangre de los ricos.

Pero los Park se aprovechan de la situación de poder que tienen sobre los Kim, les exigen pequeños favores, en especial cuando se desarrolla el cumpleaños del hijo menor de la adinerada familia, que semejan pequeñas grandes humillaciones cotidianas, incluyendo que no toleran el “olor a pobre” que los define, en especial al padre del clan Kim.

El director ha declarado en entrevista: “A primera vista, ‘Parásitos’ podría leerse como una sátira social en la que una familia pobre se aprovecha de un clan adinerado, pero esa lectura es peligrosa. En realidad, los pobres de mi película son personas con talento y dignidad. Es la falta de empleo la que les empuja a aprovecharse de los ricos. Además, la familia burguesa también puede verse como un grupo de parásitos: son incapaces de realizar las tareas más elementales y requieren de sus sirvientes para hacer cualquier cosa”.

Partiendo de esa base, el filme constituye una delicia visual, sonora y temática como pocas veces hemos visto en este tiempo, donde predominan las películas de serie, plagada de efectos digitales y donde todo es predecible.

“Parásitos” es una experiencia demoledora, un thriller que no deja indiferente a nadie y que sorprende de principio a fin con insólitos giros argumentales que se concentran en un doble final, uno que podría ajustarse a “lo soñado” y otro al demoledor final “real” que corta el aliento.

El cineasta surcoreano realiza sus películas utilizando elementos propios de diferentes géneros: comedia en “Perro ladrador, poco mordedor”, thriller policíaco en “Memories of Murder” y “Mother”, cine de monstruos en “The Host”, o ciencia ficción distópica en “Rompenieves” y “Okja” (la primera película original de Netflix que concursó en Cannes), aunque cada una de ellas tienen un denominador común, humor negro y personajes patéticos.

El realizador sabe contar historias, entretiene con sus películas que son frenéticas, a pesar que revelan una cruda representación de la realidad y el choque social que, en el caso de “Parásitos” -lejos su obra maestra- resulta poéticamente cruel, a la vez que entretenida.

La Palma de Oro de Cannes y su histórica noche en la ceremonia del Óscar, vienen a ratificar la maestría alcanzada por Bong Joon-ho y dejan como resultado una película magnífica, un clásico instantáneo, uno de esos extraños casos en que todos coinciden en que ha nacido un filme que merece ser revisado con paciencia oriental y saludado como una descomunal caligrafía fílmica.