EL MESÓN DE SAN ANTONIO

El nuevo Tratado

Un cuarto de siglo. Tuvieron que pasar 25 años para que el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, mejor conocido como TLCAN, puesto en marcha el 1 de enero de 1994 y firmado por Carlos Salinas de Gortari, George Bush padre y Brian Mulroney, fuera revisado, modificado y aprobado por los actuales líderes de los tres países: Andrés Manuel López Obrador, Donald Trump y Justin Trudeau.

Los cambios empezaron desde el nombre: a Trump el TLCAN –o NAFTA por sus siglas en inglés- le parecía que tenía connotaciones muy negativas así que ahora lo llama USMCA –United States-Mexico-Canada Agreement-; en Canadá le dicen CUSMA o ACEUM en francés –Accord canada-Etats Unis-Mexique-, y nuestro presidente lanzó una encuesta en Twitter donde finalmente ganó el nombre de T-MEC, o sea, Tratado México, Estados Unidos y Canadá. Desde ahí la confusión.

En teoría el Tratado es simple: un acuerdo comercial que pretende beneficiar a los tres países. Punto. Pero ¡oh bendita política!, ¡lo hacen tan complicado!

Tan sólo para que el acuerdo actual fuese firmado tuvo que pasar más de un año de intensas negociaciones y constantes amenazas por parte del presidente gringo, (me recuerda al niño gordito de la cuadra que siempre amenazaba con llevarse su balón si algo no le gustaba). Pero como milagro navideño, Trump aprobó el T-MEC y se contentó con China (pero esa es otra historia).

Entre los principales cambios del Tratado destacan las normas laborales, ambientales, la exclusividad de medicamentos, acero y aluminio; y entre los temas destacados está el rechazo de México a inspecciones a fábricas. Y esto surge porque los sindicatos gringos acusaban al TLCAN de haberles robado empleos del sector manufacturero debido a que la mano de obra mexicana es más barata, así que pidieron garantías para que nuestro país cumpla las normas laborales. Las nuevas disposiciones obligarán a que México cumpla con reformas laborales que ya aprobó y admita la verificación de sus estándares laborales de bienes y servicios, so pena de sanciones.

Y entonces, la hecatombe. La verificación estaría a cargo de “expertos laborales independientes”, que no serían inspectores como dijeron los gringos, sino que proveerán asistencia técnica y estarán sujetos a todas las leyes mexicanas, o sea, que sí coordinarán la entrega de recursos de cooperación correspondientes al ámbito laboral, pero no interferirán con nada más. Y el hilo se volvió a tensar. Desde la embajada mexicana, el subsecretario para América del Norte, Jesús Seade, explicó que los únicos personajes que podrán llevar a cabo visitas a cualquiera de los tres países para atender el tema laboral son los panelistas independientes –no empleados de los gobiernos-, que serán seleccionados equitativamente por cada país, y que México pondrá su propia hotline o sistema de recepción de quejas, que los gringos querían manejar. Eso pasa por no leer las letras chiquitas del contrato.

El USMCA, CUSMA o T-MEC, como guste llamarle estimado lector, ya fue aprobado en la Cámara baja de Estados Unidos, y no sólo eso, sino que la iniciativa también provee más de 840 millones de dólares para instrumentar las diversas disposiciones del Tratado: desde asistencia para la implementación de la reforma laboral en México hasta plantas de tratamiento de agua en nuestra frontera con los gringos.

“El T-MEC es un acuerdo transformador que crea una nueva marca en el apogeo de los acuerdos comerciales de Estados Unidos en el futuro”, dijo Richard Neal, demócrata, uno de los dos miembros del Comité sobrevivientes del anterior Tratado, aquel firmado hace 25 años.

Gatopardismo. “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.

Lo que me parece más extraño de los acuerdos que tanto costaron, es que al parecer son de gran conveniencia para los tres países: los tres salen favorecidos, los tres ganaron, los tres impusieron sus condiciones, los tres velaron por los intereses de su pueblo.

Y resulta preocupante porque si los tres dicen que ganan, lo más probable es que haya dos mentirosos… o peor aún: si los tres efectivamente ganan, los pueblos salen perdiendo.