EL MESÓN DE SAN ANTONIO


Reprobados

A los ciudadanos de a pie nos agobian cada cierto tiempo con noticias que tienen que ver más con las políticas gubernamentales que con nuestras propias acciones.

La prueba PISA y los lugares en la OCDE nos llevan a padecer pecados, si no capitales, sí de los llamados veniales que, como dirían las gentes de antes, son una mancha a la pureza de todo individuo y sociedad.

Pero a ver, vamos por partes, ¿qué es la OCDE?, ¿para qué sirve?, ¿en qué nos beneficia o afecta?, ¿es confiable?, ¿es justo y equitativo, o sólo es un mecanismo más de presión para los países con deficiencias de libertad, igualdad, fraternidad? (200 años y aún no cambiamos en nada).

“La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) tiene como misión diseñar mejores políticas para una vida mejor. Su objetivo es promover políticas que favorezcan la prosperidad, la igualdad, las oportunidades y el bienestar para todas las personas”, se lee en su página. Con más de 60 años de trabajo y con 37 países miembros, la OCDE, en colaboración con gobiernos, trabaja para establecer estándares internaciones y proponer soluciones a retos sociales, económicos, de medio ambiente y educación.

Entre sus múltiples actividades, la OCDE realiza el “Programa para la Evaluación
Internacional de Alumnos” (PISA, por sus siglas en inglés), y cada tres años aplica una
prueba que tiene como objetivo saber qué tan “funcionales” son los estudiantes de 15 y
16 años de edad en diferentes áreas del conocimiento, haciendo énfasis en lectura,
matemáticas y ciencias, y cómo aplican lo aprendido en la vida diaria.

Sonamos, como diría Quino en voz de Mafalda.

Y es que, México no se destaca precisamente por su fomento a la lectura… ni a las
matemáticas… ni a las ciencias, por lo que cuando nos comparan con otros siempre
salimos medio raspados (por no decir que raspado y medio).

PISA se realiza en todos los países miembros y varios asociados; eligen una muestra
aleatoria en escuelas públicas y privadas y los alumnos son seleccionados en función de su
edad, no del grado escolar que cursan. En el 2018 la prueba se aplicó a 600 mil estudiantes de 79 países, con economías, ideologías y gobiernos totalmente distintos, y al igual que en el 2015, salimos reprobados.

Los países asiáticos se colocaron, como siempre, en los primeros lugares: Singapur, China y Macao tuvieron los puntajes más altos en las tres áreas, destacando que uno de cada seis alumnos logró obtener un nivel 6 en matemáticas, que es el más complejo de la
prueba. Y de este lado, todos los países latinoamericanos obtuvimos una puntuación
menor al promedio: Chile es el mejor en lectura –lugar 43 a nivel global-, y Uruguay en
matemáticas, lugar 58.

En México “los estudiantes tienen dificultades en aspectos básicos de la lectura, lo que es preocupante”, dijo la directora general de la OCDE, Gabriela Ramos, y de los 7,299
alumnos que presentaron, sólo el 1% tuvo un desempeño sobresaliente.

Pero lo más alarmante es que en nuestro país presentaron la prueba alumnos con 81
puntos de diferencia en cuanto a su nivel socioeconómico, lo que significa que la
educación privada no garantiza un mejor aprendizaje. Esto es totalmente contrario a lo
que sucede a nivel global, donde los resultados revelan que el nivel socioeconómico
tiende a ser un factor predictor en el desempeño.

A grandes rasgos, PISA pretende calificar bajo los mismos parámetros a alumnos que viven en situaciones completamente distintas: jóvenes que viven bajo presión en China y que terminan suicidándose por el estrés social (las cifras de suicido crecen cada año de forma espeluznante); chicos que trabajan desde los seis años en Zambia y que caminan grandes distancias con el estómago vacío; adolescentes que viven rodeados de violencia y
protestas en Colombia, Chile, México.

Nada justifica la falta de conocimiento, estimado lector, porque podemos aprender
observando las estrellas del firmamento, el movimiento del mar y la naturaleza misma,
pero es injusto medir a todos con la misma vara, sobre todo cuando se trata de evidenciar
el desarrollo de un país.

Si queremos obtener distintos resultados necesitamos cambiar la forma en la que
aprenden nuestros jóvenes: inspirar el amor por la lectura con el ejemplo, no por obligación de un maestro que nos impone el Mío Cid; fomentar las ganas de aprendizaje fuera del salón de clases, en nuestras bibliotecas, en los teatros y museos, asistiendo a eventos culturales; enseñar sobre la historia dentro de nuestro mismo contexto: la revolución, la política, el México moderno.

Creo que llegó la hora de desaprender las malas maneras de aprender.