CRÓNICAS TURÍSTICAS

Temozón y Ek Balam, Yucatán, a través de todos los sentidos

Cada tierra tiene su sello característico, el mismo que plasma a los visitantes en el corazón, aquel que ingresa por los sentidos: cuando conversamos con la gente, observamos sus colores, inhalamos sus aromas o paladeamos sabores originarios… Todo llega a nuestro espíritu con etiqueta de origen, el de su cultura, y la ciudad de Temozón, Yucatán, con su zona arqueológica de Ek Balam, no es la excepción.

Ubicada a 160 kilómetros de la Blanca Mérida, Temozón es una pequeña villa, un pueblito pintoresco, lleno de gente amable y aromas tan certeros y delicados, que se quedan permanentemente en nuestro cerebro.

La carretera se encuentra en muy buenas condiciones, sin baches ni bordes, aunque eso sí, con topes constantes, que anuncian la llegada a un nuevo poblado, pero que permiten un rato agradable detrás del volante.

Como siempre, la música es nuestra más fiel compañera. Partimos juntos, como siempre, con el mismo amor mutuo y las mismas ganas de explorar el mundo, de beberlo, olfatearlo y comerlo a bocados pequeños, para conocerlo a detalle, subiendo y bajando sus muros, sus pirámides, entrando y saliendo de sus restaurantes.

Hasta acá, venimos con la necesidad de incorporar un nuevo sabor a nuestra acuarela degustativa, la famosísima (entre quienes la conocen) carne ahumada, aunque primero marcamos en la ruta, la visita a la Zona Arqueológica de Ek Balam.

Para llegar a Ek Balam, hay que cruzar primero Temozón y recorrer 15 kilómetros sobre una carretera llena de vegetación, una travesía agradable y mi compañera de caminos (de todos los caminos en la vida) Karina, lo agradece cantando para aligerar la breve distancia.

La entrada de Ek Balam (que en maya significa Lucero-Jaguar) es una imagen imperdible, como un espacio de entrada al resto de las pirámides, una puerta maya abre los brazos a los visitantes que deseamos conocer un poco más de nuestra cultura ancestral.

El ascenso y descenso de los monumentos prehispánicos es espectacular. Las perspectivas visuales que se tienen por encima de las pirámides, en un ambiente cálido con ligeras ráfagas de viento templado que acarician nuestra piel, nos generan una ligera paz, que se ve interrumpida por la intensidad, cada vez mayor de los efectos solares. La hidratación es lo más importante y tan constante ha sido, que en menos de 30 minutos, acabamos con litro y medio de agua entre los dos.

El recorrido ha sido ilustrador y reconfortante, pero el clima nos exigen hidratar nuestra piel desde afuera, mojar enteros nuestros cuerpos y para ello, nada mejor que un chapuzón. El cenote Xcanche, que se encuentra a kilómetro y medio de nuestra ubicación es la solución, sin embargo, la vereda se percibe muy larga, con tierra suelta y a la intemperie, va ser difícil el recorrido.

Justo para nosotros, los que tratamos de evitar los rayos ultravioleta, se encuentran los prácticos bicitaxis, un recurso ecológico, que por una módica cantidad, nos traslada, cómodamente sentados hasta la entrada del cenote, sin realizar el menor esfuerzo, claro está, para concentrar nuestras energías en la nadadita. Estos transportes, operados por los lugareños, son parte de una cooperativa, que tiene a su cargo el mantenimiento del propio cenote.

Tan solo hay que descender unos metros para poder sentir en nuestros pies, la frescura del agua, que inicialmente se siente fría, por el cambio de temperatura tan radical, aunque no es tanto, en cuanto uno se sumerge completo, se olvida el tremor y viene de nuevo la paz, al flotar sobre esas aguas frescas.

Tanto esfuerzo invita a la relajación, aunque el estómago no piensa lo mismo y exige su dotación vespertina de alimentos. Ya es la hora de la comida y urge… verdaderamente urge matar el hambre.

Para eso venimos, para comer un platillo atípico para nosotros –aunque el típico de la región-, que nuca hemos probado y tantas recomendaciones hemos recibido: la carne ahumada. Volvimos presurosos a Temozón. Sobre la carretera hay muchos pequeños restaurantes, así que sin dudarlo, nos detuvimos en el que vimos estacionamiento y fue una afortunada decisión.

Se trata del restaurante Ahumados, que al ingresar, solo había dos mesas ocupadas, pero mientras pedimos una cerveza y un plato para dos personas de carne ahumada, que resultara una muestra de la variedad los productos que venden, comenzó a llegar más y más gente.

La comida llegó rápido a nuestra mesa, y que bueno, porque el aroma de la carne en la parrilla, recibiendo una nueva cocción, había reactivado a mis papilas gustativas, que salivaban por la gustosa experiencia aromática. La carne, en apariencia, era muy similar a cualquier chuleta que hubiese probado con anterioridad, sin embargo, al tomar una tortilla y llenarla de esa proteína entre café y rosada, ponerle un poco de aguacate, limón y una salsita de chile habanero, resultó una experiencia divina, inesperada. El sabor me llevó literalmente del inframundo del cenote a lado de los dioses, si es que estos se encuentran en el cielo.

La carne era magra, sin rasgo alguno de músculo o grasa, suave y tierna, con un sabor delicioso e intenso, muy diferente a cualquier corte que hubiéramos probado con anterioridad, se deshacía en la boca. Cual adicción, invitaba a comer más y más. Terminamos el plato compartido y no quedó espacio para el postre, así que partimos, como solía decir mi abuela, “con la barriga llena y el corazón contento.

Recuerde que viajar es un deleite y más cuando se hace en compañía. Lo espero en la próxima Crónica Turística y le dejo mi correo electrónico para cualquier comentario o sugerencia trejohector@gmail.com