EL MESÓN DE SAN ANTONIO

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La (temida) hoja en blanco

Con  sólo  verle la blandura, su dimensión, su total ausencia de color.

Debajo hay un cadáver, tan pasional que fue en vida, verlo impoluto le provoca a uno escozor en la columna recorriendo de arriba a abajo.

Dicen que en vida era la mejor expresión de los efluvios de amor. En él se llevaban las uniones y las rupturas de deseos eternos, de promesas sin cumplir, de pasiones y memorias que perduran a la distancia.

Admirados, otros ven sólo papeles viejos con una señal de color amarrillo como mancha que percude las más sanas costumbres cotidianas. Pero olvidemos eso. Dejemos que el cadáver se extienda, por decirlo de una manera poética, que la rigidez tome forma.

Cuando andaba en grupo, ese papel se sentía fuerte, acompañado desafiaba por su inconmensurable bravura y silencio. Todos juntos se sentían captores de grandes sueños.

Algunos tuvieron la dicha de serlo, lo puedo decir, pues los nietos llegan y plasman su realidad apenas  con dos o tres trazos que alegran las caras de los abuelos como si en ellos presagiaran un futuro promisorio.

Algunos papeles tomaron escritura y palabras severas  llenas de testimonios.

Algunas hojas se fueron como copia de asuntos sin importancia y otras más fueron altamente valoradas por su desempeño administrativo, guardadas con recelo por su valor confidencial. Sin embargo, pronto descendieron de ese pedestal por su temporalidad: cuando caducó su importancia y las quitaron del escritorio y las guardaron en cajas y las sellaron hasta que llegó la hora de prescindir de ellas. Desecharlas.

Una mañana oía que el papel levitaba, era ágil como una grulla que tienta el amanecer con sus delicados dedos; grulla que cuida los vientos y planea con sus alas orientada a las corrientes, disfruta la brisa y da unos gañidos de notas altas como levantado el espíritu de la farándula.

En esas circunstancias, el papel es vivo, mañanero, con un deseo de encontrar a las mejores letras, colocarlas en su lomo y llevarlas a pasear por el infinito cielo de la imaginación. Pero cae la tarde y se respira un andamiaje lleno del sudor de la faena, de sentirse ingrato con la vida.

Continua es la sensación de olvido por la noche. Han escaseado mucho los búhos blancos en el camino, de quien anda bajo las estrellas y se le acerca el miedo rosándole el oído, de quien camina y se espanta con sombras que no existen y se hace un silencio.

La blancura se vuelve peligrosa cuando uno está parado frente a ella, y hasta se alcanzan a escuchar sus reclamos, sus preguntas como clavos, sus cuestionamientos. Pero al cabo de un rato su asperece cede, y se quiere acurrucar con uno pues siente frío, y se hace ovillo como cuando en el vientre jugamos al olvido de los sueños interminables maravillados en ese despertar al mundo. Duele su ternura, duele sentirse inerme frente a ese papel, a esa hoja, a esa pureza que está a punto de ser atravesada por todo lo que somos desde el interior, desde lo más profundo de nuestros recuerdos y temores y amores y fantasmas que creíamos vencidos.