CRÓNICAS TURÍSTICAS

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 “Reloj Monumental de Pachuca” y su inesperado viento aromático y frío

La carretera no siempre es monótona, los diversos tintes al lado del camino le imprimen las características peculiares a cada ruta y la que se sigue para llegar de la Ciudad de México a Pachuca está teñida de verde, al menos en esta época del año, pues recién termina la temporada de lluvia.

La temperatura también es muy característica. Como si abriéramos la puerta del refrigerador, el frío circula rápido al interior del auto, al abrir un poco la ventanilla del conductor, señal inequívoca de que estamos cerca de la capital hidalguense, aunque los letreros de la carretera indiquen que recién pasamos el municipio de Tecámac, todavía en el Estado de México.

En realidad, se recorren aproximadamente 100 kilómetros, que de acuerdo con el tránsito vehicular y la prisa que tengamos para llegar, el trayecto puede tardar entre hora y media y dos.

El camino fue benévolo, el clima nos obligó a detenernos en una tienda para comprar café caliente, humeante, vaporizante, con ese aroma tan delicioso que serena a cualquiera y permite que fluya la conversación, detenida por las constantes quejas corporales por la baja temperatura.

La Secretaría de la Tesorería Municipal frente al monumento coronado por un enorme reloj, mejor conocido como “Reloj Monumental de Pachuca”, nos indican que llegamos a nuestro destino. Conseguir estacionamiento es un poco complicado, sin embargo llegamos armados de paciencia, cortesía de un suculento café caliente.

Luego de parquear el auto caminamos rumbo al reloj, como prácticamente todos lo hacen, cual imán atrayendo a los pequeños metales. Parados en la plaza, tomamos algunas fotos y luego… ¿A qué veníamos?

Nos sentamos a contemplar el cambiante clima, que comenzó nublado, luego sale un poco el sol, de nuevo se nubla… lo único constante es el viento, cuyas ráfagas frías calan hasta los huesos y provocan una enorme satisfacción, luego de varios meses de calor, ya era justo un poco de frío.

El aroma de un horno cercano, nos permite recordar el motivo esencial de este viaje: Comprar unos pastes.

Un paste es una especie de empanada, cuyo relleno tradicional es de carne molida y papa. Se dice que el origen de los pastes se remonta a la llegada de los ingleses, quienes introdujeron este bocadillo a la tradición de la región hidalguense. El paste se ha convertido en algo indispensable de probar –junto con la barbacoa- cuando se visita el estado de Hidalgo.

Nos dejamos llevar por el aroma a carne molida y otros tantos alimentos que se mezclan en el ambiente y llegamos a “La Blanca”, en la calle Mariano Matamoros, justo frente a la plaza. El restaurante no solo ofrece paste, también encontramos algo llamado “Almuerzo La esposa del Minero”, que es una delicioso Omelette de claras relleno de vegetales y bañado con una salsita de jitomate y nopalitos.

Una cerveza, aun en estas condiciones frías, ayuda a complementar el sabor de la comida.

Decidimos llevar unos cuantos pastes para el camino de regreso a casa, pues no estamos tan lejos como para pernoctar en Pachuca, sin embargo, habrá que caminar un poco antes de volver y el lugar es digno de recorrerse una y otra vez.

Andando por la misma calle pasamos por otro restaurante y echamos un vistazo. Lo primero que veo es una concha rellena de nata, una de las delicias que me recuerdan a las abuelas paterna y materna. El antojo es grande, pero mi estómago no tiene más espacio, así que decidimos volver después para tomar una café con esa suculenta concha y su sabrosísima nata de leche.

Es hora de partir, antes de que la lluvia nos obligue a quedarnos o las condiciones de la carretera se pongan difíciles. El estado de Hidalgo tiene otros tantos climas y regiones que visitar, pero en otra ocasión será.

Recuerde, viajar es un deleite y más cuando se hace en compañía. Lo espero en la próxima Crónica Turística y le dejo mi correo electrónico para cualquier comentario o sugerencia [email protected]