EL MESÓN DE SAN ANTONIO

El sueño circular

Me gusta soñar como si inventara un mundo, un mundo donde mezclo tiempos pasados, anuncios del futuro, y liberaciones del presente. Es un refugio apacible en donde las disputas son quimeras y las batallas, por más sangrientas, no tiñen sábanas  ni mojan de rojo las almohadas.

Veníamos del Día de Muertos, con una cara de conmemoración digna y de reservas hermosísimas. Las brusquedades de la aglomeración en el panteón casi nos arruinan el momento. Empujaban y nos maltrataban las flores que llevábamos, el duelo se acrecentó.

Hacia a la seis de la tarde comenzó el aviso de que cerrarían en pocos minutos, recogimos, buscamos un bote de basura y tiramos los platos desechables y los restos de pollo y pizza que llevamos para no batallar. Un menú ordinario que le resta seriedad al cementerio.

A mí me nació una risotada de la nada. Los que me maltrataron las flores al entrar, me acribillaban con los ojos, seguramente  un pleito de rivales ciegos y sordos con fiebres melancólicas que los hacían torpes y apacentados en sus pasos de muertos ausentes, pero con sueños de poderíos extraños y circulares. Todos  con relojes de pilas a media carga que durarían hasta el siguiente día.

Hacia las 6:13 estábamos todos afuera del panteón. ¿A dónde vamos? Para ese momento éramos diez los que componíamos el grupo. Mi hermano y yo corrimos a un Oxxo para comprar las últimas cervezas y mi hermana propuso nos fuéramos a su casa.

Todavía íbamos con el mensaje extraído de la tumba y el recuerdo en los ojos cuando descubrimos yerbajos erizados en las valencianas del pantalón.

Ya en la casa de la hermana disfrutamos las cervezas frías, que apaciguaron una sed rasposa y con sabor amargo como quijadas trabadas. Salimos de esa casa como a las 8:30 con una pesantez tan fatal que me hizo perder la pelea del Canelo. Llegué cansado, me senté en el sillón de la sala  y no desperté hasta la madrugada, con un frío en los brazos  y un sabor de boca ferroso, como cisuras demolidas por el céfiro.

Me puse ronco todo el domingo. Casi afónico. ¡Y ya ven! La semana comenzó tibia con pensamientos que juegan un porvenir equilibrado.

Afiancé los ojos en el horizonte con una expresión de espera y cuando me acerqué al escritorio de la oficina tiré la vasija que contiene los cacahuates japoneses. Me sorprendí, eso no lo esperaba. Pasé la mano por mi frente, quise recoger algunos en vilo pero sólo conseguí derramar la taza de café y el chorro de agua infiltró las hojas que estaban en la plataforma del escritorio  chorreando, como un llanto sin sollozos.

Me pregunté, ¿acaso  me calé de los espíritus de los muertos?

Así era mi padre, lamentaba con gran dramatismo esos eventos con muecas y suspiros que hacían sentir sus emociones colmadas. “Ya papá, no te mortifiques, así pasa cuando pasa”. Pero él seguía  con los ojos abiertos, tan suspendidos y desesperados  que nos aturdía el momento.

Corríamos de todo olvido y cada uno partió lo más pronto del espacio en donde las larvas de conflicto bullían como piedras de volcán arrojadas a cientos de kilómetros.

En la  controversia, nada es personal, menos cuando suceden en cosas que no son nuestras.

Serenémonos y dejemos que el río corra con su agua perturbada, recitemos el código mayor y volvamos a soñar ahora, perspicaces, con un mundo del presente.

 

 

 

Autor

Alfonso Vazquez Sotelo