Don José y Beto, 40 años de cantar y hacer reír a Saltillo

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El ventrílocuo de 76 años destina el 90 por ciento de sus ganancias en becas para estudios o medicamentos para niños de escasos recursos

Hace 40 años don José Alfaro compró un muñeco de ventrílocuo en 200 pesos, pero un año después se lo robaron y tuvo que aprender a fabricarlos el mismo, así fueron llegando a Saltillo Poncho, Mario, Memín y por último Beto, que desde hace 20 años lo acompaña en el cruce del bulevar V. Carranza e Hinojosa.

Durante cuatro décadas, el “Señor del muñeco” ha alegrado a niños y adultos que bajan el vidrio de su automóvil para darle una moneda a don José, y son sorprendidos por Beto, quien les canta o les cuenta un chiste para hacerlos reír.

A sus 76 años, todos los días, don José y Beto salen de su casa en la colonia Roma y van hasta la contra esquina de la Clínica 2 del IMSS; allí, en un banco, esperan ansiosos el momento en el que el semáforo del sentido sur-norte del V. Carranza se ponga en rojo, entonces es momento de su actuación. El hombre avanza vehículo por vehículo, pero no pide ni una moneda, es hasta que alguien le llama que Beto comienza a hablar o a cantar una de las melodías compuestas por don José. Luego de la rápida actuación, unas monedas son dejadas en un vaso que el hombre tiene en su mano.

Cuando el semáforo cambia a verde, los dos corren a su esquina a tomar un descanso, fumar un cigarrillo o echarse un trago de agua.

Pero aún hay una cosa que hace más interesante el trabajo que diariamente hacen Don José y Beto de 9:00 de la mañana a 5:00 de la tarde, y es que, cada mes, don José junta todas las monedas que le han dado y hace varias bolsitas de 500 pesos; esos ‘morralitos’ los entrega personalmente a niños y jóvenes en situación vulnerable, para que puedan seguir estudiando o se compren algún medicamento, si es que pasan por alguna enfermedad.

Lo increíble es que, en estas becas -cómo don José las llama- se va el 90 por ciento de sus ganancias, y él solamente sobrevive con una mínima parte.

“Aquí no hay coyotaje… personalmente van a mi casa o yo voy a la de ellos y les entrego su beca” dice don José.

Fue su madre la culpable de que don José Alfaro se volviera altruista, ella le heredó ese don, pues dice que -a pesar de no ser una familia de dinero- cada fin de semana sacaba una canasta con tacos y los repartía entre la gente pobre.

Conforme crecía, las labores altruistas del ahora ventrílocuo eran cada vez más aventuradas, en una ocasión un amigo suyo lo invitó a jugar a su casa, y cuando la madre de éste les llamó a comer se llevó una gran sorpresa.

“Vi la pobreza y dije ‘aquí falta algo’, pues qué crees, que al otro día me brinqué a un corral y me robé una gallina y se la llevé a la señora, y le dije, ‘mire, la prepara porque voy a venir a comer’. La señora estaba muy agradecida”, relata el hombre mientras sus ojos se llenan de lágrimas.

A los 16 años, con un costal, el joven José Alfaro iba cada fin de semana a un mercado y lo llenaba de tomate, cebolla y otros vegetales, para luego ir a su vecindad y repartirlo entre los que más lo necesitaba.

Cuando José se casó, antes de tener a sus 5 hijos, se llevó a vivir a su casa a 4 niños que sufrían violencia en sus hogares. Habló con los padres de ellos y les pidió permiso para darles educación y cuidar de ellos.

Don José tiene alma de artista, por sus venas corre el talento saltillense, pues ha compuesto poemas y decenas de canciones, que Beto, su muñeco, interpreta para los automovilistas que tienen la fortuna de que el semáforo les toque en rojo en el crucero dónde ellos se ubican cada día.

El paso artístico de José Alfaro inició a los 16 años en las ‘carpitas’ que se ponían en Saltillo; allí acudía a cantar, algo que siempre le ha apasionado, aunque decidió dejar ese camino porque ‘esto tira mucho al vicio’.

Luego, hace unos 50 años, le entró de payaso, se consiguió un equipo de sonido y acudía a las fiestas infantiles a contar chistes y bailar rock and roll.

Pero en una de las ferias a las que José iba a trabajar conoció la profesión en la que terminaría, y sin maestro alguno, sino simplemente viendo, aprendió el arte de la ventriloquía. Por eso, cuando le vendieron a Chema, su primer muñeco, no batalló nada para hacer su primera presentación.

Hace 13 años don José sufrió un infarto. Como pudo, llegó hasta la Cruz Roja y luego lo trasladaron al Hospital General; allí duró varios días en terapia intensiva.

“Ya me estaba muriendo, y le pedí a Dios un poquito más de tiempo para juntar sus becas, porque de esa salita no iba a salir vivo, y pues yo creía que me iba a dar 2 o 3 meses más, y ya son 13 años”, dice.

Don José no va al médico, a menos que se sienta muy mal, dice que desde su infarto se mantiene con una aspirina y descansos de 10 o 15 minutos cuando se siente mal.

Para el ventrílocuo de Saltillo no hay mayor pago que una sonrisa o el recuerdo que ha dejado grabado en la mente de muchos saltillenses, pues ha habido ocasiones en las que adultos le han pedido que les cante, y al terminar le dicen que lo escucharon hace algunas décadas cuando eran niños.

Dice don José que ha habido días en los que amanece mal física o emocionalmente, pero cuando llega al crucero en el que trabaja, todo lo malo se le olvida y se dedica solamente a provocar sonrisas.

“Cuando empecé en esto me dijeron que tenía que fingir la sonrisa todos los días, pero a mí me sale natural, a mí me gusta sonreír pase lo que pase”, señala. (JOSÉ TORRES)

 

 

 

Acerca del autor
Reportero Multimedia. Periodista de barrio y contador de historias apasionantes. Premio Nacional de Comunicación «José Pagés Llergo» 2017. Premio Estatal de Periodismo 2015, 2016, 2017 y 2018
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Reportero Multimedia. Periodista de barrio y contador de historias apasionantes. Premio Nacional de Comunicación «José Pagés Llergo» 2017. Premio Estatal de Periodismo 2015, 2016, 2017 y 2018