EL MESÓN DE SAN ANTONIO

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Bello y enigmático Octubre

Por sus lunas, por el color de hojas secas que dibujan el ambiente y crujen bajo nuestros pies, por las cálidas frazadas que mitigan los frescos días de otoño, por el aroma a mermelada que envuelve nuestros hogares, por la nostalgia que vaticina el recuerdo de nuestros seres queridos… por esto y más, Octubre es uno de mis meses favoritos del año.

Todo empieza con la cosecha de las frutas, verduras y flores más exóticas de nuestra gastronomía. El amarillo-naranja de la flor de cempasúchil llega a nuestra mesa en forma de crema, taquitos y tecito caliente. La calabaza hace su aparición en sopas y panes esponjosos. Llegan a las calles los elotes, las cañas, las dulcísimas mandarinas, los cacahuates, las tan esperadas limas, los garbanzos, el camote, ingredientes con los que las cocineras del hogar hacen magia y transforman platillos ordinarios en verdaderas obras de arte.

Es en este mes cuando empiezan los primeros fríos, que nos saben deliciosos después de que el verano se lució con sus más de 35 grados. Un suéter ligero es suficiente para el descenso de la temperatura, y muchas veces, el abrazo de la persona correcta nos quita el frío.

Y luego llega uno de los momentos que más disfruto, que me transporta de inmediato a la casa de mi abuela, al regazo de mi madre, a los tiempos de mis tías haciendo alboroto todas juntas en la cocina: la elaboración de conservas. Los hogares empiezan a calentarse con los aromas de las manzanas verdes y rojas, de los higos y los membrillos que ya se preparan para convertirse en mermeladas y cajetas, manjares propios del otoño.

Los árboles están tan llenos que uno empieza por regalar los frutos a la familia y los vecinos, pero es tanto lo que se mece en las ramas que caen al piso y, aunque ya no son tan agradables a la vista, siguen siendo deliciosos.

Un día de conservas empieza recolectando los membrillos –pondré esta fruta como ejemplo por ser el caso de quien escribe-. Duros como ellos solos, los membrillos se lavan, se pelan, se parten, se les quita el corazón donde están las pequeñas semillas y empiezan su lenta cocción. El aroma comienza a envolver el ambiente y yo me siento como un niño otra vez. En este sentido, agradezco a la vida que mi esposa posea no sólo habilidad para cocinar, sino la delicadeza y la sensibilidad para convertir nuestra casa en un hogar. Su dulce de membrillo es uno de los más solicitados por nuestros conocidos y aunque ya ha pasado la receta, a nadie le queda igual como el de ella.

Ah, porque a eso también sabe Octubre: a intercambio de recetas, a competencia de platillos, a comparaciones entre sazones, a veces en broma y otras más en serio.

Octubre es nostalgia y es enigma, es el momento que aprovechan los fantasmas para hablarnos con susurros entre sueños y pesadillas. Octubre es misterioso y un poquito sombrío. Yo nunca me siento solo en la penumbra del otoño, siento como si alguien estuviera ahí, respirando suavecito, esperando a que me duerma para saltar sobre mí. Octubre es la rama de un árbol que rasguña la ventana, es un gato negro con ojos de un antepasado, es la sombra que se transfigura y nos espanta. Y de nuevo me siento un infante que necesita correr a la alcoba de sus padres.

Pero luego, al mirar la luna que parece que se expande, me siento aliviado y protegido. Luminosa, redonda, regrandota como una pelotota que alumna el callejón, y me río recordando aquella vieja canción de Chava Flores que siempre me pone de buen humor.

Y suspiro por Octubre, por sus lunas, por las serenatas que llevé alguna vez a mi mujer enamorada, por los acordes que sigo escuchando de vez en cuando en la ventana de la hija del vecino.

Lo único malo de Octubre es que pasa como si lo estuvieran correteando, sus 31 días se van en un suspiro y todavía no alcanzamos a saborearnos el mes cuando ya llega noviembre con su pan de muerto y de repente irrumpe diciembre con sus posadas.

Por eso le pido, estimado lector, que se tome un momento de este día para contemplar el otoño en todo su esplendor.