EL MESÓN DE SAN ANTONIO

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A marchas forzadas y forzosas

El terrible caso de la desaparición forzada de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa cumplió 5 años. La noche del 26 y la madrugada del 27 de septiembre de 2014 los alumnos viajaron a Iguala, Guerrero para secuestrar camiones y dirigirse a la Ciudad de México con el fin de conmemorar el otro fatídico hecho histórico del 2 de Octubre del ’68, pero no lograron su cometido: fueron interceptados y desaparecidos por miembros de la policía local, el ejército y/o miembros de la delincuencia organizada, sin conocer hasta el día de hoy su paradero.

Es imposible imaginar el sentir de los padres. La angustia, la desesperación, la rabia, la impotencia de no saber en dónde está un hijo, no se le desea a nadie.

La verdad histórica -que resultó más bien la duda insólita- difundida por el entonces procurador general de la República, Murillo Karam, determinó que los jóvenes habían sido asesinados e incinerados en el basurero de Cocula; sin embargo, peritos argentinos aseguraron que, por los restos encontrados, la cantidad de cadáveres y la lluvia que cayó esa noche era imposible que eso haya sido cierto. De ahí que los familiares y la sociedad civil realicen cada año una mega marcha para exigir a las autoridades buscar y encontrar vivos a los estudiantes.

La semana pasada varias ciudades del país conmemoraron el quinto aniversario de estos hechos, miles de personas salieron a las calles para demandar la verdad al gobierno, para reclamar la falta de justicia, de claridad, de empatía humana… ¿cómo es posible que sigan ocultando lo que realmente pasó?

La Ciudad de México, como siempre, fue la que congregó a la mayor cantidad de personas. Cientos de jóvenes, hombres y mujeres de todas las edades invadieron la Avenida Juárez con pancartas exigiendo la liberación de los estudiantes. El tumulto era arrollador e intimidante. Todos los ajenos corrimos despavoridos cuando un contingente de granaderos empezó a perseguirlos. Yo no pude zafarme tan rápido, así que presencié cuando un grupo -chairos, infiltrados, alborotadores como les quiera llamar estimado lector, pero jóvenes al fin y al cabo- comenzó a gritar “leer es para burgueses” al pasar frente a la Librería Ghandi y, acto seguido, rompieron los cristales -como lo venían haciendo desde comercios anteriores- pero, no conformes con esto, prendieron fuego a los libros que les quedaban a la mano.

Yo, que no me las doy de Santo ni mucho menos, pensé en un primer momento que los jóvenes de izquierda respetarían lo más sagrado que tenemos, que es la cultura, el conocimiento, los libros, pero no. Y luego, cuando rompieron los cristales, imaginé -romántica e ingenuamente- que empezarían a repartir los libros que alcanzaran. “Eso sí sería anarquista”, pensé por un momento. Pero cuando les prendieron fuego, cuando vi que los libros ardían, me desmoroné. Logré sentarme en la acera de enfrente y escuché consignas dignas de cavernícolas. Después supe que hicieron lo mismo con la Editorial Porrúa. El contingente pasó, pero yo me quedé ahí sentado, observando cómo los empleados se resguardaban y que, al cabo de un rato, lograron apagar el fuego y arreglar los desperfectos.

Me fue inevitable pensar en otras quemas de libros, todas igual de lamentables.

La más antigua de la que se tiene memoria es la de 212 a.C. cuando en la China de Qin Shi Huang se decidió quemar todo lo anterior a él y los intelectuales que desobedecieron fueron enterrados vivos. La otra cuando los libros de alquimia de la enciclopedia de Alejandría se redujeron a cenizas por órdenes del emperador Diocleciano. Una de las más famosas, “La hoguera de las vanidades”, promovida por Girolamo Savonarola producida en Florencia, que no sólo arrasó con libros sino con obras artistas de considerable valor. Luego vino una más local: la quema de los códices mayas realizada por el sacerdote Diego de Landa, llevada a cabo en Yucatán el 12 de julio de 1562 con el fin de borrar a los dioses indígenas para promover el cristianismo.

Pensé en la quema de libros de autores judíos durante el régimen nazi, realizada desde 1930 hasta 1945 en Alemania. Rememoré la dictadura argentina que quemó los libros de las editoriales comunistas, y la de Cuba, cuando por orden de Fulgencio Batista en 1954 se quemó la Geografía de Antonio Núñez.

O las más recientes: las quemas encabezadas por el grupo terrorista del Estado islámico, las de un grupo de católicos que incendiaron ejemplares de Harry Potter, las de Paraguay que destruyeron libros sobre ideología de género, las de jóvenes mexicanos exigiendo justicia al grito de “leer es para burgueses”.

El significado de prenderle fuego a algo es realmente poderoso, se trata de extinguir, desaparecer lo otro, lo que no nos gusta, lo que no queremos ver; no es cambiar o modificar, es reducir a cenizas aquello que no toleramos.

Y en ese camino, la marcha por los 43 estudiantes perdió todo sentido.

Una verdadera lástima, una infamia para los familiares que no pierden la esperanza de encontrarlos con vida, porque al prender fuego a los libros, la sociedad civil condenó los hechos y olvidó la esencia del movimiento.