EL MESÓN DE SAN ANTONIO

Batman y la consumación de Independencia

Lo conocí en la flor de su vida y en el comienzo de la mía. Él era un joven fortachón, millonario, inteligente, sin temor a la oscuridad -porque él mismo era la oscuridad-; y yo era un niño que imaginaba algún día atrapar a los malos y ayudar a la justicia.

Nuestra amistad empezó en la Cuentería de Silao, un establecimiento que funcionaba como biblioteca pública pero en donde  las historietas estaban colgadas en un tendedero cual ropa recién lavada.

Por 10 centavos podíamos rentar una de esas maravillosas revistas que traían dibujos impresionantes e historias que nos dejaban “picados” hasta por 15 días o un mes, cuando llegaba el siguiente número.

Esos 10 centavos valían por un tiempo limitado, creo que 20 minutos era el máximo permitido, así que uno tenía que ponerse vivo, leer muy rápido y lograr intercambiar el cómic con el compañero de al lado para obtener dos lecturas por el precio de una; pero el verdadero reto consistía en comprender todo leído, echar mano de nuestra capacidad de síntesis y memorizar la mayor cantidad de diálogos posibles para que, finalizado el tiempo, contarle la historia a los demás.

El arte de platicar las imágenes era un tanto complicado, como usted imaginará estimado lector. No era sencillo explicar que Batman estaba a punto de caer sobre un contenedor lleno de ácido mientras en el otro extremo estaba el Guasón sobándose las manos esperando que su malévolo plan diera resultado, y que justo cuando una gota de sudor de nuestro héroe cayó al tonel, logró salpicar una mínima pero suficiente cantidad de corrosivo para que éste disolviera el cordón con el que estaba amarrado y pudiera liberarse un segundo antes de que fuera sumergido.

Era emocionante relatar los peligros a los que se enfrentaba Bruce Wayne detrás de la máscara del hombre murciélago, un héroe oscuro pero en el fondo, un hombre lleno de temores y fantasmas infantiles.

Batman y yo crecimos juntos, y aunque nos distanciamos un tiempo, siempre procuré estar al tanto de su vida. Él continuaba peleando contra el mal, tratando de vencer al Jocker, dotando al Batimóvil de los últimos gadgets, conquistando a Gatúbela, y yo… bueno, yo entré a la Facultad de Jurisprudencia y mi mayor batalla fue la que libré cuando le dije a mi papá que me daría de baja para estudiar Filosofía y Letras.

Hace unos días la Batiseñal fue proyectada en varias ciudades del mundo para conmemorar el cumpleaños número 80 de Batman. En la Ciudad de México, la icónica imagen iluminó la Torre Bancomer ubicada en el Paseo de la Reforma, justo frente a la Diana Cazadora.

80 años, pensé, mi héroe de la infancia cumple 80 años.

¿Cómo habrá envejecido? ¿Le dolerán las rodillas? ¿Tomará algún analgésico? Si es así, me encantaría preguntarle cuál porque aunque soy menor que él, los achaques nos atacan a todos por igual.

Sonreí al imaginarlo como un hombre de 80 años, y caí en cuenta de que fue precisamente eso lo que me hizo admirarlo: su humanidad.

Superman venía de otro planeta y tenía súper poderes que lo hacían invencible: fuerza, velocidad, vista de rayos equis, podía volar… en cambio Batman sólo tenía el recuerdo de sus padres y la firme convicción de acabar con el mal para que ningún niño tuviera que pasar por eso.

Batman se tenía a él mismo.

Por más que quise imaginarme a Kalimán, Chanoc, o al Águila Solitaria -los superhéroes mexicanos que también llegaban a la Cuentería de Silao- como viejos de 80 años, no pude: los tres desaparecieron antes de que el tiempo causara estragos sobre ellos.

Noches después de ser encendida la Batiseñal, el murciélago apareció en mis pensamientos, y aunque hubiera querido preguntarle un millón de cosas, no pude hacerlo.

“¿Cómo lidias con la vejez?, le lancé a quemarropa.

Después de clavarme los mismos ojos intensos que recordaba de las historietas, su ceño fruncido dio paso a una de esas sonrisas victoriosas que imprimía después de haber logrado una gran hazaña:

“Ella lidia conmigo”.