INFIERNO EN LA TORMENTA

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 VÍCTOR BÓRQUEZ NÚÑEZ 

Con eficacia, el director francés Alexandre Aja logra armar un filme que recuerda a muchas cintas de desastres, manteniendo en sus 87 minutos un ritmo intenso, centrado en el típico esquema de las películas que hicieron furor en la década del 70: de cómo la naturaleza se rebela y no perdona la desidia de los seres humanos.

 El realizador Alexandre Aja tuvo un comienzo notable en su carrera, porque en 1997 y con solo 18 años de edad, compitió por la Palma de Oro en el Festival de Cannes con su cortometraje Over the Rainbow.

Pasaron algunos años y logró un temprano reconocimiento: a los 25 años dirigió “El despertar del miedo”, una película que reveló a un realizador con una gran capacidad para generar cine de terror gore, dando a conocer su particular estilo sanguinario y visceral que mantiene hasta hoy. Celebrado como una promesa para este tipo de género fílmico, Aja dirigió los remakes “El despertar del diablo” y “Piraña 3D”.

Una década más tarde, el director francés retoma lo que más gusta: el enfrentamiento del hombre con la bestia, en un paisaje alucinante, donde los seres humanos están condenados a combatir junto a criaturas asesinas, en “Infierno en la Tormenta” (Crawl), película que trae de regreso el estilo que caracterizó al cine de serie B, tan propio de los años 60 y 70, que logra de manera muy acertada combinar el cine de monstruos acuáticos con el cine de desastres naturales.

Debemos reconocer que, a nivel argumental, el filme es simple y directo en su premisa que no aspira a demasiadas pretensiones: Haley Keller (Kaya Scodelario), una estudiante de natación de Florida, busca con desesperación a su padre, que ha desaparecido, no contesta sus llamadas y del cual nadie sabe nada, justo cuando está a punto de aproximarse un huracán de categoría 5.

Esto hace que ella regrese a su antiguo hogar, donde encuentra a Dave (Barry Pepper), su progenitor, en el sótano, inconsciente y herido, rodeado de aterradores caimanes, que están allí atraídos por la sangre fresca y el terror que se desprende en ese contexto.

Para acentuar la desesperada lucha del ser humano contra la naturaleza, más del 90 por ciento de la película transcurre en un mismo espacio, ideal para que sobresalga la claustrofobia y el miedo a la oscuridad que genera una casa húmeda, donde nada parece estar a salvo.

Literalmente, el director nos sumerge en un lugar espantoso, donde todos tratan de sobrevivir, donde se eleva la adrenalina y en donde los espectadores logran sentir esa espesa sensación de estar indefenso, a merced de caimanes depredadores, mientras la tormenta arrecia.

No deja de ser un dato importante que el director Alexandre Aja contara con la ayuda directa en la producción de Sam Raimi, antes realizador de la primera trilogía de El Hombre Araña y autor de filmes importantes como “El despertar del diablo”, pieza clave del cine terrorífico de serie B, aparte de ser un fanático cultor de este tipo de películas en donde predomina la sangre, las vísceras y el horror desatado.

No se trata de una pieza maestra (esto no es “Tiburón”, desde luego) pero cuenta con las características básicas para entretener derechamente, eleva un género que sube y baja en la aceptación del público y demostrar que siempre es una buena receta esto de enfrentar a seres humanos con criaturas que representan las fuerzas naturales que nadie puede dominar.

Predomina en todo el filme la capacidad del director Aja para mantener el suspenso durante toda la película, lograr buen ritmo y respeta lo esencial del subgénero que representa: sabe que toda buena historia debe ser precisa, directa, sin mayores distracciones para que el espectador disfrute (o se espante) antes de que el filme acabe. Eso, nada más que eso.