ÉRASE UNA VEZ… EN HOLLYWOOD

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 VÍCTOR MARIO BÓRQUEZ NÚÑEZ 

La novena película de Quentin Tarantino es deliciosamente plurisemántica: habla del cine, mezcla la realidad de ciertos hechos con la ficción generada por el director; tiene momentos deslumbrantes, dignos de todo aplauso y revela, de un solo golpe, que por fin este realizador alcanzó la cima de su estilo, que no es sino la suma de muchas, muchas horas viendo cine de todo tipo. Suerte de resumen de toda su obra, este magnífico filme es también un canto de amor al cine, a la amistad y a una década -los sesenta- en el minuto de su extinción.

Hay en “Érase una vez… en Hollywood” (Once upon a time… in Hollywood”, 2019) tres secuencias brillantes: la del final, que es el guiño genial del director para que el cinéfilo se dé cuenta que todo lo que ha estado viendo antes se resume en una libertad riesgosa, atrevida, porque cambia de un solo golpe la historia real y reinstala otra, bellísima, tomada desde una cámara en picado que emociona.

Las otras dos secuencias tienen otra naturaleza: una, es perturbadora, inquietante, casi terrorífica y corresponde a la visita que hace uno de los protagónicos a Spahn Ranch, donde antes hubo un set de filmación para películas de cowboys y que ahora está ocupado por unos hippies, mayoritariamente mujeres, misteriosos, algo siniestros y obtusos. El dato no es menor: estamos en 1968, se desarrolla la Guerra de Vietnam, el movimiento hippie está en pleno desarrollo en Estados Unidos.

Y la otra secuencia inolvidable es aquella en que la actriz Sharon Tate va a comprarle un regalo a su esposo, Roman Polanski: es el libro “Tess, la de los d’Urberville”, escrito por el inglés Thomas Hardy, que años más tarde, en 1979, se convertirá en una de las mejores piezas de la todavía vigente filmografía de este director polaco. Pero la secuencia no culmina allí, ella entra a un cine en donde se exhibe un filme estelarizado por Dean Martin, donde ella figura en el reparto con un papel cómico. Resulta sencillamente notable ese minuto: puro metacine, la actriz que interpreta a Sharon Tate (Margot Robbie), está viendo la película donde actúa la verdadera Sharon Tate, en una suerte de espejo fascinante.

Esta película de Tarantino es, sin ninguna duda, su obra maestra, la cima de su carrera, uno de los filmes más nostálgicos, irónicos y perversos que se hayan realizado sobre este mundo llamado la ciudad de las estrellas.

En la superficie, es la historia de una amistad: la que une a un actor de westerns de televisión al borde de su declive Rick Dalton (Leonardo DiCaprio) y su doble de riesgo, Cliff Booth (Brad Pitt)  en el Hollywood de 1969. El dato se completa con un guiño tremendo: la actriz Sharon Tate y su marido, el destacado director Roman Polanski se acaban de mudar a la casa de al lado, en las colinas de Hollywood.

El espectador atento sabe, de entrada, que con ese puro dato tiene todo un comentario acerca del cine, de la industria y de cómo ese año es clave para la historia real de Polanski y su mujer. Es, por tanto, la entrada al mundo del espectáculo en estado puro y a una ciudad que también contiene personajes extraños, bloqueados, alienados en una tierra de fantasía permanente.

Pero como esto es cine, evocación y nostalgia, el título de “Érase una vez…” ya implica una lectura de cuento, de ficción, de que por lo tanto se da el lujo de tomar personajes reales -Sharon Tate, Roman Polanski, Bruce Lee, Steve McQueen, Charles Manson-, y hacer que se integren a las acciones ficticias inventadas para la pantalla donde predomina la nostalgia, hay citas permanentes a la cultura pop, a la cultura televisiva y cinéfila, con no poco de delirante humor agridulce.

Insistimos: lo que se ve no necesariamente es cierto. O tal vez sí. Y ahí la magia, el desparpajo y la fascinante puesta en imágenes que incluye un ¡duelo! entre Bruce Lee y el doble de riesgo. (Y es por eso que quienes buscan saber qué le pasó a Sharon Tate esa noche… quedarán atónitos)

Y el espectáculo sigue: el mismísimo Al Pacino, en el papel de representante de Dalton, le aconseja que deje de ser villano en la televisión y se vaya a Italia a filmar  spaghetti westerns (cita a Sergio Leone y su “Érase una vez el Oeste”) y como los tiempos son de cambio… hay que irse a filmar.

Quentin Tarantino, en estado de gracia, se toma su tiempo para mostrar lo que quiere: Los Ángeles y Hollywood, es ciudad bendita y maldita, llena de salas de cine, de carreteras y autopistas, donde fluyen las canciones de moda y los autocines, conviviendo con pozos petroleros, hippies haciendo dedo, gente alienada formando sectas, como Charles Manson…

Lo mejor es que está filmada con el ritmo clásico, no el de la aceleración y la estridencia de los millennial, la dejó en dos horas cuarenta minutos -con sorpresa post créditos-, fue filmada en celuloide y se exhibe en 70 mm en varios cines estadounidenses. ¿Un antojo? Puede ser. Bendito antojo de un director que alcanzó su maestría. Uno de los mejores estrenos del año y una película potente, atrevida y brillante como material de análisis.