PLAZA CÍVICA

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El nacionalismo está de regreso. Y está para quedarse 

Conforme pasa el tiempo queda claro que el nacionalismo está de vuelta. Mientras que los distintos nacionalismos occidentales están reviviendo, otros tantos más en diversas partes del mundo están naciendo. Y en este complicado escenario mundial de efervescencia comunitaria vale la pena analizar algunas de sus causas, las implicaciones para el liberalismo y, por supuesto, el caso mexicano.

Con la caída del muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría muchos auguraron una nueva era de fraternidad mundial. El caso emblemático fue el del intelectual norteamericano Francis Fukuyama, quien en su libro El Fin de la Historia y el Último Hombre afirmó que los conflictos ideológicos habían finalmente terminado, así como sus guerras: la democracia liberal se coronaba como la mejor forma de gobierno y solo debíamos adoptarla. Sin embargo, algunos años después el maestro de Fukuyama, Samuel P. Huntington, escribiría un libro titulado El Choque de las Civilizaciones y la Reconfiguración del Orden Mundial, en el cual refutaba la tesis de su alumno al afirmar que lo que vendría con el fin de la Guerra Fría era el regreso del patrón de la historia humana: las tensiones entre civilizaciones. Y en este contexto, el nacionalismo germinará cabalmente.

“El nacionalismo es una ideología política enormemente poderosa… No hay duda de que el liberalismo y el nacionalismo pueden coexistir, pero cuando chocan, el nacionalismo casi siempre gana”, nos dice el gran intelectual estadounidense John J. Mearsheimer en su nuevo libro The Great Delusion: Liberal Dreams and International Realities (La Gran Ilusión: sueños liberales y realidades internacionales). Mientras que el liberalismo pone al individuo en el centro, el nacionalismo pone a la comunidad. Y como el ser humano es fundamentalmente un animal comunitario, el nacionalismo tiende a ganar.

En este contexto internacional e histórico, ¿cuál es el estado del nacionalismo mexicano? De acuerdo a la Encuesta Mundial de Valores, en 1990 el 56% de los entrevistados dijo sentirse muy orgulloso de ser mexicano, en 1996 el 72%, en 2000 el 79%, en 2005 el 83%, en 2012 el 84% y finalmente en 2018 un 72% (Alejandro Moreno, El pulso del orgullo nacional, El Financiero, 14/09/18). Resulta muy curioso que justo cuando hubo un acercamiento histórico de los tres países de la región de América del Norte con la firma del TLCAN es que aumento el nacionalismo mexicano, y ya hoy en día, el norteamericano y canadiense. Y por ello no es raro que AMLO haya llegado al poder con un discurso nacionalista, sobre el cual es importante hacer tres observaciones.

Primeramente, las palabras pronunciadas en este sentido por AMLO se apetecen por fortalecer los lazos comunitarios nacionales, así como por hacer un uso responsable de él. Sin embargo, preocupa que ese mismo discurso venga acompañado de tentaciones anti-liberales, observables en una excesiva concentración de poder en el presidente y su alergia a la oposición política y los contrapesos institucionales.  Finalmente, intranquiliza que dicho discurso pueda sea utilizado para encubrir políticas públicas irresponsables. Por ejemplo, en el tema de la guerra contra el huachicol no queda claro por qué la repentina iniciativa ni los beneficios que ésta ha tenido. Aun así, la población soportó disciplinadamente el desabasto de combustible causado porque, se presume, el presidente revistió la guerra contra el huachicol como una lucha nacional. Y tiene sentido: una población nacionalista está más dispuesta a sacrificar el bien individual por el colectivo.

El nacionalismo puede ser bueno o malo, dependiendo de la dosis. México se encuentra inscrito en la dinámica nacionalista mundial, y eso en parte explica la llegada al poder de AMLO. Su discurso en ese sentido es válido, pero preocupan las tendencias anti-liberales, así como su posible uso para tapar errores de política pública. Ahí están los reveses en otros países, y sus advertencias.

 

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