EL MESÓN DE SAN ANTONIO

0
180

La falla de San Andrés y la Divina Providencia

La cara del nuevo secretario de Hacienda lo dice todo: compungido, preocupado, como si en lugar de recibir la noticia de un ascenso le hubieran avisado que tiene una enfermedad terminal. Y en cierto sentido lo es –metafóricamente hablando, por supuesto- porque el nombramiento le exige dar mejores resultados en mucho menor tiempo, o morir en el intento. En pocas palabras, sólo un milagro lo puede salvar.

La noticia nos sorprendió a todos, mexicanos, extranjeros, detractores y simpatizantes de la 4T: a menos de ocho meses de haber iniciado el primer gobierno de izquierda en

México, encabezado por Andrés Manuel López Obrador, quien hasta hace poco era uno de sus hombres más fuertes, Carlos Urzúa, dejó la Secretaría de Hacienda y Crédito Público con una carta que, a mi parecer, dice mucho más de lo que parece. “Discrepancias en materia económica hubo muchas. Algunas de ellas porque en esta administración se han tomado decisiones de política pública sin el suficiente sustento”. Zaz. Golpe bajo para quien propaga que todo se puede resolver fácilmente sólo apelando a la honestidad de las personas, más allá de sus conocimientos.

La renuncia de Urzúa –que se suma a la de Germán Martínez del IMSS y a la de Josefa González Blanco de la Semarnat- es preocupante porque anuncia fracturas importantes en un gabinete que fue presentado con bombo y platillo. Una renuncia de esta magnitud causa un sismo tan alarmante como si se hubiese desprendido un pedazo de la República a causa de la falla de San Andrés –sin afán de ser irónico, estimado lector-.

Habrá un descontrol de dos meses, por lo menos, para que los funcionarios de la SHCP entiendan y apliquen los cambios en los procesos de la política hacendaria de nuestro país, mismos que han impedido el ejercicio presupuestal del 2019 que lleva 7 meses inactivo y que tiene como principal problema la paralización de muchas de las empresas de servicios como vivienda, transporte, vías de comunicación que, a manifestación del Presidente son prioritarias, léase la construcción del Tren Maya.

Tras el aviso, las repercusiones no se hicieron esperar: el peso sufrió una caída importante, la Coparmex mostró su preocupación, los organismos financieros internacionales entendieron que México tiene problemas de fondo que necesitan más que la pregonada honradez para resolverse, porque hasta apenas el mes pasado, hace 28 días para ser exactos, Carlos Urzúa daba la noticia asegurando que el país lograría un crecimiento económico del 4% ¿Qué pudo haber cambiado en un par de semanas? ¿Qué pasó entre AMLO y Urzúa para que su relación terminara abruptamente? A ciencia cierta sólo ellos lo saben. Lo que sí sabemos es que la reacción del Presidente fue tan visceral que casi calló en lo risible, pensó con el estómago y eso no es bueno para nadie. “No se puede poner vino nuevo en botellas viejas”, dijo en su mensaje mientras presentaba al compungido Arturo Herrera, “esto es un cambio, no una simulación. Tenemos que acabar con la corrupción, tenemos que acabar con la impunidad, tenemos que hacer valer la austeridad republicana”.

Zaz. Otra vez esa frase que ya me está preocupando. Resulta inaceptable en una economía que demanda circulación de dinero, querer guardarlo bajo llave. Los estados están paralizados, los municipios no tienen recursos, se ha llegado a lastimar el patrimonio de los ciudadanos porque los recursos de la federación “no caen” a las obras, a las becas, a los estímulos. En el afán de la “austeridad republicana” simplemente se está acumulando dinero, no se está distribuyendo, y entonces no sabemos cuánto se pierde cuando una patrulla no hace su rondín por falta de gasolina, o si las ambulancias no pueden dar servicios en zonas alejadas porque no hay recursos. En otras palabras, “se gastan los millones por ahorrarse los centavos”. Andrés Manuel está cumpliendo con la austeridad, pero no con la distribución equitativa de los recursos.

Sí estimado lector, estoy preocupado, y desafortunadamente, no soy el único.

Se percibe en el ambiente una fuerte desilusión. El cambio esperado no se encaminó con esperanza, sino que ha caído en la total desesperanza. Pasó de ser una oferta de buenos nuevos tiempos, a una donde estamos esperando la aparición de la Divina Providencia.

Los mexicanos, que conocemos de traiciones, que tenemos maestría en falsas promesas, que estamos bien curtidos en eso de políticos corruptos, fuimos timados nuevamente, nos han cambiado otra vez oro por espejos. Qué pena. Qué tristeza. Qué desilusión. Sólo la Divina Providencia podrá salvarnos de este atolladero llamado Cuarta Transformación.