PLAZA CÍVICA

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Los problemas de la democracia no-representativa

 En toda democracia existe siempre una tensión natural y deseable entre la sabiduría popular y la sabiduría de las élites. Esta tensión ha sido tema de discusión desde la antigüedad hasta nuestros días. Platón proponía la idea utópica de los “gobernantes-filósofos” como solución a lo que parecía la interminable oscilación entre oligarquía y demagogia en las polis griegas, Aristóteles divisó una serie de reglas para la democracia con el fin de no caer en dichos excesos, y los Padres Fundadores estadounidenses preferían hablar de “república” y no de  “democracia” porque a la primera la asociaban con el buen gobierno de los pocos y a la segunda con el mal gobierno de los muchos. Hoy en día, los conservadores o aquellos asociados con la ideología de derecha tienden a darle más peso a la sabiduría de las élites y ser más escépticos de la sabiduría popular, mientras que los liberales o de izquierda tienden a lo contrario.

El politólogo estadounidense Samuel P. Huntington escribió un último libro antes de su muerte en 2008 titulado ¿Quiénes somos? Los desafíos a la identidad nacional estadounidense, el cual contiene un capítulo con el interesante título de “Democracia no-representativa: las élites vs. el público”. En él el autor estadounidense comenta que en los EUA existe la democracia porque el público elige a sus representantes, aunque sin embargo es una democracia no-representativa porque las élites han impulsado sostenidamente políticas públicas contrarias a los deseos de la mayoría. Con una batería de estadísticas que datan de décadas atrás, Huntington describe a un público estadounidense que se encuentra en contra de intervenciones militares en el exterior, en contra del mayor involucramiento económico con el mundo, y en contra de la expansión de la inmigración. El problema se ve agravado cuando existe una disonancia entre el público y sus élites no solo en temas de política pública, sino también de idiosincrasia: mientras que el primero es más conservador, religioso y nacionalista, las segundas son más liberales, poco religiosas y nacionalistas. Las consecuencias de esta importante desarmonía las advirtió en tres sentidos: pérdida de la confianza en el gobierno, disminución en la participación política y búsqueda de medios alternativos no controlados por las élites para hacer política.

El presagio de las palabras de Huntington no podía ser mayor: al cabo de unos años Trump llegaría al poder con una agenda en contra de la intervención militar exterior, de los tratados comerciales y de la inmigración. Y además, con actitudes anti-elitistas, religiosas y nacionalistas. Y mientras leía estos pasajes, no podía dejar de pensar en México.

Los temas que desde hace algunos años atrás han ocupado y preocupado a la población han sido básicamente tres (ahí están las estadísticas del INEGI): corrupción, inseguridad y economía. En los tres temas no se ha avanzado, e inclusive se ha retrocedido: los escándalos de corrupción durante el sexenio pasado se dispararon en comparación con administraciones pasadas, la inseguridad ha venido en aumento desde 2015, y la desigualdad se ha incrementado mientras que la pobreza se ha estancado. Y si Fox y Calderón representaban una corriente ideológica más asociada con la religión y tenían un discurso más nacionalista, Enrique Peña Nieto no hizo ostentación alguna ni de lo primero ni de lo segundo; peor aún, su persona era la viva representación de la distancia y frivolidad de una parte importante de las élites mexicanas. ¿Cuáles fueron y son las principales banderas políticas de AMLO? Corrupción, inseguridad, pobreza. ¿Cuáles fueron y son sus actitudes políticas? Religiosas y nacionalistas.

Las élites y el público deben de estar en constante comunicación. Una discrepancia grande y constante entre ambas en una democracia resulta insostenible. La arrogancia de las primeras ha traído como consecuencia el entendible manotazo de las segundas. Lo que sigue son, al menos, tiempos turbulentos.

 

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