AVISO DE CURVA

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 Los ‘Pejes’ no vuelan 

Existen dos estilos para gobernar: el popular y el correcto. El primero, con el impulso de un poderoso y explosivo combustible llamado pueblo, ha elevado hasta alturas inimaginables de popularidad a un puñado de líderes de diversas ideologías y corrientes políticas; ahí tenemos a Hugo Chávez en Venezuela, Lula da Silva en Brasil, Silvio Berlusconi en Italia o incluso el ariete del populismo en Hungría, Viktor Orbán.

La historia nos ha enseñado que, producto del aplauso excesivo, a los políticos que no tienen los pies en la tierra, les crecen alas. Un político que vuela por encima de las instituciones, igual que puede ser transformador, también podría convertirse en indiferente y precipitado. Se trata por lo general de un estilo que intranquiliza a los teóricos del buen gobierno.

En el extremo se encuentran aquellos gobernantes que profesan mayor atención a las razones que a los cumplidos. No nos sorprenda que, por citar algunos ejemplos, presidentes como Vladimir Putin en la Federación Rusa, José Mujica de Uruguay, Angela Merkel en Alemania o Marcelo Rebelo en Portugal, se les califique, independientemente de su popularidad, como estadistas que lograron o están logrando presentar y ejecutar una perspectiva de futuro para sus respectivos países.

Esta obviedad (visión de futuro y ejecución con maestría), prerrequisito esencial para cimentar un buen gobierno, parece ser, sin embargo, una afirmación que incomoda a las fuerzas políticas identificadas como cercanas al estándar populista y que, se afirma, se aproximan al nuevo tablero de la política en México.

En el país, según lo advertimos en las encuestas y en los debates de los analistas, se proyecta una enorme distancia entre ambos modelos de gobierno, el popular y el correcto, sobre todo en lo que respecta a los objetivos y los medios utilizados para conseguirlos. El 60% de la población que aprueba la gestión López Obrador y los integrantes del partido en el poder, encuentran en las consultas a mano alzada y en las decisiones personales del Presidente —la mayoría de las cuales se enmarcan en el discurso del combate a la corrupción—, una mejora en la democracia y, por consecuencia, en el bienestar de la población.

Por el contrario, los críticos de la Cuarta Transformación y los verdaderos partidos de oposición que gustan de presumir o evocar los tiempos de una «democracia responsable”, aseguran que, lo que se identifica como el estándar del populismo, podría sumergir al país en una época de retroceso e inestabilidad lo cual, vaticinan, probablemente acabará minando la popularidad de López Obrador y de su movimiento.

Me atrevería a afirmar que, para los partidarios del gobierno no populista o de «democracia responsable”, la aseveración anterior, que más bien parece un ruego, se basa en ese extraño fenómeno que sólo pasa en México: economía en retroceso, empleo en descenso e inseguridad en incremento, pero la popularidad del Presidente intacta, incluso in crescendo.

En paralelo, los analistas, muchos de ellos abiertamente antípodas del movimiento de López Obrador, se han dado cuenta que, más que un peligroso retroceso de la economía, como anticipan las calificadoras y despachos internacionales, lo que verdaderamente se ha instalado entre el electorado mexicano es una espesa niebla que impide ver más allá de las conferencias mañaneras lo que, de resultar cierto, sería extremadamente revelador de que el electorado estaría cayendo en una especie de síndrome de Estocolmo: si la popularidad del Presidente crece cuando la economía se contrae, o es que estamos sobrados de riqueza que la caída del -0.2 del PIB en el primer trimestre de 2019 no nos afecta, o es que nos gusta sufrir y poner a volar a nuestro captor.

Es cierto, no esperemos gran cosa de un electorado que apenas vio la luz al escapar del hartazgo y la decepción de los gobiernos pasados, sin embargo, el comportamiento sui géneris del pueblo sabio tendrá poco a poco que acotar ese enorme poder que permite asegurar que quienes reciben una beca o apoyo del gobierno son en realidad empleos formales en la economía.

La habilidad de Andrés Manuel López Obrador es innegable. Los objetivos que se ha propuesto son nobles y responden al clamor del pueblo que anhela un verdadero cambio. La popularidad que lo acompaña luce inagotable.

Pero hay un detalle: nadie puede volar. Los denominados Voladores de Papantla en realidad no vuelan, caen; se sostienen de una cuerda y tarde o temprano la gravedad los hará caer, una y otra vez.

 

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