EL EXTRAÑO ORDEN DE LAS COSAS

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 Son las tres de la tarde del jueves nueve de mayo de 2019. Voy a realizar unos trámites a la sucursal de mi banco. Pido turno para hablar con un ejecutivo y me alegro de ver pocas personas esperando. Llevo mi libro El extraño orden de las cosas, para concentrarme en mi lectura y no distraerme con el celular, porque ya anteriormente me llamaron la atención.

Mi mente inquieta observa al personal del banco y los cuentahabientes que esperan ser atendidos. Me siento y empiezo a leer, para evadirme del entorno. El señor de al lado revisa su teléfono, voltea a todos lados se para, se sienta, y desesperado, antes de levantarse, me habla y me regala su número.

Sigo leyendo, ya ha pasado media hora desde que llegué y no anuncian ninguno de mis turnos A066 ni A311. Hay tres amables ejecutivos atendiendo, mientras los clientes platican entre ellos o se mantienen ocupados en sus respectivos celulares. Las señoras que están frente a mí son dos mujeres de edad avanzada; ambas visten muy recatadas con medias y faldas largas y gruesas.

Damasio pide mi atención en la lectura. El segundo párrafo me atrapa desde la perspectiva particular del autor, ya que anteriormente lo había leído con otra visión. Cito de la página 25: “Nos dimos cuenta de que, además de padecer dolor, podíamos experimentar las sensaciones opuestas, placer y entusiasmo, en una amplia variedad de situaciones que iban desde lo simple y trivial hasta lo sublime, desde placeres que constituyen respuestas, sabores y olores, como la comida y el vino, pasando por el sexo y las comodidades físicas, hasta la maravilla del juego o el asombro y la satisfacción que surgen de la contemplación de un paisaje o la admiración y el profundo hacia otra persona.” (Damasio. Antonio, El extraño orden de las cosas, La vida, los sentimientos y la creación de la cultura. Editorial Ariel, Barcelona, 2019.) Siempre es enigmático el extraño orden de las cosas: el asesor grita que puede pasar el A066; el A311 se lo entrego a las dos atentas mujeres que amablemente saludaron al llegar.

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