EL MESÓN DE SAN ANTONIO

 “Recordar es fácil para el que tiene memoria, olvidarse es difícil para quien tiene corazón” Gabriel García Márquez

Hace unos días, tuve el honor de presentar el libro “Apuntes para la Historia Antigua de Coahuila y Texas de Esteban L. Portillo”, en una excelente reedición a cargo del Padre Rodolfo Escobedo, y gracias a eso, tuve la maravillosa oportunidad de volver los pasos sobre un gran historiador que, aún y con su prematura muerte, es indispensable para entender la Historia de nuestro territorio.

Esteban L. Portillo escribió tres libros que hoy son importantísimos: “Anuario coahuilense para 1886”, “El catecismo geográfico, político e histórico de Coahuila de Zaragoza” y “Apuntes para la Historia Antigua de Coahuila y Texas”; para ello, dedicó 25 años de su vida en la recopilación de datos… 25 años de los 39 que vivió, estimado lector, lo que vuelve más significativa su labor.

La importancia de su obra se debe a la total ausencia historiográfica colonial texana a lo largo de casi todo el siglo, y porque, aunque escrito sin las técnicas ni métodos con que actualmente se elaboran los estudios históricos, Esteban L. Portillo señala una vía para comprender lo que sucedió en la región. De hecho, sus publicaciones servirán de fundamento a posteriores investigadores, entre ellos a Vito Alessio Robles, que con todo y sus constantes críticas hacia el autor, sigue fielmente su ruta de investigación.

La historia de “Apuntes…” comienza con la entrada del español (conquistador ibérico) y termina con la independencia de Texas del territorio mexicano y coahuilense el 21 de abril de 1836, que el gobierno reconoce hasta 1848; y en su lectura se siente la identidad nuestra, a la tierra de uno que se sabe a tierra coahuiltejana.

Se nota el júbilo de Esteban L. Portillo por la publicación de sus libros, agradece apoyos y olvida malas caras y sinsabores, porque le urge decir a los lectores que Coahuila era un territorio grande, grandísimo, que incluso tenía salida al mar: así es, estimado lector, leyó usted bien, Coahuila tenía salida al mar por Corpus Christi.

En sus textos, el autor nos adentra en las inquietudes siempre para fundar una nueva nación, detalla una serie de fundaciones de misiones y poblados que nos dieron identidad, debido a que se creó una red compleja y comunicativa y “porque en ese territorio se vio la primera luz y las cenizas veneradas de ilustres progenitores, de razas indómitas y guerreras, dignas de mejor suerte, que prefirieron la muerte y el exterminio antes de doblegarse al a férula del ibero conquistador”, (La ruta del horror, Carlos M. Valdés y Hernán M. Venegas).

Esteban L. Portillo defiende a los indios originarios porque no se doblegaron al yugo, recopila una serie de tradiciones que vienen comentándose entre los estudiosos de la época y presenta “datos muy precisos extraídos de documentos que subsisten olvidados, sin que estuvieran al alcance del pueblo que tanto necesita conocer su historia local”. Sin duda, el autor tiene muy claro que la historia abre el conocimiento.

Los historiadores coahuilenses tienen en la investigación biográfica una asignatura pendiente, afirma Javier Villarreal Lozano en su introducción al Anuario Coahuilense. La ausencia de una biografía más elaborada se debe a la sensación que produce el autor de sumisión y trabajo silencioso.

Haciendo investigación genealógica –era un misterio el significado de la “L” de su nombre- descubrí que sólo en el acta de nacimiento de su primera hija, Elvira Rafaela de Jesús nacida el 24 de octubre de 1893, aparece el nombre completo: Esteban López Portillo, así, con todas sus letras.

También encontré su acta de defunción: murió en Parras en 19 de marzo de 1898 a los 39 años de edad. En esa queda plasmado que la tuberculosis lo llevó a la tumba. Había comenzado tiempo atrás con una tosecita ahogada que calaba en los pulmones, como a quien le entierran un cuchillo suavecito pero firme. Corrió a Parras donde su mujer tenía mejor condición con sus padres, ellos lo tuvieron atendido en el Rancho Carrizales porque tenían miedo de contagio.

El enfermo de tisis traía un trapo doble para cubrir la boca. Sus hijos no podían verlo. Eran tan pequeños como vulnerables ante la enfermedad.

Quizá murió solo, con las manos llenas de tinta y su dedicación intacta.