EL MESÓN DE SAN ANTONIO

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Los Madero: hermanos tragedia

Nuestra Historia nacional es un collage interminable de culturas, creencias y sucesos que dan vida a personajes tan dispares que, de alguna manera u otra, han influido en el desarrollo de nuestro querido México. Si nuestro pasado y presente fuera una novela, estoy seguro de que encajaría en el Realismo Mágico, sólo que todo sería verdad, incluso lo que pareciera fantasía.

Es algo muy extraño que los mexicanos estemos acostumbrados a dudar de la versión oficial pero que, al mismo tiempo, aceptemos sin chistar extravagancias que ni al mismo Gabriel García Márquez se le hubieran ocurrido.

Uno de esos capítulos de la historia que me llaman la atención es el protagonizado por los hermanos Madero.

El matrimonio formado por Francisco Madero Hernández y Mercedes González Treviño, radicado en Parras, un pueblito norteño que a mediados de 1800 no figuraba en el mapa de la vida nacional, procreó a 16 hijos, de los cuales, como era normal en aquellos tiempos, varios murieron siendo muy pequeños.

El primer Raúl Madero González –porque nombraron de igual manera a otro de sus hijos, que llegó a ser Gobernador de Coahuila- sobrevivió cuatro años y murió de una trágica manera, al igual que el futuro presidente y su hermano Gustavo.

Como lo narra Alejandro Rosas en “La Revolución de los espíritus”, en 1886 cuando Francisco Ignacio tenía 13 años y Gustavo 12 -quien ya había perdido su ojo derecho a causa de un accidente mientras jugaba- sus padres los mandaron a estudiar a un colegio cerca de Baltimore; ahí recibieron la noticia de que Raúl había fallecido debido a un terrible accidente: jugaba con una vara de carrizo en la cocina y golpeó una lámpara de petróleo que se le vació encima, y en segundos ardió en llamas.

“Raulito”, escribió Francisco en sus memorias, “ese hermano querido, al abandonar este mundo no por eso nos abandonó, y desde su mansión etérea sigue nuestros pasos con solícito cariño, desempeñando con sus hermanos de la Tierra el dulce papel de espíritu protector, o sea lo que se llama en términos más poéticos, ‘ángel guardián’”.

A partir de ahí, Francisco decidió adentrarse al espiritismo hasta convertirse en un médium. En las sesiones, Madero entraba en trance y escribía sin parar lo que le dictaba Raúl desde el más allá. Fue a través de esas relevaciones que Raúl instó a Francisco a estudiar homeopatía y practicar el magnetismo curativo, para ayudar física y espiritualmente a los trabajadores de su Hacienda. Y años más tarde, en su afán por hacer de su hermano un hombre de bien, Raúl le aconsejó a Francisco que entrara a la política.

Con ideas liberales que alentó mientras estudiaba en París y Estados Unidos, Francisco regresó a México con la intención de no permitir que Porfirio Díaz se reeligiera otra vez, y fue así que, en 1908 publicó su polémico y famosísimo libro “La sucesión presidencial del 1910”, dando inicio a la Revolución Mexicana.

Gustavo, hombre de negocios, casado con su prima y padre de siete hijos, apoyó siempre a su hermano, por lo que no se salvó del sangriento episodio conocido a la postre como Decena Trágica.

El 18 de febrero de 1913, después de un desayuno con el mayor traidor de todos los tiempos, Victoriano Huerta, Gustavo fue aprehendido y llevado al cuartel militar llamado “La Ciudadela”, que hoy es la Biblioteca de México “José Vasconcelos”, y ahí empezó su calvario.

“A empellones, entre gritos soeces, colmado de injurias y de golpes, entre un coro diabólico de burlas y blasfemias, bajó la primera víctima al lugar de su final tormento”, narra Vicente Casarrubias, “un desertor del batallón 29 de apellido Melgarejo, con su bayoneta le sacó el único ojo que tenía”.

Gustavo se cubría el rosto de dolor, se retorcía, imploraba compasión, pero nadie la tuvo. Cobardes miliares y envalentonados alumnos de la Escuela Militar, le daban golpes en el piso y clavaban sus espadas en el cuerpo. “Dando traspiés, Gustavo pudo caminar un corto trecho sobre el patio sucio de sangre y de lodo… por fin tropezó contra la estatua de Morelos y desangrado cayó al pie del monumento”. Más de 20 bocas de fusiles descargaron sus proyectiles contra él. “Vieron que estaba muerto… uno de los asesinos disparó sobre el cadáver diciendo que ‘era el tiro de gracia’… luego lo mutilaron, arrancándole algunos órganos nobles, cubriendo con tierra y estiércol las heridas”.

El cuerpo destrozado tenía 37 heridas. Y no conformes, los soldados se lanzaron sobre el cadáver y lo despojaron de 63 pesos, tres cartas de su esposa Carolina y un libro.

“Deja que se saquen los ojos entre ellos”, le decía en una carta su esposa pidiéndole que se olvidara de la vida política y regresa a casa.

Cuatro días después, el 22 de febrero de 1913, Francisco I. Madero y su vicepresidente José María Pino Suárez, fueron ejecutados por los golpistas encabezados por Huerta, quien había prometido respetar sus vidas y dejarlos marchar a Cuba.

Esto sucedió hace más de cien años estimado lector, está documentado, pero a pesar de la distancia, no dejo de sorprenderme de todo lo que puede ocurrir en la vida política de nuestro país.