CÁPSULAS SARAPERAS

 Le robaron dos rebosos 

En esta ocasión te platico de un robo, de un hurto, de un latrocinio, de un pillaje, de algo que le sucedió a Doña María Guadalupe de León en esta hermosa ciudad de Saltillo, cuando aún, no era ciudad y estábamos divididos en dos poblados por medio de un riachuelo, y esta anécdota sucedió en Villalongín que anteriormente era conocido como el Pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala.

Corría el mes de diciembre del lejano año de 1832, cuando Doña María Guadalupe de León se puso a lavar su ropa en la acequia. Al llegar a su vivienda, decidió colgar los dos rebosos que acababa de lavar, uno era de lana y el otro de algodón.

Como Doña María tenía que regresar a lavar más ropa a la acequia, le pidió a una señora grande de edad, llamada María Isabel Martínez, que le echara un ojito a esas dos prendas.

Cuando María Guadalupe de León estaba tallando la ropa en la acequia, se dio cuenta que María Isabel llegó corriendo muy ajetreada; el corazón le palpitaba y no precisamente por un amor, si no que iba asustada, pues aseguro que tres hombres -dos cubiertos con frazadas y uno más con una sábana- habían hurtado los dos rebosos que estaban tendidos para que los secara el astro rey.

María Guadalupe, ni tarda ni perezosa, fue y busco a los rateros, siguiéndoles la pista hasta llegar mero arriba de la loma del Ojo de Agua, divisándolos pasar por el barrio de Guanajuato, por lo que se dirigió a ese barrio, y al salir de uno de sus callejones se encontró frente a frente con el ratero que estaba cubierto con la sabanita, por lo que empezó a gritar, pidiendo auxilio y ayuda para detener al ladronzuelo.

Un grupo de vecinos -como buenos Saltillenses- salieron a auxiliar a la dama vecina de Villalongín. El malhechor se metió a una casa. Los vecinos le empezaron a reclamar por el robo, pero el caco afirmó que no llevaba nada, empezando a gritar una harta de insolencias, maldiciones, majaderías, y por supuesto que se resistió para salir de la casa en la que se había metido.

Los vecinos se metieron por él, lo sacaron a la fuerza y le dieron una paliza, llevándolo de inmediato con la autoridad y descubriendo que su nombre era Bartolo Torres. Al llegar con la autoridad se le pregunto por los rebosos; sin embargo el cínico aseguro que no llevaba nada, que lo que había metido a la casa era un par de zapatos.

El dueño de la casa, cuando se le interrogó, dijo no haber visto absolutamente nada, ni la sabanita, ni las frazaditas, ni los zapatitos y mucho menos los dos rebosos. Las autoridades pasaron a revisar la casa para verificar,  llevándose una gran sorpresa pues ambos rebosos estaban debajo de una caja de zapatos, la cual estaba cubierta con la mentada sabanita. El señor Antonio, quien era el propietario de la casa donde se metió Bartolo, también fue detenido por encubrir al ratero.

Los mandaron a la cárcel. De tres rateros ya eran cuatro y la autoridad sólo pudo detener a dos, a Bartolo para que pague su delito ante la justicia por robarse los dos rebosos, uno de lana y otro de algodón y Antonio Briseño, quien por andar de encubridor también fue detenido.

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Es Saltillense*, papá de tres princesas mágicas, Rebeca, Malake y Mariajose. Egresado de nuestra máxima casa de estudios, la Universidad Autónoma de Coahuila, en donde es catedrático, es Master en Gestión de la Comunicación Política y Electoral por la Universidad Autónoma de Barcelona, el Claustro Doctoral Iberoamericano le otorgó el Doctorado Honoris Causa. Desde el 2012, a difundido la historia, acontecimientos, anécdotas, lugares y personajes de la hermosa ciudad de Saltillo, por medio de las Cápsulas Saraperas. *El autor afirma que Saltillense es el único gentilicio que debe de escribirse con mayúscula.