CÁPSULAS SARAPERAS

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La Bruja Jesusa, y el Llorón de Saltillo

En esta ocasión te platico que a mediados del siglo XIX, en esta hermosa ciudad de Saltillo, allá por donde se encuentra el puente de Calderón, había una zona donde se ejercía la más antigua de las profesiones, un lugar con bares y cantinas. Después de algún tiempo el gobierno y el ayuntamiento quisieron acabar con ese lugar y en un acto desalojaron esas casas para evitar que los Saltillenses se perdieran en el vicio; dicho sitio quedó por un tiempo en el abandono, casas deshabitadas, calles vacías.

Con el tiempo las casas de ese lugar fueron habitándose, pero en una vivía una mujer que se llamaba María de Jesús, ella era partera, sobandera, hierbera, echaba cartas y hacia limpias, entre otras cosas. Ella era chimuela, grande de edad, nariz prominentemente aguileña, tal vez, por eso le llamaban la Bruja Jesusa.

A casa de Jesusa llegaban personas de ropa elegantes y copetes, hombres y mujeres, dicen que llegaban tristes y al salir se les veía una sonrisa envidiable, sepan ustedes que les hacían ahí adentro.

Ella vivía sola, pero no tan sola; al fondo de su casa había un nogal donde anidaban lechuzas, algunos hasta aseguraron verla volar en compañía de ellas, pero como no se metía para mal con nadie, le toleraban sus vuelos en escoba.

Un día, de su casa vieron salir a una hermosa mujer, decían que era su sobrina quien había quedado huérfana y por eso se fue a vivir con la tía Jesusa; ella se llamaba Conchita.

Entre uno de los asiduos clientes de la Bruja Jesusa estaba un guapo militar, que acudía a ella para ascender de grado. En alguna de las visitas, conoció a Conchita, y tal era su hermosura que él quedó perdidamente enamorado de ella, y sus visitas cambiaron de horario a cuando Jesusa no estaba, para ver a solas a la hermosa sobrina de la bruja.

Frente a la casa de la Bruja, había una huerta de considerable tamaño, le decían “La Huerta de Marqués”, rodeada de una reja de fierro con puntas filosas. Una noche, el militar entró a la huerta y encontró a Conchita en amores con un hombre vestido de negro que al ver la presencia del gallardo soldado, salió huyendo. Hubo reclamos, se escucharon gritos, uno de ellos terrorífico que salió de la garganta de Conchita, despúes un silencio sepulcral.

Al día siguiente muy temprano, como buenos Saltillenses madrugadores y trabajadores, al salir de sus casas rumbo al trabajo, los vecinos vieron el cuerpo de La Bruja Jesusa clavado en las filosas rejas del huerto. Así es amigas y amigos Saltillenses, Conchita y Jesusa eran la misma persona. Con razón nunca se les veía juntas, decían los que las conocieron.

Del oficial, la última vez que lo vieron fue vagando, con la misma ropa de esa noche llorando y gritando por su amada Conchita, o su amada Jesusa. Ay ya no sé por quien, pero dicen los santillenses de aquel tiempo que esta historia así fue, y los de ahora que por aquellos rumbos aún se escucha el llanto de un hombre por una amada. Así es amigos y amigas, en saltillo no tenemos Llorona, tenemos Llorón.