AVISO DE CURVA

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¿Quién pondrá el cascabel al Presidente?

En el México de la Cuarta Transformación (4T), los ratones colilargos se encuentran temerosos e inquietos. Algunos huyen. Otros se esconden. Los más vivaces se disfrazan: abandonan sus partidos, piden asilo en Morena, prometen lealtad al nuevo jerarca de la política nacional. Afuera, lo saben bien los roedores, ronda un gato, poderoso, hambriento, sagaz y con las uñas perfectamente bien afiladas.

En el escenario de la 4T, Andrés Manuel López Obrador personifica al «gato”. El «hambre” simboliza el compromiso asumido en campaña para terminar con este lastre social. Las «uñas afiladas” describen su voluntad que, se dice, vale más que cualquier campaña, ley o sistema nacional anticorrupción.

«Hagan lo que tengan que hacer”, parece escucharse del tabasqueño cuando se dirige a su partido y a su Gabinete, «pero de la corrupción me encargo yo”.

Al interior de la ratonera, se encuentran apilados, algunos paralizados —sobre todo temprano cuando está a punto de iniciar la «mañanera” del Presidente—, aquellos funcionarios y ex funcionarios, empresarios y representantes de organizaciones sociales que, a decir de la intuición del «gato”, cometieron, promovieron o facilitaron actos de corrupción.

En este sexenio en donde, en apariencia, el combate a la corrupción representa el báculo para el ejercicio del poder, salir de la ratonera sería un suicidio, permanecer adentro significaría el olvido. A menos que, como lo señala el poema de Lope de Vega, alguien se atreva a ponerle el cascabel al gato.

Tarea nada sencilla y de alto riesgo. Basta con preguntar a Guillermo García Alcocer, titular de la Comisión Reguladora de Energía, cómo le fue cuando, en un arrebato de sinceridad, cuestionó la capacidad y experiencia de la ternas propuestas por el Presidente para ocupar algunos cargos vacantes en dicho organismo.

Recientemente también, un grupo de políticos y académicos conformaron un grupo de debate del que surgirán propuestas para «contrarrestar” o «limitar” la concentración del poder en una sola persona. Entre sus integrantes destacan Javier Corral, gobernador de Chihuahua, el senador independiente Emilio Álvarez Icaza y el escritor Héctor Aguilar Camín. Hasta el momento, ninguno de los señalados ni el resto de los integrantes del citado grupo, se sabe tengan cuentas pendientes con la justicia, es decir, no son roedores colilargos como los que persigue el gobernante. Sin embargo, seguro pisarán con cuidado y convocarán a la prudencia al momento de intentar acotar o señalar las posibles desproporciones del Presidente.

Fiel a su estilo y bajo sus condiciones, la cruzada de Andrés Manuel López Obrador para derrotar a la corrupción está en marcha. Una mañana anuncia la estrategia para combatir el robo de combustible, la otra exhibe a ex funcionarios que trabajan para consorcios nacionales y extranjeros en el giro de la energía, después quita recursos a las estancias infantiles, y más recientemente destapa indicios de corrupción en la banca de desarrollo.

Nadie puede ser indiferente e insensible a la historia de corrupción que ha ensombrecido la marcha de este país. Y menos cuando la descomposición de las instituciones públicas llegó a su límite durante el sexenio pasado. Debería existir una especie de solidaridad en torno a todas aquellas acciones dirigidas a combatirla.

A detalle, sin embargo, bajo la lente de las instituciones y del marco legal, algunos observadores señalan vacíos en los procedimientos. Rotulan la estrategia y acciones del Presidente con esa propensión, tal vez instintiva, para hacer «juicios sumarios” y asentar golpes mediáticos.

Por lo que sugieren que esa tarea y compromiso presidencial para terminar con la corrupción, ese discurso moralizante, además de imprescindible en el devenir histórico de la Cuarta Transformación, debe ir acompañado de una tarea más fundada en las instituciones como es el caso del Sistema Nacional Anticorrupción.

No se trata de «entrampar” o desestimar la voluntad del Presidente, tampoco de regresar a las oficiosas e intrascendentes campañas como la «revolución moral” de Miguel de la Madrid o «el cáncer de la Revolución” de Luis Echeverría, al contrario, se entiende y reconoce que el combate a la corrupción debe ser una tarea irreversible y efectiva, siendo uno de sus componentes intrínsecos la iniciativa de quien ocupa el cargo de mayor influencia en la política y la burocracia nacional.

Por lo tanto, en este meritorio esfuerzo para transformar al país y terminar con la corrupción, «poner el cascabel al gato” simboliza la pausa, la planeación, el debido proceso y la articulación del discurso y las acciones con las instituciones democráticas que se instauraron hace poco en México.

 

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