EL MESÓN DE SAN ANTONIO

El problema de nuestra limitada perspectiva, es que sólo nos preocupamos por lo que nos interesa; dejamos de lado lo que no es prioridad en nuestra vida y damos por hecho que para nadie más lo es. De esta manera, si no forma parte de nuestra cotidianidad se vuelve invisible, aunque esté delante de nosotros.

Durante los últimos días he leído y escuchado muchas opiniones sobre la recién anunciada decisión del gobierno federal, acerca de recortar el presupuesto a las instancias infantiles y de reducir la edad permitida del cuidado de los pequeños: antes los cuidaban hasta los 4 años cumplidos, ahora lo quieren dejar en 2 años 11 meses, alegando que a partir de los 3 años deben ingresar a la educación preescolar, a cargo de la Secretaría de Educación.

El desafortunado comentario de Carlos Urzúa, secretario de Hacienda y Crédito Público, en el que expresó que los infantes estarían mejor al cuidado de sus abuelas y que, para hacerlo más fácil, el gobierno le daría directamente a la familia el estímulo efectivo que antes le daba a la Sedesol, generó una ola de cuestionamientos que, básicamente, tienen que ver con esa limitada perspectiva a la que me refería al principio de esta columna.

Creer que todos tenemos abuela es arriesgado, dar por hecho que todas las abuelas pueden (y quieren) cuidar a sus nietos es peligroso, porque condena a quienes no viven en esa realidad y los vulnera en sus derechos.

Bueno, algo así pasa con el tema de las bibliotecas públicas.

Para alguien que tiene la fortuna de tener computadora en casa, acceso a internet, un teléfono inteligente, dinero para comprar libros y la posibilidad de tener información oportuna al alcance de un click, las bibliotecas son obsoletas. “Ya NADIE va a las bibliotecas”, “ya NADIE solicita préstamos a domicilio”, “ya NUNCA encargan tarea de enciclopedias”, “ya TODOS saben utilizar una computadora”, “las bibliotecas SIEMPRE están vacías”, son frases muy utilizadas por ese sector de la población que, efectivamente, no hace uso de los servicios bibliotecarios, pero, ¿qué pasa con quienes sí los utilizan?

Si esas personas tuvieran el tiempo de visitar alguna de las 151 bibliotecas públicas que hay en el estado, encontrarían a niños de todas las edades recibiendo asesorías escolares por parte del personal bibliotecario; verían a alumnos de primaria y secundaria buscando tareas en internet, a madres de familia aprendiendo a usar una computadora; se asombrarían con los cursos de inglés que se ofrecen de forma gratuita; conocerían a adultos cursando “Prepa en tu biblioteca” para tener mejores oportunidades de empleo; si fueran a la Biblioteca “Magdalena Mondragón” en Torreón encontrarían a “Chabelita”, como le dicen cariñosamente, aprendiendo a leer a sus más de 50 años; si se dieran una vuelta por la Infoteca “Lic. Jacinto Faya Viesca” en Francisco I. Madero podrían asistir a cursos de enfermería; si visitaran la biblioteca de la Alameda aquí en Saltillo, se quedarían a escuchar a los cuenta cuentos que entretienen a familias enteras los fines de semana.

No sé qué piensa usted, estimado lector, pero yo cada día me convenzo más de que si ampliáramos nuestra perspectiva, si conociéramos otras vidas, si tuviéramos siempre presente que nuestra realidad no es la misma realidad de quienes nos rodean, seríamos más empáticos con las necesidades de los más vulnerables, en este caso, de nuestra niñez, y estaríamos en la posibilidad de mejorar su presente y asegurar su futuro.

Autor

Alfonso Vazquez Sotelo