AVISO DE CURVA  

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 Redefiniendo al caudillo: catástrofe o transformación 

Andrés Manuel López Obrador sigue siendo el mismo político terco y sagaz que sitió pozos petroleros en 2004, que paralizó al Paseo de la Reforma en 2006 y que, al tercer intento, derrotó en 2018 a un sistema político anquilosado que gobernó al país durante más de cien años.

Al menos, en lo que a su persona se refiere, del político en campaña, al líder de gobierno, no aplica una redefinición, y no cabe el concepto de transformación. Es el mismo Andrés, sin matices y sin disfraces.

Los rasgos con los que Héctor Aguilar Camín describió al entonces candidato, en un interesante artículo titulado A las puertas de AMLO, tienen exactamente la misma vigencia hoy que ha asumido la Presidencia. Al contrario, las decisiones que ha tomado al frente de su gobierno no hacen otra cosa más que ratificar su «atracción por el conflicto” y su lógica del «todo o nada”.

Sus seguidores y opositores, lo mismo que sus simpatizantes y detractores, erraron al pensar que una vez que asumiera la primera magistratura del país, López Obrador enarbolaría la bandera de la moderación y la flexibilidad en el ejercicio de gobierno.

No obstante, este ramillete de emociones —obstinación, terquedad, firmeza, etcétera—, mezcladas con un conjunto de capacidades políticas admirables, son dignas de tomarse en cuenta para representar el borde sobre el que se mueve López Obrador: de un lado, el abismo, la catástrofe, los males públicos y el retroceso. Y, por el otro, una escalera que conduce hacia la transformación y un dispositivo que materializa el ideal de justicia y progreso.

Ciertamente, para Andrés no hay términos medios, ni intervalos o fragmentos. Aspira siempre a llevarse todo. Si en su camino se tropieza con piedras, simplemente habrá que removerlas, jamás darles la vuelta. Sin embargo, como es evidente, sus decisiones se encuentran impregnadas por el riesgo, sin menospreciar sus posibles efectos adversos y factores concomitantes que intervienen en cualquier tipo de transformación o reforma, los cuales podrían representar costos e incomodidades… para otros, no para él.

A esta conclusión he llegado después de conocer la decisión arriesgada que tomó el Presidente al cancelar lo que sería el nuevo aeropuerto en Texcoco, lo mismo que al percatarme de la barahúnda social y política que se presentó a partir del inicio de la estrategia para erradicar el «huachicoleo”.

Enmarcada en los resultados de una consulta popular y en algunos estudios técnicos, López Obrador canceló la obra más importante en términos de inversión y de su posible impacto económico del sexenio pasado. Si bien la suspensión del nuevo aeropuerto de Texcoco pudo representar la chispa que encendiera un conflicto de grandes proporciones, pérdidas millonarias, retiro de inversiones o descrédito para el país, el Presidente desestimó los efectos económicos, otorgándole un mayor valor a la supuesta inmoralidad de las inversiones.

Aunque es pronto para conocer sus verdaderos efectos, al momento podemos decir que el desenlace de la cancelación de lo que sería el nuevo aeropuerto ha entregado dividendos políticos para López Obrador. No se presentó ninguna catástrofe. En cambio, dejó en claro la rúbrica de lo que será su gobierno: «Durante la Cuarta Transformación, en México no habrá poder fáctico o económico que se imponga a la voz del pueblo”.

El asunto del combate al robo de combustible parece tomar un rumbo distinto. Otra decisión tajante cuyo resultado presenta algunos signos de descontrol, identificados con el desabasto de gasolina. Tal vez una mejor planeación, tiempo y cálculo razonado hubieran evitado las largas filas en distintas gasolineras del país o el cierre total de otras, sin embargo, antes de preparar un esquema contingente de control de daños, López Obrador sacó al político emocional, antepuso su coraje frente al descarado robo de combustible al grado de justificar su intempestiva decisión en un «me colmaron el plato; se acabó el huachicol”. Su sagacidad acostumbrada prefirió guardarla para otra ocasión.

Andrés jamás perderá. Ganó por la cancelación del aeropuerto, y seguramente ganará cuando presente los saldos de la estrategia para el combate del «huachicoleo”.

No obstante, en esta ocasión seguro se percató de los efectos y consecuencias sociales y económicas de sus decisiones, sobre todo de aquellas que le nacen en el corazón.

Se acercan curvas pronunciadas, bajar la velocidad para evitar la catástrofe.

 

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