AVISO DE CURVA

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Las dos fantasías de 2018

 El triunfo del PRI

El Presidente peor evaluado de la historia, llevó al PRI a la más penosa derrota de su existencia. Absurdo que, con el 75% de rechazo, el gobierno y el PRI aspiraran al continuismo con un candidato sin la mínima intención de desligarse de los errores del peñismo; José Antonio Meade ya se identificaba cercano a Peña Nieto cuando aún servía al gobierno del panista Felipe Calderón, y mantuvo su «lealtad” a pesar de que las encuestas le daban entre el 15 y 18% de las preferencias.

«Yo voté por Peña Nieto”, presumió Meade antes de ser ungido como candidato del tricolor. Lo hizo cuando cobraba como secretario de Hacienda en un gobierno emanado del PAN, y cuyos integrantes, incluyendo a la propia candidata presidencial de aquellos años, Josefina Vázquez Mota, se referían a él como un «extraordinario funcionario”.

José Antonio Meade no fue capaz de desertar dos veces. Se alejó de la entonces candidata presidencial, Vázquez Mota, ganando cercanía con Peña Nieto. Pero no quiso (o no pudo) distanciarse de Peña Nieto, con la consecuencia de arrastrar al PRI (partido del cual ni siquiera era militante) hasta el tercer lugar de las votaciones.

Esa lealtad voluntarista y convenenciera era un claro síntoma pernicioso de un diseño político en decadencia. Por si fuera poco, jamás fue retribuida; como si la militancia y parte de la ciudadanía pensaran que la lealtad de Peña Nieto se mantendría intacta al verse derrotado, y, al mismo tiempo, resistiría la tentación de tender lazos con el aspirante más aventajado, aun cuando eso significaba triturar las aspiraciones de su propio partido y candidato.

Nadie, más allá de las reticencias de algunos nostálgicos y de algunos otros extraviados, se atrevió a vaticinar un triunfo del PRI en la elección del pasado 1 de julio.

 

El Frente: una buena idea… mal ejecutada

El Frente, conformado por el PAN, PRD y Movimiento Ciudadano, fue una buena idea que reunía las mejores condiciones para competir, pero decidió poner su resto en la figura de Ricardo Anaya. Al joven queretano, aunque talentoso y perspicaz, sin duda le faltaron tablas para disputar el voto frente a un perito de la política, López Obrador. El candidato del Frente, tal vez debió esperar y ceder su lugar a la experiencia y a la sabiduría. Rafael Moreno Valle, Margarita Zavala y Miguel Mancera esperaban, al menos, la oportunidad de competir en una interna para liderar al Frente en la elección presidencial.

El Frente desaprovechó todas y cada una de las oportunidades que le ofreció el entorno político de aquel momento: la mayoría de los electores preferían un cambio, el Frente no fue capaz de construir y transmitir al electorado un discurso transformador. El Frente gobernaba en 15 estados, apenas obtuvo el triunfo en uno de ellos. Ricardo Anaya sostuvo un extraordinario primer debate, en el segundo se desinfló. El PRI perdía simpatizantes de manera acelerada, a los tres partidos que integraron el Frente se les hizo tarde para sumarlos a sus filas; conforme el PRI se desmoronaba, Morena y sus aliados se fortalecían.

Al término del segundo debate celebrado en Tijuana, las cosas debieron de haber quedado bastante claras: el escenario completamente desalentador y adverso para el Frente; la victoria de Morena y Andrés Manuel, inevitable.

Las posibilidades del Frente fueron de más a menos. Pero ni en lo más alto de las preferencias ciudadanas, se acercó a menos de 20 puntos porcentuales de la Coalición Juntos Haremos Historia.

Apostar en aquel momento por Ricardo Anaya, se entendía más como un gesto de cortesía y lealtad política que como una estrategia razonada y calculada para acercar al Frente al inalcanzable candidato de Morena.

La esperanza, tanto para el PRI como para el Frente, se prolongó durante los tres meses que se extendió la campaña. Sin embargo, desde el momento en que el Frente se casó con Ricardo Anaya y Enrique Peña eligió a su «delfín” —al que posteriormente decidió retirarle su apoyo—, el camino se limpió para López Obrador. La lógica y la idea del cambio, se impusieron.

La política es algo caprichosa, pero jamás se ha dejado profanar por el drama o los milagros.

 

¡Feliz navidad y un extraordinario año nuevo!

 

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