EL MESÓN DE SAN ANTONIO

Se muere de sequía, no hay agua potable

La Ciudad de México es un concepto vacío pero contundente en el diario acontecer de sus habitantes. Llegar al Distrito Federal hace 100 años resultaba un exilio, un eterno peregrinar con historias llenas de localidad y territorialidad, con un sabor digno de tomarse en cuenta. Los chilangos, que son quienes residen en la Capital, provenían de Jalisco, Veracruz, Oaxaca, Chiapas, Chihuahua, Guanajuato, Zacatecas y casi todos los estados del país. Nadie quería quedarse ahí, todos tenían su corazón en el recuerdo de la tierra y los pies caminando, deambulando por las calles, perdidos entre las multitudes pero sobre todo, reinventándose entre esa multitud, hasta adherirse de forma anónima en una de las ciudad más pobladas del mundo.

Es precisamente esta mezcla de raíces lo que hace de la CDMX una ciudad con muchos problemas dimensionados alegremente por diez o cien por ciento. Si uno sale de casa, por ejemplo, cierra la puerta con inútiles cuatro candados y tres pasadores sin pensar que el ratero tendrá por los menos 8 horas para desarrollar su fechoría, aunque son tan hábiles que cualquier robo lo realizan en poco tiempo y si es necesario enfrentar algún altercado, lo enfrentan con alevosía inaudita. Encontrar una razón para solicitar justicia en esta ciudad es inútil, aunque uno proporcione argumentos sólidos, documentados, razonables. Cada vez visitar la Ciudad o vivir en ella resulta más difícil, pero las generaciones de aquellos migrantes se han vuelto tan expertos en esta vida citadina que parecen decirnos que aunque no tengan un argumento agradecido y razonable, son de aquí, viven con un aire enrarecido, con una flora escasa y de ornato, una fauna original invisible y, en ocasiones, nefasta –abundan roedores y bichos-. Las viviendas tienen un escaso perímetro, se vuelven reductos limitados e injustos, el pleito de cada centímetro en ellas es como defender el último refugio en la tierra.

Transitar en la Ciudad de México se condiciona. Los vehículos y las personas buscan un espacio movible con ansias para ganar tiempo y poder desplazarse.

“En el principio estuvo el lago”… había agua, las gaviotas y golondrinas llegaban estacionalmente con calma a reposar sus migraciones, eran bienvenidas las migraciones, las aves volaban con gracia. Ahora la Ciudad se alimenta de desgracias, una tras otra la Ciudad acumula lamentos pero nadie repara en ellos. El lago tenía una forma de mujer serpiente que asoló a los que venían con montones de tierras y personas muertas a tapar los albardones que se formaban para ganar el terreno. Y hoy, como si fuera posible, la Ciudad de México ahora una nueva catástrofe: se muere de sequía, no hay agua, y este problema parece ser administrado con rasgos de injusticia.

El agua no llega de forma potable ni con fuerza cada día a los hogares. El escenario crea un enfrentamiento entre pobres y ricos donde la división y trazo de avenidas juegan a vernos distinto. Desgraciadamente este encono rebasará la vida cotidiana y se disputarán batallas por la sobrevivencia.

Y sin afán de querer alarmarlo, estimado lector, Saltillo tiene un peligro igual: el desarrollo de vivienda e industria pone en peligro el abastecimiento del agua potable, se trae desde más lejos y a mayor costo. Las casas, sobre todo al sur, limitarán el suministro del agua a las del norte. La pregunta es, ¿qué haremos con esta limitante, con esta catástrofe que no tardará en llegar?

Aunque el panorama luce desalentador, podemos empezar con lo más básico: cuidar el vital líquido. Sé que suena trillado y parece vano recordarlo pero, todavía en estos días he visto personas que con manguera en mano, “barren” a chorro de agua las banquetas. Espero que la sensatez se adelante al desabasto y que no tengamos que padecer lo que ahora sufren nuestros hermanos chilangos: sequía que nos consume día tras día.

 

 

Autor

Alfonso Vazquez Sotelo

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