“CONTRA EL DEMONIO”

VÍCTOR BÓRQUEZ NÚÑEZ 

La apuesta de terror del cine chileno, dirigida por José Miguel Zúñiga, desperdicia una historia basada en hechos reales y que conmocionaron a la población hace algunos años, porque no logra desprenderse de ciertas burdas referencias al clásico de las películas sobre posesiones satánicas, “El Exorcista”, ese inolvidable filme que en 1974 dirigió William Friedkin y que es, hasta hoy, modelo inevitable para quienes pretenden sobresaltar a los espectadores.

“Contra el demonio”, el filme de terror chileno inspirado en hechos reales no alcanza a situarse entre los títulos interesantes del género terrorífico, poco abordado en la cinematografía nacional. La causa es clara y precisa: pierde la brújula tempranamente porque su guion ni siquiera roza las posibilidades que le ofrecía uno de los casos más bullados ocurridos en Chile, donde supuestamente existió un caso de posesión satánica que culminó en un brutal exorcismo.

A pesar de tener factura adecuada y un elenco no despreciable de rostros habituales en la televisión local, nada de esto ayuda a levantar un filme tedioso, que no logra en ningún momento hacernos olvidar que está tratando, de manera evidente y burda, de utilizar los recursos que, en 1974, estableció el director William Friedkin en “El Exorcista”, paradigma del cine sobre posesiones y un filme clásico en el género de terror que todavía hoy conserva su calidad visual y su provocadora historia.

José Miguel Zúñiga antes dirigió dos bodrios absolutamente desechables: la primera y segunda versión de “Fuerzas Especiales”, dato que no contribuye para nada a la hora de evaluar su actual debut en el género de terror “made in Chile”,  con una historia que parte con sucesos paranormales, instala la presencia del diablo en el cuerpo de una adolescente y culmina con un exorcismo que defrauda desde el inicio.

Es curioso, pero esta película chilena “Contra el demonio”, no solo comparte la actual cartelera con producciones como la secuela de “Halloween” y “La Monja”, sino que además instala una batería de efectos especiales que, en nuestro medio, son inéditos y que si bien funcionan la mayor parte, no son para nada excepcionales precisamente porque cada uno de ellos ya fueron utilizados en la notable cinta de Friedkin ya referida y que data de la década del setenta.

Toda la batería de efectos visuales le correspondió al chileno Juan Olivares, quien antes tiene trabajos en esta área en las películas “Deadpool” (2016) y “Guardianes de la Galaxia” (2014).

Donde más falla esta película es en el armado de su historia, debido a un guion muy pobre y que no alcanza a desarrollar ninguna de los sucesos que narra, partiendo con cierta frescura, pero que se desarma por completo hacia la mitad de la cinta y se estrella de manera bochornosa en el final.

Tampoco acierta el director a crear tensión o ambiente con la banda sonora, porque como nunca aparece como completamente desvinculada del suspenso que debería crear, incluyendo una canción de Pablo Herrera que nada tiene que hacer allí.

De acuerdo a lo expresado por el director, la historia toma como referencia supuestos hechos reales ocurridos en Puerto Montt en 2004.

“Ese año había una adolescente muy enferma. Sus papás recorrieron todos los hospitales de la ciudad y nadie podía dar con la patología. Ella empeoraba cada vez más, así que la mamá en un acto de desesperación contactó a un cura, el que se dio cuenta que la niña tenía un demonio en su interior (…) Finalmente, el cura le hizo un exorcismo y la salvó. Es un caso que pasó, hay notas, se puede investigar, e incluso hubo un programa de ‘Informe Especial’ que tocó el tema”, manifestó el director para avalar su guion.

No obstante, ni la trama, ni el paisaje, ni las referencias a un oscuro suceso del pasado que involucra al cura que hace el exorcismo, sirven para levantar la calidad de esta película fallida y atípica. Definitivamente, es hora de revisitar “El Exorcista”, para darnos cuenta de cuánto ha influido en la estética de todas las posteriores, con un caso de posesión satánica que hasta hoy se erige como una experiencia digna de los laureles que la acompañan.

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