PLAZA CÍVICA

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 México, Trump y la inmigración centroamericana

 Durante los últimos días el país ha vivido una situación que resulta muy emocional, que tiende a polarizar y que representa una pequeñísima probadita de lo que actualmente viven Estados Unidos y Europa: inmigración masiva y descontrolada. México ha dejado de ser un país expulsor de migrantes para convertirse en una mezcla de país de paso y país receptor de migrantes. Y ante la complejidad del problema, la natural empatía que despierta y los intereses nacionales que se encuentran, vale la pena analizarlo con más calma y detalle.

Porque una imagen dice más que mil palabras, las fotos de miles de centroamericanos caminando hacia la frontera mexicana con destino incierto (México/EUA) provocó las alarmas en ambos países. Sin embargo, cabe destacar que el problema tiene ya años y lo visto fue una minúscula muestra de lo que ocurre a una mayor escala diariamente. De acuerdo a un documento del Migration Policy Institute (MPI), la población de centroamericanos viviendo en EUA ha pasado de 354 mil en 1980 a 3 millones 385 mil en 2015, proviniendo el 90% del Triángulo Norte (Guatemala, El Salvador, Hondura) y 55% siendo indocumentados. Guerras civiles, pobreza, desastres naturales y altos índices de homicidios -los tres países se encuentran entre los diez más inseguros del mundo, de acuerdo a ONUDD- han provocado un repunte significativo en la inmigración durante los últimos años. Como botón de muestra, de acuerdo a cifras oficiales de los gobiernos que componen el Triángulo Norte, de 2011 a lo transcurrido en 2018 Estados Unidos ha deportado a alrededor de 683 mil centroamericanos, y México a 761 mil.

La actual situación en dicha región de Centroamérica no es solo un problema norteamericano, sino también mexicano. Y como la inmigración resulta un tema tan emocional, es muy fácil caer en los extremos, en un tipo de sentimentalismo absoluto: dejen a todos pasar o no dejen a ninguno pasar, ningún humano es ilegal o nos van a quitar el trabajo a los mexicanos. Por difícil que sea, la solución debe de transitar por una mezcla de empatía humana y la siempre presente realpolitik.

Por una parte, la falta de infraestructura aunada a un Instituto Nacional de Migración (INM) deficiente -aunque el número de deportados habla de una eficiencia paradójica- ha traído como consecuencia la falta de controles efectivos en nuestra frontera sur; por ello, la única opción que tenemos si deseamos parar la caravana de migrantes es a través de un alto uso de la fuerza, lo cual es claramente inhumano. Por otra parte, resulta comprensible que México haya aumentado el número de deportados y trate de controlar mejor su frontera, tanto por intereses inmediatos como mediatos. Inmediatos, porque nuestra principal prioridad debe ser la derrota de los republicanos en las próximas elecciones estadounidenses, y una visible caravana que cruza territorio nacional precisamente durante los últimos días de las campañas electorales podría aumentar la probabilidad de una victoria de Trump. Mediatos, porque nos es imposible darles trabajo y servicios públicos a cientos de miles de centroamericanos, solo como un comienzo. Ante una inmigración que se encuentra descontrolada, ofrecer visas de trabajo solo puede ocasionar un mayor flujo migratorio y mayores problemas; por eso, el ofrecimiento de AMLO resulta una ocurrencia del Presidente-electo.

Barack Obama, político de gran corazón e inteligencia, comprendía bien las dificultades del tema migratorio y apostaba por equilibrios. Su presidencia ha sido la que más deportados ha registrado durante las últimas décadas, aunque dichas deportaciones se hacían en la frontera y no al interior con familias ya largamente establecidas; sistemáticamente reforzó los controles fronterizos, aunque sin hablar de un “muro” incendiario e ineficaz; apostaba por el cumplimiento de la ley en EUA y planes de ayuda a Centroamérica. Y precisamente a ese equilibrio le debemos de apostar en México.

 

www.plaza-civica.com          @FernandoNGE

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