NACE UNA ESTRELLA

 VÍCTOR BÓRQUEZ NÚÑEZ 

Esta cuarta versión para la pantalla grande, demuestra que el cine clásico de Hollywood tiene larga vida. Así, desde la primera versión de William A. Wellman de 1937, con Janet Gaynor y Fredric March como protagonistas, pasando por la inolvidable de George Cukor, quien en 1954 realizó la más conocida, protagonizada por Judy Garland y James Mason, hasta la polémica de 1976, cuando el director Frank Pierson se atrevió a dirigir a un dúo de divos de la talla de Barbra Streisand y Kris Kristofferson, pasaron más de 42 años para que nuevamente apareciera en cartelera. Lo más singular del asunto es que se trata de un exquisito filme que, sin obviar las fórmulas consagradas del cine clásico hollywoodense, logra enganchar al público por la calidad de su director y el magnetismo de su protagonista.

 

Nueva versión -la cuarta- de la trágica historia de amor entre Jackson Maine, un veterano y popular músico (Bradley Cooper, también director de esta cinta), quien descubre y lanza la carrera de una carismática artista joven, Ally (Lady Gaga), que se encuentra opacada por un trabajo mediocre y un ambiente donde nadie reconoce su talento. Lógicamente en este caso, ambos se enamoran y los espectadores saben de memoria qué viene después: él comienza su declive, dado sus problemas con el alcohol y las drogas, mientras ella florece y se convierte en una estrella.

Con este material que se arrastra desde la primera versión de 1937, el debutante director Bradley Cooper se arriesga a crear un filme de largo aliento (135 minutos) con un formato a todas luces respetando las normas estilísticas del denominado cine clásico de Hollywood, con sus etapas bien reconocibles de lo que es el drama romántico.

Mientras la joven Ally está a punto de convertirse en una estrella, sobre todo por el apoyo que le brinda Jackson, el veterano guitarrista comenzará a evidenciar todo el estrago que ha acarreado una vida llena de alcohol, drogas y desapego de las relaciones humanas.

Este eje temático constante en las tres versiones anteriores, está sólidamente representado por el calvario del artista que sabe que su vida en el escenario se está apagando, mientras que el talento no reconocido de la chica comienza a brillar hasta superarlo, con todos los conflictos que ello implica y que acá alcanzan su cuota máxima en una ceremonia de los premios Grammy.

“Nace una estrella”, al igual como sucedió en sus tres versiones previas, alcanzaron nominaciones y premios de la Academia, situación que muchos comentaristas ya vienen subrayando al plantear que probablemente este filme, opera prima de Bradley Cooper, logre premios Óscar en diversas categorías, siendo la de Mejor Canción Original la carta más segura.

Un hecho interesante también, extra cinematográfico, es que el tiempo que media entre la última versión y ésta abarca 42 años desde que Kris Kristofferson y Barbra Streisand protagonizaron esta historia en 1976, lo que asegura que las generaciones más jóvenes descubrirán por primera vez este drama gracias a este filme.

Al debutar como cineasta, Cooper demuestra su dominio del drama, su respeto y conocimiento por los elementos que caracterizan el género melodramático tradicional de Hollywood -con sus clásicas conversaciones, los ajustes de cuenta con el pasado y los demonios internos de los protagonistas- y, especialmente, el manejo de los actores, donde Lady Gaga demuestra sensibilidad y carisma y Sam Elliot brilla como su hermano mayor.

Hay que reconocer que esta versión no entrega nada nuevo ni tampoco se atreve a trasgredir el clásico, pero todo funciona muy bien porque la historia se desarrolla de manera magistral en la primera hora, apoyado en el encuentro de los protagonistas y el ascenso de Ally, mientras que después, sobre todo hacia el final la película se torna un tanto elíptica, acelerando situaciones que pudieron ser mejor trabajadas, aun cuando ello no logra hacer mella en el conjunto.

Curiosidades inevitables de considerar es que Bradley Cooper aprendió a tocar la guitarra para la película y logra dar la sensación de tener pleno dominio en las secuencias musicales con sus interpretaciones. Como actor consagrado, también cambió su aspecto físico y su acento para darle credibilidad a su personaje.

En todo caso, este filme es deudor en varios aspectos de la versión de 1976, incluyendo algunas alusiones que solo los cinéfilos recalcitrantes lograrán descubrir.

Méritos adicionales lo constituyen el trabajo de sonido, que permite la sensación de estar viviendo dentro de un concierto, ayudado todo ello con números musicales en vivo que da más calidez al espectáculo y la manera en que el director Cooper sabe trabajar los clichés y estereotipos con elegancia.

Sin dudas que la carrera de Bradley Cooper, como actor y realizador, deben ser aplaudidas con entusiasmo por esta muy digna incursión en el melodrama tradicional made in Hollywood.

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